«No basta la buena voluntad»

Publicado: 03/08/2012: 588

XX Carta a Valerio

Querido Valerio:

A mí también me parece un desatino que tu cura párroco se limite a entregar, «sin más», el «Libro Guía del Catequista» a los cristianos que por primera vez se ofrecen para dar catequesis a grupos de niños y jóve­nes; como si esto de dar catequesis consistiera simplemente en seguir las instrucciones de una receta. Menos mal que te has dado cuenta, y dirás con respecto a Don Serapio que los catequistas no se pueden improvisar.

Tú, Valerio, tienes una buena preparación básica y remota sobre la fe cristiana. A pesar de todo, deberás participar en algún cursillo (mejor que fuera un curso entero), para actualizar tus conocimientos y, sobre todo, para aprender una buena metodología que te ayude a transmitir la fe de manera objetiva y atrayente.

Claro que, antes de todo esto, hay un presupuesto esencial para todo catequista: me refiero a su vida de fe personal y comunitaria, a su testimonio cristiano en la familia, en la barriada o pueblo, en el lugar de trabajo... y añadir, además, una gran dosis de auténtico afecto a la comu­nidad parroquial, a la Diócesis y a la Iglesia universal.

No basta la buena voluntad

Me dices, Valerio, que entre los feligreses de tu parroquia que se ofrecen para dar catequesis hay muchas personas de buena voluntad. Pero esto no basta. A base de «buena voluntad» se han dicho y cometido, dentro y fuera de la Iglesia, muchos errores.

Como botón de muestra te voy a citar algunos ejemplos. Cuentan que en alguna parte se ha dicho:

-«Si Jesús expulsó a los judíos del templo, se comprende que también fueran expulsados de Alemania».

-«Lo de perdonar a nuestros enemigos tiene sus límites. Jesús, por ejemplo, estando clavado en la cruz, no perdonó al mal la­drón».

-«Jesús está en el pan consagrado, como en esencia, algo así como concentrado».

-«A misa dominical se va cuando a uno le apetece».

Los casos, Valerio, suenan a chiste. A mí, más que risa, me provo­can lástima e indignación. Cuando los niños y jóvenes de esos desatina­dos catequistas sean mayores, imagínate la broma con que se van a to­mar la fe cristiana.

Para que un catequizado configure sus actos personales y sus acti­tudes a las normas evangélicas, debe tener ideas claras en lo que a la doctrina católica se refiere; porque si ya de por sí es difícil ser cristiano, habiendo recibido una buena catequesis, ¡cuánto más no lo será si ésta es errónea, ambigua o incompleta!

Padres y catequistas

Lo ideal, querido Valerio, sería que los mismos padres fueran los catequistas de sus propios hijos. En el hogar el niño y el joven deben aprender y vivir las verdades de la fe.

Este caso, desgraciadamente, es rarísimo, insólito. Pero, aunque se diera, el niño o el joven deberían compartir con otros cristianos no sola­mente las celebraciones litúrgicas, especialmente la Eucaristía, sino tam­bién una catequesis común dada ya sea en la parroquia, ya en el colegio, ya en el movimiento apostólico o en cualquier otra comunidad o grupo cristiano. El catequizado tiene que vivir la dimensión comunitaria de su fe, que va mucho más allá de la familia; de lo contrario, el cristianismo pudiera verse reducido al ámbito hogareño.

Tal vez debemos recuperar la figura del «padrino»; es decir aquel cristiano adulto que ayuda a caminar por las sendas de la fe a los catequi­zados. Pero sobre esto ya hablaremos en otra ocasión.

La Catequesis fuera del hogar

El caso más común y frecuente es que los niños y jóvenes reciban la catequesis de labios de un catequista o de un sacerdote, normalmente en la parroquia o en el colegio. Se trata de catequistas preparados tanto en los contenidos de la fe como en los más avanzados métodos pedagógicos.

Pero si el catequizado no encuentra en su hogar, entre sus padres y hermanos, el apoyo necesario, sino lo contrario, es decir poco aprecio, cuando no indiferencia o rechazo total, ¡qué difícil será que un catequiza­do persevere en la fe! Claro está que para Dios no hay nada imposible. Y pueden encontrarse flores en lugares insólitos y piedras preciosas en un lodazal.

Tú, Valerio, haz todos los posibles para que en tu parroquia se im­plique a toda la familia en la catequesis, haciendo que la comunidad parroquial y el hogar se complementen.

En tu carta me dices que se dan diferencias abismales entre la cate­quesis que se da en una parroquia y la que se da en otra. Parece que pasa lo mismo en los colegios, comunidades y otros grupos cristianos. Tú mis­mo has constatado, con sorpresa y pena, que los catequistas, por comodi­dad o afán de protagonismo, dan más importancia a su creatividad sub­jetiva, que a la objetividad de las verdades de la fe, tal y como las propone el magisterio de la Iglesia.

En estos últimos años ha habido una proliferación de catecismos, de métodos catequéticos, de material didáctico... que o bien son fruto de la vitalidad de la comunidad cristiana, o nacen de un peligroso subjetivismo.

Llega el momento de recoger todo lo bueno que se ha dado, y de eliminar lo erróneo, ambiguo e incompleto.

Silencios intencionados

Comentando el libro «Guía del Catequista» que se ha preparado en tu parroquia, me hablas de tu sorpresa ante un silencio, que parece más bien intencionado, sobre los puntos escatológicos de la fe cristiana, como son la muerte, el juicio de Dios, el riesgo de condenación, la promesa de salvación... Y, así mismo te sorprende la insistencia machacona y exclusi­va de lo que tú llamas «lo horizontal» de la catequesis; algo así como si la fe cristiana sólo tuviera como objeto el desarrollo socio-temporal.

Es verdad que en decenios anteriores se cayó en el riesgo de una catequesis «evasiva»; pero no por eso debemos ahora caer en el extremo contrario. Es necesaria una síntesis entre persona y comunidad, oración y acción, fermento y masa, celebración y compromiso, fiesta y cruz, don y tarea.

...Y después de la Primera Comunión ¿qué?

Te felicito, querido Valerio, por haberte ofrecido a colaborar en la catequesis de tu parroquia. Sin embargo, quiero prevenirte de reduccionismos; quiero decir en considerar la catequesis exclusiva y úni­camente como preparación para recibir un sacramento. La catequesis adquiere su fuerza e identidad cuando se pone el acento en el «post», logrando que niños, jóvenes y adultos sigan un proceso catequético que los proyecta al horizonte infinito del Dios inabarcable.

Todos los cristianos debemos estar integrados en un proceso catequético permanente y progresivo. Quizás para algunos podría ser suficiente una participación preparada, consciente y gozosa de la misa dominical, donde las lecturas bíblicas proclamadas y la homilía del pres­bítero fueran los medios normales de fortalecer y desarrollar la fe.

Sin embargo, dadas las circunstancias actuales, nos encontramos prácticamente en un «país de misión», como se dijo ya hace mucho tiem­po. La comunidad cristiana, sea entendida como parroquia, como centro escolar, como comunidad de base, como movimiento apostólico... nece­sita una «sobrealimentación catequética». Deben multiplicarse los gru­pos de niños, jóvenes y adultos que caminan en un proceso catequético constante.

Estoy convencido, querido Va1erio, que si nos tomamos con serie­dad y responsabilidad la catequesis a todos los niveles, dentro de pocos años veremos resurgir una Iglesia con una imparable fuerza misionera, tal y como la quiere Jesús.

Hasta otra oportunidad, si Dios quiere.

Málaga, Octubre de 1988. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais