«Ha muerto un niño. ¿Quién tiene la culpa?»

Publicado: 03/08/2012: 657

XIV Carta a Valerio

Querido Valerio:

Al terminar de leer tu carta, inmediatamente llamé a Elvira. Casi no acertaba a marcar el número porque me temblaba la mano. Tal era el miedo que sentía. Me consta cómo Elvira y Mario querían a su pequeño, aquel niño de cuatro años con sus grandes ojos y cabello rizado, tan ju­guetón y preguntón a la vez. Debe ser terrible que, apenas en quince días, una meningitis arranque de manera inesperada y fulminante la vida de un niño.

Descolgaron el teléfono. Por la voz me di cuenta que era la misma Elvira. No sé qué le dije, ni cómo. Las palabras se me atascaban en la garganta. Ella callaba. Yo adivinaba a través de un silencio demasiado prolongado el dolor inmenso que de vez en cuando se percibía con un sollozo contenido. No sabía si seguir hablando o colgar. De pronto, escu­ché su voz desgarrada: «Era un niño inocente. ¿Por qué tanto sufrimien­to? ¿Por qué su muerte? ¿Donde está el Dios-Padre del que nos habláis?».

No supe qué responder. No encontraba argumentos. Y si los hubie­ra tenido, en aquel momento no hubieran sido convincentes. Parecía im­posible suavizar aquella tremenda herida moral con la pequeña venda de unas teorías. Me limité a decirle: «Te llamaré otro día, Elvira. Sepas que en la medida de mis posibilidades comparto tu dolor y le pido a Dios que afirme tu esperanza».

Buscando una respuesta para Elvira

Han pasado ya algunos meses, querido Valerio, desde mi conversa­ción telefónica con Elvira. Le he dado muchas vueltas a sus palabras car­gadas de rebeldía. Me parecen la versión moderna del libro de Job, mal­diciendo el día que nació: «Desaparezca el día que me vio nacer y la no­che en que fui engendrado» (Job 3,3).

En el mundo, Valerio, se dan muchas situaciones semejantes a la de Elvira: sufrimientos sobrehumanos, depresiones incomprensibles, sole­dades y angustias sin razón, enfermedades incurables y muertes inocen­tes... Y busco la respuesta en el archivo de mis conocimientos que difícil­mente llegará a convencer a Elvira, y que, ni siquiera para mí, resultará humanamente lógica. Y es que, en el fondo, querido Valerio, el mal, el sufrimiento, la muerte..., no son hechos que puedan abarcarse y menos solucionarse desde nuestra pequeñez humana. Sólo cabe aceptarlos como se acepta un misterio que nos sobrepasa, pero que, de una u otra manera, debe tener su sentido.

Para encontrar una respuesta para Elvira, para tantos como ella y aun para mí mismo, he leído, he reflexionado, he orado sobre todo. Tú podrías hacer igual. Empieza leyendo la carta apostólica del Papa Juan Pablo II, titulada «Salvifici doloris». También la pequeña nueva teodicea de Juan Luis Ruiz de la Peña: «Teología de la creación». Y finalmente, si todavía quieres saber más, lee el pequeño libro del jesuita P. Juan Galot: «El sufrimiento ¿por qué?».

Compatibilidad de la fe y el dolor

Como antes te decía, Valerio, el mal no se puede definir porque no se puede abarcar. De ahí que resulte presuntuoso pretender explicarlo,

Lo que sí podemos humildemente pretender es indagar la posibili­dad de creer desde la experiencia del mal. Esta es la gran cuestión. Lo demás cobra valor a partir de ahí.

Prescindamos de todos aquellos sufrimientos que emergen de las deficiencias y limitaciones de nuestro vivir cristiano no superadas aún por la capacidad del hombre. Sólo quiero referirme a aquel dolor físico, psíquico o moral y, sobre todo, a la misma muerte, que aparecen como compañeros inseparables del hombre peregrino por los caminos de la historia.

Estoy convencido que ninguna respuesta especulativa puede satis­facer la pregunta vivencial del «¿por qué?» en su amplio e inabarcable campo. Por más silogismos que acumuláramos para explicarlo, jamás podríamos suavizarlo, ni menos extirparlo. La experiencia del dolor como consecuencia del mal, va infinitamente más allá de cualquier explicación humana.

¿Es el mal negación de Dios?

Hay muchas personas, querido Valerio, que no creen en Dios por­que existe el mal y sufren sus consecuencias. Se preguntan: «Si Dios exis­te y, además, si es infinitamente bueno y omnipotente ¿cómo puede per­mitir que el mal azote a las criaturas que El ha creado? Y al no encontrar respuesta adecuada, llegan a la conclusión de que Dios no existe; o si existe, no le importa nada lo nuestro. «Se trata, pues, dicen, de un dios irresponsable o de un dios débil que nada puede hacer para liberarnos del mal».

Para muchos, Valerio, el mal es el supremo argumento contra Dios; es el descrédito de la idea de Dios. Viene a ser como «la roca del ateísmo» contra la que se estrellan las fáciles respuestas que pretenden dar algunos cristianos.

¿Será vencido el mal por el progreso?

A comienzos de este siglo, querido Valerio, el progreso engendró el optimismo tecnocrático. Algunos llegaron a sospechar haber encontrado la solución. Se dijo que el mal no existía; que sólo se daba el error que podía ser corregido, la diferencia que podía ser superada o la limitación que podía ser suplida. Y que el progreso era la clave para lograrlo. Así de sencillo.

Pero el «invento» no ha resultado. Porque a medida que avanza la técnica, uno tiene la impresión de que el mal crece en la misma propor­ción.

Es cierto que cada día tenemos más recursos y, por lo tanto, más comodidades; hasta nos alargan los años de vida. Pero... ¿y las guerras, y las violencias, y las injusticias, y las nuevas enfermedades, y la angustia, y la soledad, y la misma muerte...? ¿Qué explicación tienen?

Hay quien llega a pensar que si hoy se supera este mal, mañana aquel otro, y así sucesivamente, un día la humanidad tendrá superado el problema. Y si esto pudiera ser verdad ¿mientras tanto qué? ¿Es que nosotros, sumidos todavía en el sufrimiento engendrado por el mal, y tantas generaciones que nos han precedido, no tenemos derecho a en­contrar el sentido de la existencia?

En definitiva, querido Valerio, algunos tecnócratas optimistas, por una parte, niegan a Dios; por otra, tienen que aceptar un mundo preña­do de absurdos.

Las quejas contra Dios

Cuando Elvira, con expresión cargada de rebeldía, me preguntó por el Dios-Padre que predicamos, no negaba a Dios. Simplemente se quejaba contra El. Y le exigía una respuesta. Una respuesta que jamás le será dada como ella quiere, y que sólo encontrará en la medida que, des­de su pequeñez, acepte el misterio de creer que, a pesar de todo, cabe esperar.

Yo pienso que este es el caso de muchas personas que se rebelan y hasta blasfeman contra Dios. De alguna manera creen en El y por eso se quejan. Porque, de no creer, ¿qué sentido tiene la queja? Las cosas, las personas, el mal mismo..., serían tal y como son, sin más. Y basta. No habría lugar a la rebelión, ni a la queja, ni a la blasfemia contra Dios, si Este no existiera.

Sea como fuera, Valerio, si al hombre sólo le cabe la alternativa de negar a Dios o de blasfemar contra El, la vida humana sería la realidad más desesperada. Y, a pesar de todo, a pesar de lo incomprensible que resulta el misterio del mal, la inmensa mayoría queremos seguir vivien­do. Tenemos muchas razones y motivos para sumirnos en la desespera­ción; y, con todo, nadie nos puede arrancar desde lo más íntimo de nues­tro ser un fuerte rescoldo de esperanza y una gran dosis de ilusión. De alguna manera intuimos que la esperanza es más razonable que la deses­peración.

Y también más sana. Y que el hombre tiene una capacidad radical de conferir crédito a la vida.

Más que una respuesta, tenemos una vida

La respuesta cristiana al misterio del sufrimiento, querido Valerio, no puede ser una tesis con sus respectivos silogismos, ni un discurso bien trabado. ¡No! La respuesta la encontramos en una vida. Es la vida de Jesús, el modelo para todo creyente en Dios-Padre. Por tanto, a Elvira y Mario, ante la muerte de su hijo, porque quieren seguir siendo creyentes, no les satisfará una explicación por lúcida que pudiera ser; lo único que pueden hacer es fijarse, mejor dicho, contemplar, como Jesús vivió la experiencia del mal, desde su fe y esperanza en el Padre.

Jesús «bebió» (experimentó) el cáliz amargo del sufrimiento. Su pasión y su muerte en la cruz son la historia de la peor de las desdichas en la que se acumuló el dolor físico, el psíquico y el social.

Y Jesús se enfrenta ante esta realidad desde el amor. Esta es su res­puesta vivencial al misterio del mal.

Se trata de un amor al hombre y a toda la realidad que lo envuelve, aceptándolo tal y como es, para ayudarle a ser lo que debe ser. Ama al hombre, y por tanto a ti, Valerio, a Elvira, a Mario, a mí, a todo el que, de una u otra manera sufre... no por lo que en nosotros hay de bueno y perfecto, sino por lo que en nosotros hay de malo y deficiente, con el fin de liberarnos y devolvernos la «fisonomía original».

Fíjate, querido Valerio, que precisamente los más amados de Jesús fueron los menos «amables»: enfermos, pobres, leprosos, ignorantes, pros­titutas, pecadores... Las situaciones más desesperadas: sospecha de blas­femia, marginación social, renuncia y despojo de toda clase de poder..., no sólo son situaciones soportadas, sino asumidas por Jesús, precisamen­te porque en ellos se alumbra la posibilidad insospechada de esperar con­tra toda esperanza.

Creer a pesar del mal

Y junto al amor, la fe. Jesús, como nosotros, no comprende el mal: «Padre, ¿por qué me has abandonado?» dirá en el momento del supre­mo dolor de la cruz. Y el Padre no le respondió. Le dejó colgado en el «¿por qué?» y en él permaneció hasta el último suspiro.

Jesús creyó en el Dios-Padre, desde el «¿por qué?» sin respuesta empírica posible. Creyó en Dios, no a pesar o al margen del mal, sino desde la experiencia del mismo.

La fe exige una actitud de pobreza y confianza a la vez. Y cierta­mente, querido Valerio, no hay mayor pobreza que la de no encontrar razón de lo que pasa. Ni hay mayor confianza que, desde el misterio del mal experimentado, seguir llamando a Dios: ¡Padre!

Creer desde la experiencia del mal es creer desde la esperanza de una victoria definitiva sobre él; es apuntarse en la lista de los que luchan contra el mal físico, psíquico y moral; es oponerse a cualquier crucifixión y luchar contra ella, aunque sucumbamos en el combate, como el mismo Jesús, conscientes de que, después de perder la vida, la encontraremos en plenitud y definitivamente.

El dolor como purificación

Cuando el cristiano acepta el dolor no se convierte en masoquista; porque en el dolor, en cualquiera de sus formas, el discípulo de Jesús descubre o una corrección o una gracia o un misterio que, tarde o tem­prano, se nos descubrirá.

El pecado, querido Valerio, puede definirse, entre otras maneras, como la destrucción del hombre, de la sociedad, de la naturaleza. A Dios, podríamos decir, le duele, le sabe mal esta destrucción. Y quiere que vol­vamos a recuperar lo perdido. Quiere que seamos como El nos pensó y creó. Y entonces viene lo que, más que castigo, a algunos teólogos les gusta llamar purificación, llevada a cabo por el Creador a través de las mismas leyes naturales establecidas por El. ¿No pueden ser interpretadas así algunas enfermedades del hombre moderno? Y no me refiero tanto al «sida» (que también), sino a ciertas autodestrucciones del mismo hom­bre que se dan cuando abusamos de los medios que la naturaleza ha puesto a nuestro servicio.

El dolor como gracia

Pero, el dolor, Valerio, también puede ser considerado como gra­cia, como don, como regalo..., ya que nos da la oportunidad de identifi­carnos con Cristo, y así, como Pablo, poder decir: «Me alegro de sufrir con vosotros, pues voy complementando en mi carne mortal lo que falta a las penalidades de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

Comprendo, Valerio, que es muy difícil saber cuándo el dolor es consecuencia del desgaste de nuestra naturaleza, marcada por el pecado,

o es purificación que nos ayuda a recobrar la identidad perdida, o es gracia que nos identifica en la pasión de Jesús. Más que conocer el moti­vo del sufrimiento, cosa bien difícil, nos interesa aceptarlo, a la manera de Cristo, como quien recorre los caminos del misterio que nos esconde a un Dios que, a pesar de todo, es nuestro Padre.

Me gustaría que así, y mucho mejor, lo comprendiera Elvira. Y, sobre todo que ella, Mario, tú, yo y todos aceptáramos el dolor con acti­tud activa de superación o actitud abierta de aceptación; pero siempre como quien se siente rozado por el misterio.

La Semana Santa termina con la Resurrección. En ella encontra­mos la razón de vivir, de luchar y de esperar. ¡Feliz Pascua de Resurrección!, querido Valerio.

 Málaga, Julio de 1987. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais