«Padres cristianos de un hijo ateo»

Publicado: 03/08/2012: 1120

X Carta a Valerio

Querido Valerio:

Tanto como a tu hermano Antonio, también a mí me duele que su hijo Alberto, desde hace poco tiempo, esté alardeando de su ateísmo.

Se me hace difícil comprender cómo un joven de veintiún años, educado en un auténtico hogar cristiano, de repente diga que ya no cree en Dios.

Siempre pensé que eso de la fe cristiana no es como una prenda de vestir de quita y pon. O es que Alberto nunca tuvo fe, o es que ahora, por más que lo diga, tampoco la ha perdido.

La fe es totalizante

Puede darse una falsa o equivocada educación de la fe que, tarde o temprano, desemboca en una crisis mortal. Es una fe más aparente que real. No tiene raíces profundas. O carece de base. Es aquello del Evange­lio: ...cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos, embistieron contra la casa y se hundió ( 7,24-27). El mismo Jesús da la razón: se escucharon sus palabras, pero no se pusieron en práctica: «No todo el que dice: ¡Señor, Señor!...». Hay que poner en obra la voluntad del Padre ( 7, 21). Y la voluntad del Padre es que todos los hombres se salven (Jn 3, 17).

Se trata, querido Valerio, de una salvación total y definitiva; pero de una salvación que empieza ahora y aquí; salvación o liberación de todo lo que denigra a la persona, ante todo del propio pecado; pero tam­bién de aquello que es fruto del pecado individual o estructural, como es el hambre, la incultura o la esclavitud en cualquiera de sus sofisticadas formas modernas. Esta salvación viene de Dios; pero debemos colaborar desde nuestra pequeñez y con lo poco e insignificante que tenemos.

Si la fe cristiana no se educa y vive globalmente, proyectándola con toda su amplitud y profundidad; si no se riega con la oración personal y comunitaria; si no se fortalece con el abono del compromiso; si no se resguarda del sol que quema (simple voluntarismo o ciego fanatismo) o del viento invernal que hiela (apatía reiterada o pereza soporífera)..., en­tonces la fe se debilita, se seca y muere.

Te lo resumo así: la fe es un don, un regalo de Dios; y, al mismo tiempo, un quehacer serio y constante de cada cristiano.

¿Jesús versus Iglesia?

Añadiría otro aspecto imprescindible a mi manera de ver, y sobre el que tú, no pareces estar muy de acuerdo.

Se trata de la dimensión eclesial de la fe. Se recibe a través de la Iglesia y en el seno de la misma. Se celebra en la comunidad y se vive desde ella. En otras palabras: no se puede ser cristiano en solitario y, me­nos, conscientemente contrapuesto a la Iglesia.

Están equivocados aquellos que dicen creer en Jesús y prescinden o desprecian a la Iglesia. Son los del Jesús, sí! Iglesia, no!. Aunque, a decir verdad, a mí a veces me asalta la duda sobre el grado de culpabilidad que tendremos los pastores en la actitud animadversa de tantos jóvenes con­tra la Iglesia. ¿Les habremos dado motivo?

Te sugiero la lectura del pequeño libro de uno de nuestros teólogos: «Jesús, si! Iglesia, también!».

El subjetivismo, fruto del orgullo y de la suficiencia, es mal compa­ñero del cristiano. Otra cosa es la propia conciencia, cuando fiel a los grandes principios evangélicos proclamados por la misma Iglesia, tiene que decidir en casos muy concretos y personales.

Errores de una educación

Hay padres, querido Valerio, que educan erróneamente a sus hijos, metiéndoles en la cabeza un bloque más o menos grande de creencias, sin preocuparse que empapen su corazón y florezcan en obras.

Los que entienden la fe como si de un billete se tratara, son aquellos otros padres que piensan que hay que creer simplemente para poder entrar en el cielo de una manera más cómoda. Se olvidan de lo de la puerta estrecha ( 7,14) y no llegan a comprender que la fe debe ani­mar, orientar y potenciar cada uno de los actos, aun los más pequeños e íntimos de la vida del creyente.

Otros padres se esfuerzan en educar la fe de sus hijos sólo y casi exclusivamente insistiendo en el aspecto del temor. Si se tratara del temor de Dios tal y como nos viene dado en la Sagrada Escritura, vale. Pero sospecho, amigo Valerio, que se trata más bien de un temor psicológico, que nada tiene que ver con la fe, como virtud teologal. Aquí tiene mucho que ver la actitud arbitrariamente autoritaria de ciertos padres.

También se dan los que educan a sus hijos en una fe tan privada y personal (a la manera de cepillo de dientes), que nada tiene que ver con la comunidad cristiana y menos con la sociedad en que se vive. «Yo en mi casa y Dios en la de todos», dicen, como para dar a entender que ellos no se preocupan de nadie, ni para el bien ni para el mal. Y así educan a sus hijos.

Para terminar con esta variopinta casuística, sólo me permito re­cordarte, Valerio, lo que se da en tantos hogares nuestros: se entiende la fe como si de un mágico talismán se tratara. Un talismán que nos ayuda a salir cómoda y fácilmente de los apuros de la vida. Se vive así y así se educan los hijos. Es una fe que no sabe de riesgos, una fe perezosa que, por serlo, ya no es cristiana. A estos padres les aconsejaría que leyeran y reflexionaran las tentaciones de Jesús ( 4, 1-13), sin dejar de leer tam­bién alguna que otra de esas buenas biografías de cristianos que vivieron su fe de una manera consecuente. Entonces se darían cuenta que el cris­tianismo no es para cómodos, ni para cobardes.

Cuando los hijos de esos padres asumen su autonomía, rompiendo el cordón umbilical psíquico que les unía a sus progenitores y educado­res, se encuentran caminando sobre arenas movedizas y empiezan a tam­balearse. Las creencias recibidas no les sirven para orientar y dar sentido a su vida. A su alrededor tienen compañeros que, sin profesarse cristianos, actúan como ellos o aún mejor. Se sienten engañados, y la rebeldía les invade. Es entonces cuando dicen haber perdido la fe; una fe cristiana que realmente no pierden porque jamás tuvieron.

El Concilio nos acusa

Al releer lo que acabo de escribirte, Valerio, me siento un inquisi­dor sin entrañas; como si yo no compartiera la culpabilidad de esos pa­dres cristianos, cuya caricatura torpemente hice. ¿No crees que una gran parte de los cristianos somos responsables del ateísmo moderno? No es exageración; no debe serlo, cuando el mismo Concilio Vaticano II nos dijo:

En la génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defec­tos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión (GS, 19).

 

Tendremos que seguir revisando muchas cosas, arrancando unas y plantando otras, para que el mundo crea a través de nuestras vidas y palabras, que Dios envió a su Hijo, Jesucristo, para la salvación del mun­do.

Sobresaliente para un hogar

Recuerdo, Valerio, aquella conversación que tuvimos cuando al re­gresar del hogar de tu hermano Antonio, me acompañabas a la parro­quia.

Comentábamos el testimonio cristiano de aquella familia que a ti y a mí nos interpelaba. La sobria y bien presentada cena, iniciada con la oración espontánea de tu hermano; la pequeña Julia que, con la simplici­dad de sus siete años, nos contaba como había entregado sus ahorros (¡144 ptas.!) para las víctimas de la inundación; Alberto, tu sobrino, toda­vía emocionado, nos mostraba las fotografías del último campamento de verano, señalándonos repetidas veces a su amigo Pedro recientemente fallecido, junto a cuya cama de enfermo pasó las tardes de los sábados, explicándole las lecciones del primer curso de bachillerato. Y lo que más me sobrecogió, lo de tu cuñada que había renunciado a su puesto de trabajo para que Isabel, su amiga viuda, pudiera ocupar su puesto y así tirar adelante un hogar tronchado con cinco estómagos que llenar y cua­tro pequeños que educar. Y, por si fuera poco, me comentabas como tu hermano y cuñada con sus tres hijos, todos los viernes por la noche, leían y dialogaban sobre las lecturas bíblicas que escucharían proclamar en la próxima misa dominical.

A mi manera de ver, tanto Alberto como sus hermanos han recibi­do una auténtica educación cristiana, una fe contemplativa, creativa y gozosa.

No dudo que Dios, si es que pone nota, habrá dado un sobresalien­te al hogar de tu hermano.

No creo en Dios

Pero, ¡eh ahí la sorpresa que ahora sitúa a tu hermano y a tu cuñada entre el estupor y la perplejidad!: Alberto dice que no cree en Dios. Y sus padres no acaban de salir de su asombro. ¿Serán ellos culpables de la incredulidad de su hijo?

Opino que no deben perder la paz, aunque sigan preocupados. Las causas de la incredulidad de Alberto habrá que buscarlas en otra parte o en otras personas. Ellos hablan de algún que otro profesor, de no sé qué lectura, de amigos de última hora, de cierta inconstancia del hijo... Todo es posible.

Cuando la personalidad de un joven no esta suficientemente ma­dura, ni la fe ha sido debidamente acrisolada por la prueba; o cuando el grupo apostólico o comunidad cristiana no ha sido capaz de seguir respe­tuosamente el proceso crítico de alguno de sus miembros, entonces, cual­quier factor anticristiano puede herir mortalmente la fe.

Por otra parte, conviene recordar que ningún creyente puede con­siderarse confirmado o consolidado definitivamente en la fe. Todos esta­mos expuestos a perderla. Hay que cuidarla. No sin razón, hace ya casi dos mil años, el apóstol Pedro lo recordaba a los primeros cristianos:

Despejaos, espabilaos, que vuestro adversario el diablo, rugiendo como un león, ronda buscando a quien tragarse. Hacedle frente fir­mes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos en el mundo entero están pasando por idénticos sufrimientos.

Tras un breve padecer, Dios, que es todo gracia y que os llamó porCristo a su eterna gloria, Él en persona os restablecerá, afianzará, robustecerá y dará estabilidad (I P 5, 8-11).

Es cierto que, según parece, el apóstol Pedro escribía a los cristianos perseguidos; ¿pero, acaso, no somos también nosotros perseguidos de una manera real, aunque distinta?

Los ateos viscerales o el ateísmo que se lleva

Más de una vez, Valerio, me has hablado de los compañeros de trabajo que se profesan ateos, y que, según dices, lo son realmente. Hay ateos teóricos y ateos prácticos. Los primeros son esporádicos. Los segundos, más frecuentes.

De los ateos teóricos hay mucho de que hablar. Mejor será dejarlo para otra ocasión. Prefiero decirte lo que pienso sobre los ateos prácticos.

El ateo práctico es el que se enraiza de tal manera en su propioegoísmo, que no tiene en cuenta para nada y nunca a los demás. Él es dios, y, por tanto, está antes que nadie y por encima de todo; él es el único punto de referencia y criterio exclusivo en su pensar y en su actuar. Temo que, entre los ateos prácticos, podamos encontrarnos algunos de los que nos decimos religiosos. Bien nos lo advirtió Jesús en su parábola del Juicio final ( 25).

Pero retornando al caso de tu sobrino Alberto, yo no le situaría ni entre los ateos teóricos, ni tampoco entre los ateos prácticos; más bien diría que el suyo es un ateísmo visceral. Me explico. En todo el proceso de maduración de una persona se producen ciertos cambios, unas veces suaves y otras bruscos. Esto se nota de una manera más aguda en el jo­ven, cuando rompe el cordón umbilical psíquico que le unía y hacía de­pender, de alguna manera, de sus padres. Y, en este momento (cierta­mente no en todos los jóvenes), se produce un rechazo visceral contra todo lo que se ha recibido. Quizás, más tarde, las aguas volverán a su cauce; pero, de hecho, el río se sale de madre. ¿No será este el tipo de ateísmo de Alberto?

Otro es el ateísmo de moda que, en los más refinados suele ser el agnosticismo que tanto se lleva. Hace unos años vistió una determinada tendencia política entre la juventud estudiantil. Actualmente está en boga ser ateo o agnóstico. No se sabe muy bien el porqué. Tal vez los que entienden en psicología de grupos o masas nos podrán dar la explicación. Yo la ignoro. Lo que sí es cierto, es que en estos casos, el ambiente es más fuerte que la razón del joven.

Se podría hablar también de otro factor. El del cansancio. Nos can­samos de vestir de la misma manera, de comer lo mismo, de ir a los mismos sitios,... y bien se encarga la sociedad de consumo de espabilar nuestro cansancio; es su campo abonado; de él viven los que manipulan los hilos del consumismo. Nos cansamos, pues, y optamos, o nos hacen optar por otra persona o cosa, simplemente por el afán de un cambio no necesitado.

El cansancio nace de la incomodidad real o aparente de lo que tene­mos. Se da porque no hemos llegado al núcleo de las personas o de las cosas, donde radica la constante y maravillosa novedad de ser. Dicho con otras palabras: hay un ateísmo fácil que es fruto de la superficialidad.

Ante el hijo ateo

Lo que tal vez interesa a tu hermano, amigo Valerio, es saber qué actitud tomar ante el hecho de un hijo que dice haber perdido la fe.

Yo sugeriría, ante todo, que sea respetuoso con Alberto. Que no le agobie con preguntas, imposiciones y, menos, acusaciones. Sería peor. La grieta se abriría más.

El tiempo, acompañado de la oración y el testimonio constante de una fe que se celebra en la comunidad y se vive en el hogar y fuera de él hasta las últimas consecuencias, es la mejor actitud.

Hay etapas de la vida de una persona que están cargadas de miste­rio. Y ante el misterio no cabe otra actitud que la de esperar que Dios, elde los insondables designios, se manifieste cuándo y cómo Él quiera.

Más aún. Y que no se escandalice. Si algún día Alberto, en el peor de los casos, tomara la decisión de vivir en el lado opuesto al cristianismo (negocios sucios, violencia, matrimonio civil o unión ilegal con otra per­sona...) sus padres deberían dialogar con él de una manera clara, seria y firme, pero siempre con amor. Y si, a pesar de todo, Alberto persistiera en seguir por su camino,... deberían seguir esperando. Y cuando regresara, recibirle con alegría, sin echarle en cara jamás lo pasado.

Me dirás que todo esto es muy duro. Sí, lo es. Pero ¿no fue esta la actitud del padre del hijo pródigo de la parábola? ¿No es esta la paciencia y acogida amorosa de Dios para con todos nosotros?

La semilla en el surco

Lo que ellos sembraron con tanta ilusión en el corazón de su hijo, tarde o temprano germinará, aunque quizás de la manera menos pensa­da.

Opino que todos los padres deberían pedir a Dios una gran dosis de humildad para saber educar a sus hijos, de tal manera que estuvieran aun dispuestos a perderlos. Entiéndase bien. Por perderlos quiero decir aceptar con respeto y serenidad los cortes sucesivos del cordón umbilical del que ya antes te hablé, y que se va reproduciendo de manera diferente entre padres e hijos en la niñez, en la pubertad y aun en la primera fase de la juventud.

No son buenos educadores aquellos padres que sólo miden su rela­ción con los hijos a través del mando y de la imposición.

A los hijos se les pierde de una manera, pero se les gana de otra, siempre que los padres sepan comprenderlos y respetarlos. Pero se les puede perder para siempre cuando no se les ha sabido valorar y aceptar en su crecimiento progresivo e integral.

Rupturas que traumatizan

Las diferencias o cambios generacionales son inevitables. Hasta de­seables y necesarios. Gracias a ellos avanza la sociedad y la misma Iglesia.

En cuanto a ésta es bien cierto que el mensaje evangélico que pro­clama para todos los hombres de todos los tiempos y lugares, siempre será antiguo y nuevo; pero lo que a la vivencia de lo perenne y de lo que permanece se refiere, se reviste, generación tras generación, de formas nuevas que la hacen inteligible a los hombres de cada momento históri­co.

Y esto o lo hacemos nosotros, secundando la acción del Espíritu o el Espíritu lo hará a pesar nuestro.

Lo que sí deberíamos evitar, querido Valerio, tanto en el orden fa­miliar o social, como en el eclesial, son las rupturas que se convierten en heridas sangrantes que, aunque luego se cicatricen, siempre dejan hue­llas que nos recuerdan pasados amargos.

La ruptura sólo debe producirse con el pecado. El pecado personal y social. Por lo demás y en cuanto al curso de la historia se refiere, creo que es mejor seguir el hilo conductor que avanza hacia arriba, superando el pasado, sin romperse.

Noventa y nueve fuera y una dentro

Es posible, como ya antes te insinué, que el caso de Alberto sea más frecuente de lo que aparece a primera vista. Pero lo que más me alarma es que, según las últimas estadísticas, el número de ateos aumenta en el mundo. No se trata de ateos nuevos, como puede ser el caso de tu sobri­no; son ateos de siempre. Es decir, hombres y mujeres que no creen por­que jamás nadie les ha hablado de Dios, de una manera adecuada y testi­monial. Y esto se da en número creciente en el norte y en el centro de Europa; Europa, este continente que no quiere apearse del tren del con­sumo y de la competitividad, y que, quizás por eso, se siente cada día más viejo y cansado. Y España le sigue, y le seguirá también en el número progresivo de ateos si entre todos no podemos corregir su marcha.

Tengo la impresión que los cristianos hemos invertido la parábola evangélica del aprisco. En ella Jesús nos decía que es necesario dejar las noventa y nueve ovejas en lugar seguro y salir a buscar la descarriada. Nosotros hacemos todo lo contrario. Dejamos en el aprisco la única oveja (buena, sí, y digna de la mejor atención), pero no salimos a buscar las noventa y nueve que están perdidas.

El otro día un sacerdote quiso, papel y lápiz en mano, sacar las cuentas de la inversión de sus horas de ministerio. Quedó sorprendido cuando constató que el noventa y cinco por ciento de su trabajo estaba dedicado al culto y a las reuniones de los cristianos de siempre; sólo em­pleaba el cinco por ciento de su tiempo a acercarse a los que se fueron de la comunidad o a los que nunca estuvieron en ella.

Por calles y plazas

Aunque me consta tu poca afición a leer los documentos episcopales, te sugiero que por esta vez hagas un pequeño esfuerzo y leas el Programa Pastoral de la Conferencia Episcopal Española sobre El viaje del Papa y el servicio a la fe de nuestro pueblo. Te lo adjunto por si te atreves.

Para mí lo más importante del Programa es su décimo cauce opera­tivo. Se trata de organizar un congreso (no tropieces con este nombre, querido Valerio) sobre Evangelización y hombre de hoy. A ver si saldrá. Yo quizás por aquello de ser obispo o del gremio como tú dices, tengo bue­nas esperanzas. Porque ya es hora que, a nivel nacional, la Iglesia se plan­tee cómo hacer comprensible el mensaje evangélico al hombre de nues­tros días.

En estos últimos años el diálogo entre Iglesia y cultura moderna parece un diálogo de sordos. Apenas nos entendemos. Es cierto que la sociedad dentro de la cual se desenvuelve la cultura moderna, parece estar distraída y alejada de los valores trascendentes; pero también lo es­taba en los comienzos de la era cristiana; y, a pesar de todo, la palabra del evangelio resonó y llenó gran parte de nuestro continente.

Este es el drama de la Iglesia en nuestros días; este es su gran reto: ser capaz de anunciar el mensaje de Jesús de manera que sea comprendi­do tanto por el hombre de los robots, ordenadores y computadoras, como de las grandes masas marginadas.

Urge salir por calles y plazas como los servidores del amo de la parábola, para invitar a que entren al banquete de un Dios que nos envió a su Hijo a fin de que todos vivamos como hermanos.

A la Iglesia en España parece faltarle medios o instrumentos de evan­gelización; a lo mejor bastaría con renovar y actualizar los que tuvimos y aún tenemos. La creatividad y la decisión nos deben acompañar en este quehacer concreto.

El Concilio Vaticano II, amigo Valerio, ha sido el gran aldabonazo que nos dio el Espíritu para actualizar el Evangelio. Sería una lástima que nos hiciéramos el desentendido. La historia y el mismo Dios nos lo toma­rían en cuenta.

Cada vez que te escribo, Valerio, debo apostillar mi carta con un perdón por lo largo y pesado que he sido. Discúlpame de nuevo.

Escribiéndote, escucho mejor la voz de mi conciencia. Recordán­dote a Jesús y a su Iglesia, afirmo mi fe. Acusando a los demás, me exijo a mí mismo.

Gracias porque tu amistad y tu paciencia me ayudan a ser más fiel a mi vocación.

Cariñosos saludos a tu esposa e hijos.

Un abrazo de tu amigo,

Málaga, Noviembre de 1984. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais