«Respetad a los musulmanes, y a nosotros también»

Publicado: 03/08/2012: 493

XV Carta a Valerio

Querido Valerio:

La obra teatral que viste en Valencia, me recuerda lo de la familia marroquí de paso por Málaga.

Parece ser que eran unos emigrantes trabajadores en Francia. Aproxi­madamente a la altura de Antequera y a la hora de su oración, pararon su coche a un lado de la carretera; se apeó toda la familia y, orientados hacia la Meca, se postraron para orar.

Cerca de aquel sitio hay una fuente de agua fresca donde, en aque­lla misma hora, había un grupo de personas llenando sus recipientes. Al ver a la familia marroquí haciendo su oración con sus respectivas postraciones, alguien llamó la atención de todos, señalando al pequeño grupo de orantes, mientras se mofaban de ellos imitándoles grotescamente. La carcajada fue general y clamorosa. Pero, de repente se levantó una voz que con indignación a gritos decía: «Por favor, señores, tengan respeto. Lo que es sagrado para ellos, debe ser respetado por nosotros».

Se impuso la cordura y a la chacota siguió un silencio respetuoso.

La «vicenteta de fabara» y otras burlas

Tú, Valerio, aprovechando un viaje a Valencia, fuiste a ver a «El Joglars» para divertirte. Y saliste indignado. Me gusta que matices las cosas. Dices que no lo sentías tanto por ti, como por tantos católicos va­lencianos, cuyos sentimientos religiosos eran mofados.

No es la primera vez que acontece. Tiempo atrás pasó algo seme­jante en Aragón. También se ha dado en otras ciudades y pueblos de la «Piel de Toro», donde la Biblia, la Eucaristía, el monacato..., han sido tratados con escarnio.

El teatro, el cine, la televisión, el carnaval..., encuentran frecuente­mente ocasión para mofarse de valores que para algunos grupos son va­lores sagrados. Y esto es grave. Y más grave aún, cuando son los munici­pios o los Gobiernos Autonómicos los que subvencionan estos escarnios con dinero de todos.

¿Tendremos nosotros la culpa?

Es cierto, Valerio, que los grupos religiosos, sean o no cristianos, tenemos un sin fin de defectos. Nuestras comunidades no están exentas de desaciertos y de pecado. Lo reconocemos y asumimos con humildad, lamentando nuestros propios fallos. Tal vez hasta nosotros mismos he­mos provocado la burla de «lo nuestro» porque hemos hecho de la vida cristiana una caricatura grotesca que está muy lejos de lo que Cristo qui­so y el Espíritu sigue inspirándonos.

A pesar de todo, nos duele y nos duele mucho, que se rían de nues­tros defectos. Otra cosa es que nos critiquen con objetividad y aun con dureza.

Nietzsche y los «enfants terribles» del periódico «El País»

Juan Arias, Francisco Umbral, Fernando Savater..., se han converti­do en los «enfants terribles» de «El País».

Parece ser que la dirección del rotativo les ha confiado la cátedra de ética en España, invitándoles a destruir a golpes de artículo el real o su­puesto monopolio de ética que durante cuarenta años «ostentó» la Iglesia Católica, amparada por un régimen ya superado.

El citado periódico pretende ofrecer una alternativa ética. Y nadie le puede negar el derecho. Lo discutible es la manera de hacerlo. Porque desempolvar en nuestros días el «anticlericalismo» es retroceder históri­camente.

La queja de los católicos, querido Valerio, no es su crítica, que cuando es objetiva y basada en sólidas razones nos ayuda a corregirnos. Nuestra queja es el cinismo con que lo hacen; un cinismo probablemente nacido de unos traumas todavía no superados; traumas que nosotros mismos quizás producimos.

¿No podrían hacerlo de otra manera? A lo mejor no quieren o no son capaces de hacerlo. Quizás sea más fácil machacar, mofándose y hu­millando «al contrario».

A fuerza de ser sinceros, debemos reconocer que, en tiempos pasa­dos, algunos de los nuestros también lo hicieron. Ahora nos siguen pa­gando con la misma moneda.

A esos «enfants terribles» tan adictos a citar filósofos alemanes del siglo pasado, les sugeriría que leyeran a Nietzsche (parte IX «Más allá del bien y del mal», núm. 263). Por lo menos léelo tú, Valerio.

Dice el filósofo alemán que es necesario saber lo que las personas respetan. Según Nietzsche, la humanidad daría un gran avance si nos convenciéramos que no podemos manosearlo todo; que hay situaciones sagradas a las que uno debe acercarse descalzo, absteniéndonos de alar­gar nuestras manos sucias.

Por favor, Valerio, no des a leer esta carta a nadie porque es proba­ble que los «enfants terribles» me acribillen por todas partes; y soy vul­nerable por los cuatro costados. Aunque, a decir verdad, ya me voy acos­tumbrando. Me tildarán de inquisidor y no sé de cuántas cosas más.

El humor y la burla

El humor en la vida, querido Valerio, actúa a manera de sal o condi­mento. Nos hace la vida más agradable. Sin humor nos moriríamos de aburrimiento.

En cambio, la burla y el sarcasmo humillan, degradan, ofenden, crispan a una persona o a un grupo. Y «¡eso no es!», como dice nuestra gente.

Comprendo, Valerio, que a veces nos resulta difícil señalar la línea de separación entre el humor y la burla; depende mucho de la sensibili­dad, educación y salud mental de las personas afectadas.

Ahora bien, hay casos, como el que tú me cuentas, que son obvios y que, por tanto, jamás deberían darse.

Personalmente entiendo por humor aquella expresión verbal, ges­to, escrito, dibujo o proyección en imagen de una situación humana que, por su contraste con la vida normal, nos produce hilaridad.

Al contrario, por burla entiendo aquel gesto, palabra, escrito, dibu­jo o proyección en imagen por el que se intenta poner en ridículo de manera ofensiva a personas o cosas que por un individuo o colectivo son consideradas como valores morales, dignos de ser respetados, ya que por dichos valores aun están dispuestos a dar su vida.

Democracia civilizada

Como tú, Valerio, yo también brindo por la democracia; pero, por una democracia «civilizada». Y no a mi manera, ni al gusto de uno u otro grupo determinado. Brindo por una democracia que haga posible real­mente la libertad personal y la defienda de agresiones; por una democra­cia en la que cada uno pueda decir, escribir, proyectar y hacer lo que piensa, siempre que esto no signifique la mutilación o invasión de la li­bertad del otro.

Ya sé, Valerio, que esto es muy difícil. Por eso creo que el mejor servicio que un estado democrático puede hacer es colaborar, sin mani­pular, en el desarrollo de las libertades ciudadanas. Pero no se hace. A los estados democráticos parece que les interesa más el desarrollo económi­co y el bienestar «somático» de los ciudadanos. De esta manera se cons­truyen sociedades consumistas que basadas en la competitividad desem­bocan en la agresividad.

A pesar de todo, querido Valerio, no desconfío que a fuerza de fra­casos iremos aprendiendo a construir una democracia civilizada. Que no somos ni tan malos, ni tan tontos.

La Monarquía, la República y otros valores

En los últimos diez años hemos progresado en convivencia, a pesar de los pesares. Pero el Estado debería poner más empeño en ser mejor pedagogo.

A mí, por ejemplo, querido Valerio, me parece bien que por un consentimiento tácito o por unas normas (no sé si las hay), nuestros me­dios de comunicación «no se metan» con la familia real. Tampoco en Francia «se meten» con el sistema republicano, porque para ellos, como para la inmensa mayoría de españoles la familia real, es un valor moral que debe ser respetado por todos.

¿No seremos capaces de hacer nosotros lo mismo, sin o con nor­mas establecidas, con personas, por ejemplo Juan Pablo II, y con lo que son valores morales trascendentes para numerosos grupos dentro y fuera de España?

De lo contrario, los ánimos se crispan y lo visceral y primario obnubilan el sentido común y explotan conflictos sociales que bien pu­dieran evitarse. ¡Bastantes tenemos ya!

Si yo fuera amigo del Presidente...

Si yo fuera amigo del Presidente o de algunos ministros les sugeri­ría que estudiaran el tema. Pero sólo los conozco a través de los medios de comunicación; y, además, tampoco me harían caso.

A lo mejor, Valerio, tú podrías pedir que en el «orden del día» de la próxima reunión de tu partido o del sindicato se reflexionara sobre el respeto que los españoles deberíamos tenernos en lo que a valores mora­les se refiere. A ti te harán más caso. Y por ahí se empieza.

Y, mira, poco a poco, daríamos un paso importante hacia esa socie­dad libre, respetuosa y llena de buen humor, que es el deseo de todos.

Hasta otra ocasión, si Dios quiere.

Málaga, Septiembre de 1987. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais