«Matilde se hace monja»

Publicado: 03/08/2012: 854

XVIII Carta a Valerio

Sí, querido Valerio, me imagino la contrariedad de los padres de Matilde. Ellos que siguieron con interés apasionado la primavera de 1968 en París, donde estudiaban y donde se conocieron; que vivieron los pri­meros años de su matrimonio envueltos en los atrayentes riesgos de gru­pos políticos clandestinos; que defendieron que sólo lo nuevo era lo ver­dadero y condenaron lo pasado como erróneo o simplemente falso... Ellos que educaron a su única hija convencidos de que viviría en una sociedad totalmente diferente, en la que el oscurantismo religioso habría sido arra­sado y la técnica sería el motor de un progreso imparable... precisamente a ellos les sale ahora el tiro por la culata: su hija se hace monja.

Claro, Valerio, que a decir verdad también sucede lo contrario: al­gunos ácratas de hoy, se educaron ayer en hogares de estrictos cánones; hay líderes del mundo obrero que antaño crecieron en hogares burgue­ses; y habrá más de un ateo actual que no hace muchos años era alumno de una escuela católica.

Son los contrapuntos de la vida que hacen más original la partitura de la historia.

Pero bueno, dejemos esto para otra ocasión y pasemos a lo de Matilde.

Desconcertante

Me dices en tu carta que la decisión de Matilde ha provocado las reacciones más contrapuestas: desde la indignación de sus padres, pasan­do por los parientes que dicen que está loca, hasta llegar a la admiración que sienten por ella algunos amigos. «Era una muchacha tan alegre, tan comunicativa, tan normal...», escribes, que su decisión ha desconcertado a todos.

Me gustaría conocer el proceso interior de Matilde: cómo se inició, por qué etapas pasó y cual fue la gotita de agua que hizo rebosar el vaso de la generosidad. Quién sabe si tuvo algo que ver el rostro sereno de una monja enjuta y pálida, visto entre las rejas de locutorio; o la carcajada espontánea y sonora de aquella otra monja maciza, de mejillas rosadas, alegre como una castañuela.

Cuando vayas a ver a Matilde, pregúntaselo; a ver si le arrancas algo; bien seguro que otra vez quedarás desconcertado.

Dios es imprevisible para mantener nuestra capacidad de admira­ción.

Moisés, María y Pablo

Esto de la vocación, Valerio, es como una llamada, una invitación. Y si es auténtica (que también las hay falsas), ni es invento de uno mismo, ni sugerencia de otro. Es simplemente vertical, viene de arriba, de Dios.

Y aunque la última palabra siempre la tiene el interesado, opino que la vocación tiene más de imposición que de elección. Por lo menos así aparece en la Biblia. Te recuerdo tres casos significativos:

Cuando Dios quiso liberar al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, fue a buscar a un hombre que vivía muy lejos, entre los rebaños y campos de su suegro. En su juventud había tenido algún que otro con­flicto con los jefes egipcios y, para colmo de males, era tartamudo. Bien que se lo recordó el propio Moisés al Señor. Pero no hubo caso: «¡Irás...!» y fue. Y liberó al pueblo. Y antes y después lo pasó muy mal. Pero se sentía feliz, no porque la empresa le hubiera resultado fácil y gloriosa, sino porque había hecho lo que Dios quería. Y para un hombre de fe, como Moisés, esto lo justificaba sobradamente todo.

Otro caso fue el de la Virgen. Dios quería hacerse hombre. Y el ángel bajó del cielo, cruzó los espacios y llegó a un pueblecito desconoci­do, llamado Nazaret. Y se plantó en casa de una familia normal y corrien­te, donde había una muchacha, como tantas otras del pueblo. Bueno, en realidad sí que era una muchacha singular, extraordinariamente singu­lar; pero nadie se daba cuenta. Y el ángel le comunicó el mensaje de parte de Dios. Ella dudó; hizo preguntas. No lo veía. ¡Y lo que pasó la mucha­cha! Pero, fue tan feliz a pesar de todo, que ahora la llamamos causa de nuestra alegría.

El otro caso el de Saulo de Tarso. Cuando el Señor determinó dar a conocer el Evangelio por todo el mundo greco-romano, escogió a un ju­dío fanático que se había propuesto exterminar aquella secta fundada por Jesús de Nazaret. Y precisamente cuando iba a Damasco con misión de encarcelar a los cristianos, el Señor lo tumbó. Humanamente fue el momento y el lugar menos propicio; pero Dios acostumbra tener méto­dos muy diferentes de los nuestros. Y Pablo, muy a pesar de su fanatismo contra los cristianos, se convirtió en seguidor de Jesús.

Yo pienso, Valerio, que la vocación a la vida consagrada (y proba­blemente toda vocación) oscila entre la imposición y la elección. Así le habrá pasado a Matilde. Un día entendió que la vida contemplativa era una necesidad urgente para la Iglesia y que alguien tenía que solucionar­la. Sus amigos no se dieron cuenta o se hicieron los desentendidos. Matilde era demasiado noble como para pasar de largo. Y no se preguntó si le gustaba o no; simplemente entendió que alguien tenía que decidirse; que de lo contrario aquello quedaría por hacer, y la necesidad seguiría gritan­do desesperadamente. Y allá fue, sin más. Así de simple y grande a la vez es la vocación consagrada.

Las necesidades eclesiales o sociales son espacios de vocación. Y toda necesidad está por encima de gustos. La vocación es la invitación a llenar un vacío; va mucho más allá de los caprichos personales. Lo curioso es que cuando uno sale de sí mismo para reconocer el Señorío de Dios y para servir a los demás, llega a encontrarse definitivamente consigo mis­mo. Por eso son felices los que hacen caso de la llamada de Dios.

Vocación a la vida contemplativa

Me dices, Valerio, que los padres de Matilde la comprenderían mejor si se hubiera decidido ser religiosa para ir a misiones, o para trabajar en los suburbios de las ciudades o en las zonas rurales más abandonadas, o para dedicarse a la juventud... pero esto de meterse a monja de clausura, les parece simplemente absurdo. Claro, ellos que siempre han valorado tanto la acción, la estrategia, las movilizaciones, las campañas electora­les... ahora no pueden comprender que su hija se decida por la inoperan­cia aparente, el silencio, la soledad, quizás con la misma intención de sus padres, pero de otra manera; otra manera más eficaz, claro está, según Matilde.

Si algún día ves a sus padres diles que contemplen los árboles del parque, los más grandes, los más fuertes, los más bellos; aquellos árboles que resisten los vientos huracanados, las tormentas, las heladas, el sol tórrido de los largos días de verano. Y hazles caer en la cuenta que sin la parte invisible, es decir sin las raíces, aquellos árboles ni serían grandes, ni fuertes, ni bellos. El secreto del árbol está en su raíz. Fijándose en los árboles quizás lleguen a comprender de alguna manera que en esa viva realidad que llamamos Iglesia, su hija Matilde tiene vocación de raíz. Y que cuanto más hundida esté, mejor.

También les podrías recordar la función imprescindible que el co­razón y la sangre tienen en el cuerpo humano. No hay ningún miembro que pueda prescindir de ellos. Y sin embargo ni el corazón ni la sangre se ven, aunque bien dejan notarse. Así será Matilde para la Iglesia y para el mundo, si es fiel a su vocación.

Los padres de Matilde un día comprenderán la grandeza de la vo­cación consagrada; y, recordando al profeta, su llanto se convertirá en gozo; la ausencia de su hija, en presencia; su lejanía, en lo más cercano. Y entonces entenderán que gracias a los que, como Matilde, saben decir sí a Dios, la Iglesia, y con ella la humanidad, resisten a los huracanes y a las tormentas y a las heladas y a la sequía... y se abren camino hacia algo siempre nuevo y mejor.

Las monjas contemplativas (y los monjes, que también los hay), son quienes, en cierto modo, conservan las esencias del cristianismo.

Ellos nos recuerdan al Dios único y absoluto a quien debemos reco­nocer y glorificar; y que desde este reconocimiento y glorificación nos convertimos en los más eficaces servidores de los demás.

Cada monasterio de vida contemplativa es como un ensayo de lo que debería ser la sociedad según el plan de Dios: un solo Padre, todos hijos y hermanos, compartiendo lo que tenemos, según cada uno necesi­te y no más, haciendo realidad la gran familia humana que avanza con dificultades, pero que espera confiadamente la plenitud y eternidad de una vida que ha sido prometida con toda garantía por el Hijo de Dios y hermano mayor nuestro, Cristo Jesús.

El silencio y la soledad

A nuestro mundo, Valerio, tan convulsionado por palabras que son gritos, por cantos que son alaridos, por promesas que son mentiras... se le hace difícil entender y amar el silencio. Por otra parte, nos hemos acos­tumbrado a vivir entre ajetreos de una multitud que nos diluye. A los rectores de este mundo no les interesa el silencio que ayuda a profundi­zar, ni la soledad que nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos. Cuanto más superficiales seamos, más manejables seremos a favor de sus intereses. Mientras tanto, se nos convierte en robots programados para producir diversiones de corto tiempo, que nunca se transformarán en felicidad.

Los contemplativos cultivan el silencio para poder decir en su mo­mento la palabra nítida y cierta. Buscan la soledad para encontrar al Dios del desierto y el camino hacia la tierra prometida.

Y para que nadie les arranque el tesoro del silencio y la soledad, se desposarán con la pobreza que estimula a trabajar sólo para lo que real­mente se necesita.

El pequeño gran mundo de los contemplativos

Tú recuerdas, Valerio, aquellas palabras de Jesús: «Si no os hiciéreis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». Pues mira, es precisamen­te en los conventos de monjas o monjes contemplativos donde uno se encuentra con esos niños. Son inteligentes, superdotados diría. Tienen una sensibilidad exquisita para la verdad, la bondad y la belleza. Saben descubrir lo grande en las cosas pequeñas y la pequeñez en las cosas aparentemente grandes. Quedan embelesados ante una flor, el canto de un pájaro o una puesta de sol. La lectura de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y de los místicos les zambulle en el gozo más intenso y puro. Son agradecidos al gesto más pequeño que se tenga con ellos. Su gran fiesta es el encuentro con el Señor en las celebraciones litúrgicas que cuidan con esmero.

Pero, dada su sensibilidad, los conventos contemplativos pueden ser caja de resonancia donde los pequeños problemas se convierten en horas de Getsemaní o Calvarios. Y es precisamente en estas pruebas don­de se acrisola su fidelidad a Jesucristo.

Dos sugerencias

Diles a estos jóvenes y chicas de tu grupo parroquial que si alguno escucha la llamada del Señor invitándole a ser raíz, corazón, sangre de la Iglesia, que sea generoso.

Y si te preguntan dónde viven, diles que en casas pobres, limpias y ordenadas, que siempre tienen una huerta donde anidan pájaros, crecen las flores y vuelan las mariposas. Y si quieren saber qué hacen, diles que hablan con Dios muchas veces al día, que visten y comen sobriamente, que viven como hermanos de una misma familia. Pero para decirles toda la verdad, cuéntales también que la cruz del Señor los acompaña, que saben de pruebas difíciles, de noches oscuras, de incomprensiones y de enfermedades. Pero que son muy felices porque saben que el árbol se sostiene y desarrolla gracias a sus raíces. Y ellos son las raíces ocultas del árbol de la Iglesia.

¡Ah! Se me olvidaba decirte una cosa, Valerio: un día me dijiste que habías ahorrado algún dinerillo y querías meterlo en un buen depósito para que te diera pingües beneficios. Pues mira, dáselo a uno de esos conventos de monjas contemplativas y así tendrás un tesoro en el cielo.

Hasta otra ocasión, si Dios quiere.

Málaga, Junio de 1988. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais