«Contra servilismo, sinceridad»

Publicado: 03/08/2012: 562

XII Carta a Valerio

Querido Valerio:

Quizás ya te lo he contado otras veces. Si fuera así, ten paciencia y sigue leyéndome.

Era yo entonces párroco de Granollers y había sido ya preconizado obispo. Participaba en un encuentro de sacerdotes. Al terminar una de las charlas, y porque me había olvidado el reloj en la habitación, pregun­té a un compañero: «¿Qué hora es?». Con sonrisa intencionada me con­testó: « ¿qué hora quiere que sea, Excelencia?». Ante mi extrañeza por la respuesta me dijo: «¡Cuidado Ramón! En adelante, cuando preguntes algo, habrá quien te responda según tus preferencias y no según la reali­dad». Mi compañero quería prevenirme contra el servilismo y el halago.

Todos los que tenemos responsabilidades de servicio nos podemos ver envueltos por un servilismo que nace del miedo; y éste, de la imposi­ción.

Un obispo americano me contaba que en su última «Visita Ad Limina», el Papa le había dicho: «Dígame la verdad de lo que pasa, tal y como Vd. lo ve, aunque pueda hacerme sufrir». ¡Que sabia petición!, ¿verdad Valerio? Sólo conociendo la realidad se puede ofrecer un servi­cio atinado.

«La verdad os hará libres» (Jn 8,32)

A partir de la anécdota y de la petición del Papa, permíteme, queri­do Valerio, que te diga algo sobre la verdad «guardada» y «desarrollada». Porque también en este quehacer se pueden dar los fielmente veraces y los servilmente halagadores.

La Iglesia debe anunciar y vivir la verdad que libera. Se trata de la verdad evangélica, la verdad del Espíritu, la verdad abierta hacia la «tota­lidad». Para defenderla, es decir para que seamos libres, a veces la Iglesia tiene que llamar la atención a algunos de sus hijos. Es su misión. Misión difícil de ejercer, pero necesaria, aunque resulte impopular y algunos la crean coactiva.

Adivino tu pregunta, Valerio: ¿Tan segura está la Iglesia de sí mis­ma en el discernimiento de la verdad? Mira, la Iglesia no se apoya en sí misma, sino en el Espíritu cuya presencia le prometió Jesús.

El apoyo en el Espíritu tiene un nombre: humildad. Yo pido fre­cuentemente a Dios que los pastores sepamos velar por la verdad del evangelio sin atemorizar. Porque donde hay temor, no hay libertad; y donde no hay libertad, falta la creatividad y el conocimiento progresivo de la verdad. Recuerda las palabras de Jesús: «El Espíritu os irá guiando hacia la verdad completa» (Jn 16,13).

Por la historia sabemos, querido Valerio, que la armoniosa conju­gación entre el poder-servicio y la libertad-creatividad no es nada fácil. Cuando se da el abuso en una de las dos partes, se cae en el despotismo o en la arbitrariedad respectivamente.

Sea como fuera, unos y otros debemos ser humildes, que es decir tanto como ser veraces y objetivos. Sólo con humildad los pastores de la Iglesia podremos ejercer el poder como servicio a favor de la libertad; y sólo con ella, los teólogos nos ayudarán a caminar hacia la verdad com­pleta.

Es necesario que la Iglesia «guarde el depósito de la fe». También lo es que los santos y los teólogos nos ayuden a desarrollarla. Refiriéndose a estos últimos, el Papa en su visita a España, desde la Universidad Pontificia de Salamanca, les animó a investigar y a profundizar en los misterios de Dios.

Que las advertencias de la Iglesia no silencien la voz de los teólogos. Y que las investigaciones de éstos no empañen la verdad de aquélla.

La Congregación de la Fe y el Ministerio de Sanidad y Consumo (¡Con perdón!)

En tu carta, Valerio, te refieres al trasiego entre teólogos y congrega­ciones romanas. Comprendo que el tema es delicado y no da para chis­tes. Que los errores y herejías se han incubado algunas veces «en los pini­tos» de ciertos teólogos; y que en el silencio impuesto a un teólogo, existe el riesgo de ahogar la voz del Espíritu.

Los obispos hemos recibido la misión y, por tanto, tenemos el de­ber de velar por la pureza y la integridad de la fe. No podemos permitir que se lance sin más al «mercado» (perdón por la comparación) cual­quier nueva tesis. Está en juego la salud espiritual de los fieles. Y esto, además de ser serio, es preocupante y grave.

Yo creo, Valerio, que así como no se puede vender ningún produc­to al público sin haber sido examinado concienzudamente por el Minis­terio de Sanidad y Consumo, de manera semejante, aunque inadecuada, no se debería ofrecer ninguna nueva interpretación de la doctrina de la fe a los cristianos sin antes haberla confrontado con otros teólogos durante largas horas de estudio, reflexión y diálogo, y haber consultado con la Iglesia de Roma, madre y maestra de las demás iglesias particulares. Esto, por supuesto, en lo que a aspectos esenciales de la fe se refiere. No así, cuando se trata de lo opinable. En caso de duda, escuchar a Roma. Que los consultores saben historia y teología, y además son comprensivos.

Además, a la manera como el citado Ministerio (perdón por la in­correcta comparación), retira productos perecederos y adulterados, tam­bién se deberían corregir o simplemente retirar aquellas formulaciones de la fe que hoy no expresan de una manera adecuada los misterios pe­rennes.

Me dirás que regresamos de nuevo a la censura o a la inquisición solapada. Tampoco a mí me gustaría. Lo que es cierto es que sirviéndose de la facilidad que ofrecen los medios de comunicación, no es justo deso­rientar a los cristianos con afirmaciones discutibles.

A lo mejor todavía no hemos logrado encontrar unas normas de libertad de expresión que estimulando a los teólogos, aseguren al mismo tiempo la verdad de la fe recibida.

Todo esto es muy difícil. Quizás deberemos seguir caminando en­tre carreras y paso lento, cuesta arriba y cuesta abajo... Son limitaciones del pueblo peregrino. Lo importante es que no perdamos la dirección hacia la tierra prometida.

El «otro» aborto

Permíteme, Valerio, terciar ahora el tema, sin dejar de referirme a la atención pastoral que el obispo ejerce a favor de sus diocesanos.

El domingo pasado tuve un encuentro con un grupo de jóvenes cristianos que, desde hace unos años, se han organizado con propios es­tatutos y reglamento. Hasta tienen su sigla.

Uno de los presbíteros integrados en este movimiento de jóvenes me dijo públicamente en un momento del encuentro: «Señor obispo, el otro día le vimos en televisión condenando el aborto. Y esto está muy bien. Nosotros estamos con la Iglesia. Pero de manera semejante al respe­to que Vd. manifiesta en favor de la vida, yo le pido que respete también «las nuevas formas de vida» que se gestan y desarrollan poco a poco en el seno de la comunidad cristiana, aunque, al comenzar, parezcan frágiles y hasta deformadas. El Espíritu las irá configurando lentamente de manera que Vd. pueda reconocerlas como hijos propios. Sólo le pedimos pacien­cia y diálogo».

Después, el mismo sacerdote dirigiéndose a los jóvenes les decía: «…y vosotros jamás debéis romper el cordón umbilical por el que per­manecéis unidos a la Iglesia. Si lo hicierais, cortaréis el flujo de gracia que da vida al movimiento».

Y añadió: «No podemos caer en el contrasentido de afirmar que estamos unidos a la Iglesia, estando contra el Papa y los obispos. A ellos, y solamente a ellos, corresponde confirmar la unión y señalar la ruptura. No a nosotros».

Aquel sacerdote, querido Valerio, nos dio una buena lección con palabras sencillas que todos pudimos comprender.

El peligro de los ghettos

Por mi parte, pedí a aquellos jóvenes que tengan en cuenta la tota­lidad y unidad de la Diócesis. No pueden actuar por su cuenta, descono­ciendo la comunidad diocesana; todo lo contrario, deben potenciarla. La Iglesia Particular no es un cajón de sastre; es una familia donde los miem­bros, aunque de distintas edades y con temperamentos y funciones di­versas, son capaces de sentarse con gozo en «la mesa común», significan­do y realizando la unidad.

Dicho con otras palabras: las asociaciones, movimientos, comuni­dades y demás grupos cristianos sólo podrán ser fieles a su propia identi­dad o carisma, en la medida que construyan la unidad eclesial. De ahí la importancia y aun la necesidad de hacer suyo cualquier plan o proyecto diocesano, asumiéndolo desde su propia realidad.

Perdona, Valerio, que me haya extendido tanto. Termino.

Pide al Señor que me ayude a servir, más que a imponer; a desper­tar confianza, y no a atemorizar; a alentar la sinceridad y creatividad, rechazando el servilismo y el halago.

Hasta la próxima oportunidad.

Málaga, Enero de 1987. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais