«Don Felipe es un valiente»

Publicado: 03/08/2012: 524

XXII Carta a Valerio

Querido Valerio:

También yo estoy contigo. Ciertamente Don Felipe es un valiente. Lo han dejado «solo ante el peligro». Pero, quienes le conocen saben que no claudicará. Aunque sus íntimos amigos no le apoyen, el Claustro se inhiba y el Consejo Escolar no quiera manifestarse... Don Felipe, apoya­do en la legalidad, en el sentido común y en su decisión de hacer respetar los derechos ajenos, seguirá adelante. Es persona de ideas claras y decisio­nes coherentes. Necesitamos hombres de su talla.

Don Felipe parece lento, pero avanza. Unos dicen que es tozudo, pero reconocen que es tenaz. Hay quienes le tildan de suficiente, pero aceptan que es firme en sus propósitos. Admiten que es dialogante, pero sólo cede ante lo justo y verdadero. Sabe esperar, convencido de que, tarde o temprano, la verdad triunfa.

En tu carta, Valerio, me dices que cuando, públicamente y sin com­plejos, Don Felipe se manifestó católico ante todo el Claustro de Profeso­res, provocó alguna que otra cínica carcajada, suscitó varias sonrisas com­pasivas y heló los labios cobardes de algunos que, fuera del colegio, se profesan cristianos.

Don Felipe no dudó. Ante la sorpresa de muchos, dijo que daría las clases de formación religiosa de su curso, y que aun estaba dispuesto a impartirla a los alumnos de todos los cursos, si la Dirección del colegio se lo aprobaba.

El lugar de la Catequesis

Como ya te he dicho en otra ocasión, el lugar propio de la cateque­sis es la comunidad cristiana; en nuestro caso concreto, la parroquia. Después le sigue el hogar, que en la práctica es el más eficaz; y también, aunque algunos lo ponen en duda, el centro docente, como espacio com­plementario de la catequesis de la comunidad, o simplemente como oca­sión pre-catequética. Estos tres espacios de catequesis, si bien de manera diferente, tanto en lo que a contenidos como a métodos se refiere, deben ir concatenados. Es una equivocación decir que las clases de formación religiosa en los centros docentes no tienen nada que ver con el desarrollo de la fe de los alumnos.

La inhibición

Te preguntas, Valerio, por qué aquellos siete u ocho profesores cris­tianos del Centro al que te refieres, se negaron a dar clases de formación religiosa. En tu carta dices: unos reconocen que no están suficientemente preparados; otros, prefieren tener un par de horas libres a la semana para corregir trabajos o preparar material; no faltan los cómodos de siempre o los atrapados por la cobardía.

A los que dicen no estar suficientemente capacitados para dar cla­ses de formación religiosa, si son cristianos, les obliga el deber de prepa­rarse. En ninguna diócesis falta material, reuniones y cursillos para po­nerse al día.

Algunos de los que prefieren tener un par de horas libres no pue­den probar que siempre las empleen para corregir trabajos o preparar material.

A los «cómodos» les recordaría que difícilmente pueden encuadrarse en la comunidad eclesial. La fe es cosa de valientes y constantes.

Para los «cobardes» no tengo otra respuesta que las palabras de Jesús: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo le defen­deré ante mi Padre, pero a quien me niegue ante los hombres, yo tam­bién le negaré ante mi Padre» ( 10,32-33).

Una solución limitada

Dices, Valerio, que se da el caso en algunos colegios o cursos de un mismo centro que, a pesar de haberlo pedido los padres, los alumnos se quedan sin clases de formación religiosa.

Ya sabes que los padres tienen derecho a que se les conceda lo que piden para sus hijos. Si no se les atiende, se conculca lo establecido y se adopta una actitud netamente injusta y antidemocrática. A veces, desgra­ciadamente, es la misma diócesis la que no tiene los profesores necesa­rios.

La Iglesia, hace ya unos años, encuentra una manera limitada, pero suficiente, de suplir a los Maestros de Enseñanza General Básica que no quieren dar clases de formación religiosa. La diócesis invita a seglares maestros en paro u otros titulados de nivel medio o superior para que cubran este vacío. Así, de alguna manera, se da una respuesta a los dere­chos de los padres.

Voluntarios con diferentes actitudes

La Iglesia está profundamente agradecida a estos «profesores vo­luntarios». Entre ellos se dan distintas actitudes.

Hay voluntarios que teniendo la carrera de Magisterio u otro título universitario, se ofrecen generosamente con el afán de hacer apostolado. Y se preparan de manera consciente. No les interesa, ni buscan, la exigua gratificación que el Estado les da a través de la Iglesia.

Otros, con buena preparación remota y próxima, dan las clases de formación religiosa, aceptando y agradeciendo la pequeña gratificación.

También los hay a quienes sólo quizás interesa la gratificación, sin tener gran interés por la formación religiosa de sus alumnos. Sería mejor que la Iglesia pudiera prescindir de estos últimos; porque donde predo­mina el interés crematístico, es muy difícil que la palabra sembrada pro­duzca su fruto.

Dicen, querido Valerio, que años atrás se dio el caso de algunos maestros que aceptaron dar clases de formación religiosa para mentalizar a sus alumnos sobre partidos políticos determinados y aun para despres­tigiar a la misma Iglesia. Felizmente, este problema parece haberse solu­cionado.

Los profesores de BUP y FP

Otra cosa son, Valerio, los profesores de religión de los Institutos y Centros de Formación Profesional. Para ellos se ha logrado, como era evidentemente justo, la remuneración equiparada a profesores de otras materias.

Ya sabes que para ser profesor de formación religiosa en la Ense­ñanza Media se necesita haber aprobado los seis cursos de estudio de ciencias eclesiásticas, o tener un titulo universitario, más la formación teológica y pedagógica que la Iglesia requiere.

También, entre estos profesores, querido Valerio, encontramos di­ferentes maneras de entender y ejercer su magisterio.

Los hay que se toman con tanta responsabilidad e ilusión sus cla­ses, que no sólo llegan a ser profesores respetados y queridos por sus colegas y alumnos, sino que algunos de éstos, gracias a las clases de for­mación religiosa, se van abriendo al don de la fe. Conozco a más de un joven «convertido» gracias al profesor de religión. Normalmente estos profesores, aunque lo necesitan y tienen derecho, no dan desmesurada importancia a su mensualidad. Algunos dicen que seguirían dando clases de formación religiosa, aunque no cobraran ni una peseta. Lo que les importa es la oportunidad de ayudar a sus alumnos en la fe cristiana. Y les basta.

A otros, de probada competencia pedagógica y teológica, les moti­va más la nómina que el celo apostólico.

También se dan profesores de formación religiosa que no tienen ni texto, ni orden sistemático en sus enseñanzas. Se dejan llevar por el subjetivismo, las doctrinas de moda o las peticiones superficiales de los alumnos. Si en algún Instituto o Centro de Formación Profesional se die­ran estos profesores (que lo dudo), deberían ser suficientemente hones­tos como para renunciar a sus clases, o la diócesis debería retirarles su confianza.

¿Curas o seglares?

Hay profesores de formación religiosa que son sacerdotes; también los hay seglares. Entre ambos, algunos son extraordinarios; otros, no tan­to; y quizás otros, menos.

Pero hay un dato, Valerio, curioso y significativo. Dicen que cuan­do una Delegación Diocesana de Enseñanza convoca a los profesores de formación religiosa para reuniones durante el curso u ofrece cursillos durante el verano a fin de perfeccionar contenidos y métodos, el porcen­taje de asistencia no es demasiado alto; en cambio, lo es cuando las reu­niones tienen como objetivo revisar mensualidades o reivindicar dere­chos económicos. ¿No te parece, Valerio, que el interés no es proporcio­nado?

Pero volviendo a lo de si presbíteros o seglares como profesores de religión, algunos dicen que la fuerza testimonial entre sus alumnos por parte de los seglares es más fuerte que la de los mismos sacerdotes o religiosos. Es cuestión discutible.

Lo que no deben olvidar unos y otros es la necesidad de preparar conscientemente sus clases; y siendo fieles a los contenidos y metodolo­gía, saber adaptarse a los alumnos, según las edades, ambientes o nivel de conocimientos religiosos.

Directores que no dirigen

Puede darse el caso de algún director de Instituto o Centro de For­mación Profesional que todavía no llegue a comprender que las clases de formación religiosa tienen el rango de asignatura fundamental. También parece que alguna vez el Ministerio de Educación y Ciencia ha querido replantear teórica o prácticamente la ley por la que la formación religiosa se equipara a las demás asignaturas. Todo esto quedó muy claro en los acuerdos de rango internacional firmados por el Estado Español y la San­ta Sede. Así lo ha señalado siempre la Comisión Episcopal de Enseñanza, haciendo constar que no se trata de defender un privilegio, sino de hacer respetar un derecho que tienen los alumnos católicos que piden forma­ción religiosa.

Un director competente de Enseñanza Media debe dar a los alum­nos las mismas posibilidades para matricularse en las clases de formación religiosa que en las otras materias obligatorias.

Saber dar la cara

Es cierto, Valerio, necesitamos maestros y profesores cristianos que, como Don Felipe, sepan dar la cara, superando complejos y manifestán­dose abiertamente católicos ante sus colegas y alumnos.

La fe, don gratuito recibido de Dios, celebrada en la comunidad cristiana, tiene que ser vivida sin pretensiones, pero de manera convenci­da y gozosa en cualquier ambiente en que se encuentre el cristiano. Esto es especialmente necesario para todos aquellos maestros, profesores y catedráticos que, competentes como el que más en sus respectivas mate­rias, son conscientes de la influencia que, aun sin pretenderlo, ejercen sobre sus alumnos.

Y a tu amigo Don Felipe, dale la enhorabuena en mi nombre, que­rido Valerio.

Málaga, Febrero de 1989. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais