«La hermana del señor cura»

Publicado: 03/08/2012: 623

XXV Carta a Valerio

Querido Valerio:

Sí, ciertamente alguien tiene que cuidar a Carmen, esa anciana oc­togenaria que ha dedicado toda su vida a servir a su hermano sacerdote, recientemente fallecido.

Es ejemplar, más aún justo, que ahora los feligreses se planteen so­lidariamente el futuro de la hermana del Sr. Cura. Porque, aunque le ha quedado una pequeña pensión, esa admirable anciana necesita sentirse arropada con el mismo cariño con que ella cuidó a su hermano, y en su persona sirvió a la comunidad parroquial. No se trata, como tú bien di­ces, Valerio, que no le falte nada, sino que sienta el cariño que hasta ahora le teníais.

Cuidar a un Sacerdote

La soledad de la Srta. Carmen, como acostumbrabais a llamarla, a pesar de sus años, me recuerda, querido Valerio, a tantas mujeres que han consagrado su vida a cuidar a un sacerdote.

Ante todo, están los padres de sacerdotes que no solamente sirven a su hijo, sino que aportan a favor del hogar parroquial su pequeña pen­sión y sus escasos ahorros. Claro está que lo más importante, en el caso de un sacerdote, no es el aspecto económico sino, y sobre todo, el cariño.

La hermana del Sr. Cura

Algunos presbíteros, más bien pocos, que ya han perdido a sus padres, tienen la compañía de su hermana. Una hermana que, quizás, cuando todavía joven, renunció a un posible y ventajoso matrimonio, para consagrarse, como si de una religiosa se tratara, al servicio de su hermano. Y ella, la hermana del Sr. Cura, es la que le tiene siempre la ropa limpia y la comida caliente. Ella le espera cuando llega a altas horas de la noche después de una reunión de militantes o de equipo de matri­monios. Ella, la que le acompaña en el rezo de vísperas o el santo rosario; ella, la que soporta sus defectos, la que le anima en sus horas bajas, la que comparte con él las alegrías y éxitos pastorales. Ella, la hermana del Sr. Cura, es la que le hace llegar las sugerencias o las quejas de algunos feli­greses para que mejore el quehacer pastoral. Ella es, en fin, su ángel de la guarda.

Otras mujeres

A veces no son ni los padres, ni la hermana, los que cuidan al cura. Es simplemente aquella mujer, soltera o viuda, que han hecho del servi­cio al presbítero una auténtica vocación religiosa. Ella es en el hogar del sacerdote, la discreta presencia de la Virgen o las mujeres que seguían y servían a Jesús y a sus discípulos durante las correrías apostólicas del Maes­tro por Judea y Galilea. Ella, como también los padres y la hermana del Sr. Cura, ha sido fiel al sacerdote en sus momentos más difíciles, como la Virgen y las mujeres del Evangelio fueron fieles a Jesús hasta el pie de la Cruz. Su fidelidad llega hasta donde a veces no alcanzan ni los más ínti­mos amigos del presbítero.

¿Una especie que se extingue?

Hoy día, por desgracia, ya son menos los padres, o las hermanas, o las mujeres que sirven a los sacerdotes. Los padres prefieren vivir más cómodamente con el hijo o la hija casada; las hermanas van contrayendo matrimonio, y son pocas las que, por vocación, se consagran para siem­pre a cuidar al hermano sacerdote.

Por otra parte, la reducida capacidad económica del sacerdote no le permite pagar justamente a una mujer que cuide su hogar.

Actualmente son muchos los sacerdotes que viven solos. Algunos se lavan su propia ropa, se preparan la comida, limpian su casa... y cuan­do llegan tarde a casa encuentran la comida fría y ausente el afecto o el cariño.

De todo esto deben ser conscientes los seminaristas, jóvenes que se preparan para vivir su sacerdocio en hogares que tendrán mucha seme­janza con la celda del cartujo. Deben saber que a un presbítero secular hoy se le exige tener casi la vocación de un monje.

Cuando un sacerdote integra la soledad en la vivencia de su voca­ción, supera las desventajas de una vida austera, llenándola de la presen­cia de Dios que es, en medio de las dificultades, el amigo fiel, cuya com­pañía infunde alegría y esperanza.

Las comunidades de presbíteros

Comprendo, sin embargo, que no todos los presbíteros tienen la vocación de cartujo o ermitaño. Es por esta razón por la que los obispos debemos hacer todos los posibles a fin de que ningún sacerdote, respe­tando la decisión personal, viva solo. Será necesario intentar de nuevo crear comunidades de presbíteros en una misma ciudad o zona rural, en la que vivan juntos, y desde ella se desplacen al tajo pastoral, para regre­sar luego a casa, donde encontrará a los amigos con quienes compartirá la mesa y la amistad.

Un homenaje merecido

Me uno, querido Valerio, a todos los feligreses de tu parroquia en el homenaje que rendiréis a la Srta. Carmen, hermana del Sr. Cura falleci­do. Y hago llegar a todas las personas que cuidan con respeto y afecto a los sacerdotes, mi propia admiración y gratitud.

Málaga, Mayo de 1990.

Autor: Mons. Ramón Buxarrais