«Los agnósticos: ¿sinceros, inconscientes o cobardes?»

Publicado: 03/08/2012: 1390

XIII Carta a Valerio

Querido Valerio:

En tu última carta me dices que encuentras agnósticos por todas partes: tu primo Andrés, un compañero de trabajo, un dirigente del Sin­dicato,... Por aquí pasa lo mismo. Uno tiene la impresión de que la cosa está de moda. Y a lo mejor no saben ni la prenda que visten. Simplemen­te, se lleva.

Me preguntas qué es el agnosticismo y qué opino de él.

Abre un simple epítome de Historia de la Filosofía y podrás leer lo siguiente:

«El agnosticismo es la doctrina que declara inaccesible al entendi­miento humano toda noción de Absoluto, Infinito y Dios». Es como decir que no se puede saber si existe o no existe Dios. Ni se niega, ni se afirma. Es imposible saberlo, dicen.

Y sigue el epítome: «Desde una actitud positivista, el agnosticismo circunscribe y reduce la ciencia al conocimiento de lo fenómeno-lógico y relativo». En otras palabras, no sé si más claras o más oscuras: la persona sólo puede admitir como verdad existente lo que se puede probar por experiencia o por la razón humana. De lo demás,... no se sabe.

Dicen que el término «agnosticismo» se debe al biólogo inglés Thomas Enry Husley. El naturalista británico Darwin, de la primera mi­tad del siglo XIX, adoptó el término. En la segunda mitad del mismo siglo, también se profesó agnóstico el filósofo inglés Spencer.

Algunos dicen que la base del agnosticismo se encuentra en la obra del filósofo Kant «Crítica a la razón pura».

Resumiendo, querido Valerio, el agnóstico es el que admite sólo la existencia de aquello que el ser racional de alguna manera puede com­probar, a partir de sí mismo.

El imperio de la moda

¿Te has fijado, Valerio, cómo se viste o se peina la gente? Pues, mira, como se les antoja a los modistos y peluqueros de Nueva York, de París, de Milán,... Dicen que también ahora en España se ha descubierto el filón de la moda; que ya no tendremos que importar; que las ofertas (imposiciones, diría yo) nos las van a servir desde casa.

Bueno, no te tomes muy en serio lo que te escribo, porque hay quien dice que también la moda posee su filosofía, de manera que tiene su razón de ser y que corresponde a la necesidad del ser humano. Y esto quizás no deba discutirse. Lo que a mí me sorprende es que, sin el más leve sentido de crítica, aceptemos aquello que se nos ofrece. Y así de re­pente se impone un color, un estilo,... Bueno, no tan de repente; porque los «magnates» ya saben con antelación de muchos meses o años lo que nos va «a caer bien» y lo preparan meticulosamente. Ellos harán, a veces por encima de la comodidad, que veamos y aceptemos «su moda» como si de una necesidad y buen gusto se tratara. ¡Ah! y dicen que todo esto mueve mucho dinero. Dinero para unos pocos, por supuesto.

Es más, Valerio: la moda también extiende su imperio en el campo de las expresiones. Ahora, por ejemplo, está de moda decir palabras malsonantes («tacos», dicen algunos). Y esto se lleva. Los ídolos de la literatura, del teatro, del cine, del canto, de... se expresan así y así hay que expresarse. Ellos mandan. A lo mejor no es más que una simple e incons­ciente reacción contra cánones que se nos habían impuesto, contra siste­mas que soportamos, contra otras modas «envejecidas»,... Bueno, tal vez el hombre es un constante reformador o deformador, un ser siempre insatisfecho. Y la moda no sería otra cosa más que la expresión de su propia inseguridad y de su afán de encontrar lo «definitivo». ¡Ve a sa­ber!...

Pero lo que, a mi manera de ver, es peor o más arriesgado todavía, querido Valerio, es que la moda invade también el campo del pensa­miento humano. Se nos llega a imponer una determinada manera de pensar. Y hoy, con la facilidad que ofrecen los medios de comunicación, el dominio del pensamiento humano está al alcance de los grandes pode­res de este mundo.

Pues, mira Valerio, muchos de los agnósticos que tú y yo conoce­mos, lo son porque está de moda, porque «toca». Digo, muchos, ¡eh! No todos, por supuesto.

Permíteme que a nuestros agnósticos los catalogue de sinceros, in­conscientes y cobardes.

Agnósticos sinceros

Los hay. Parece que el viejo profesor y alcalde que fue de Madrid, el Dr. Tierno Galván, lo era. Habrá otros. Parece ser que han llegado al ag­nosticismo después de mucho estudiar y mucho sufrir. Les duele su ag­nosticismo. Uno de ellos dice: «¡Qué no daría yo por tener la fe cristiana de mi esposa! Y no puedo».

Yo creo, querido Valerio, que los agnósticos sinceros no son tantos. Hay que respetarlos. Y, si me apuras mucho, llegaría a decirte que hay que admirarlos. Quizás más de uno, cuando haya cruzado el lindel de la muerte, se encontrará con la verdad jamás sospechada y la vida en pleni­tud; se le dará como premio a su honestidad, a su afán de búsqueda y al sufrimiento con que entretejieron su propia historia.

Ante los agnósticos sinceros me pregunto: ¿Será que los filósofos y teólogos cristianos no saben dar razón de su fe debidamente? ¿O que la vida de los que nos llamamos cristianos es tan poco coherente con la doctrina del Maestro, que somos más tinieblas que luz para los que, qui­zás por culpa nuestra, todavía no se han abierto al don de la fe? ¿O que a los agnósticos sinceros les falta aquel pellizco de humildad y «lógica pro­funda» por el que, cual si fuera a través de una pequeña rendija, se escu­rriera un tenue rayo de la «Verdad»?

¿Qué podemos hacer, Valerio? Yo creo que simplemente se les tie­ne que respetar, querer y ofrecer, sin ánimo de imponer, el testimonio de nuestra vida cristiana y darles la razón por la que seguimos a Jesús, en comunión con su Iglesia. Además, orar por ellos. Y esperar la «hora de Dios», si es que llega y nosotros podemos verla con gozo.

Los agnósticos inconscientes

Muchísimos de los que tú y yo conocemos, Valerio, son agnósticos inconscientes. Tributan culto a la moda, como te decía antes. Toca a ser agnóstico y se es. Sin más. Como en otros tiempos, quizás estos mismos fueron anarquistas o falangistas o del partido prohibido.

Les falta reflexión. Se «tragan» todo lo que se les dice, lo que leen o lo que ven. Se dejan «configurar». Marionetas de la época.

Los medios de comunicación encuentran un campo abonado entre ellos. A estos medios no les interesa la gente que piensa y reflexiona. Bus­can oyentes o espectadores que sean pasivamente receptores. El poder de los medios, que son los medios de otros poderes, quiere que vivamos distraídos, en el sentido etimológico y peyorativo de la palabra. Así consi­guen fácilmente sus objetivos.

A nuestra generación, querido Valerio, le falta una buena terapia de pensamiento y reflexión. Es necesario que alguien nos invite a detener­nos frente a esa vorágine del vivir que nos engulle. Necesitamos leer con espíritu crítico; reflexionar sobre lo que escuchamos y dialogar con noso­tros mismos y con otros sobre lo que hemos visto.

Dios quiera, Valerio, que nuestros agnósticos inconscientes encuen­tren a un buen amigo que les zarandee, o en su vida se produzca algún acontecimiento que les despierte de su letargo.

Los agnósticos cobardes

Los agnósticos cobardes son los que no se atreven a enfrentarse con la verdad. Esta le exigiría renunciar a las ventajas que aparentemente ofrece la superficialidad. Sin creencias o principios transcendentes pueden or­ganizarse los aspectos de su vida económica, social, política,... como ellos quieren, sin escrúpulos. No tienen que someterse a nada, ni a nadie. Sólo se someten a sus propios caprichos que mayormente nacen de su egoís­mo.

Desde hace unos años, en ciertos ambientes universitarios y en al­gún que otro colectivo, abundan los agnósticos cobardes. En el fondo no lo son. Pero les conviene parecerlo. Son los que, tarde o temprano, trai­cionarían a los mismos grupos en los que ahora militan. Son miedosos. Juegan a la avestruz: esconden la cabeza ante las exigencias de una ver­dad que deben buscar.

Bien seguro, Valerio, que entre tus amigos, como entre los míos, se cuentan algunos agnósticos cobardes. Necesitan alguien que los desen­mascare, que les ayude a ver su errónea actitud. De lo contrario, en el vacío de su propia vida encontrarán el premio a su cobardía.

Contra agnosticismo, humildad

Mientras el agnóstico se autoconstituya como única norma de ver­dad, será imposible que encuentre razones para creer o para no creer.

Alguien me decía, querido Valerio, que casi todos los grandes pen­sadores y científicos han sido agnósticos en alguna época de su vida. Pero que a medida que avanzan en edad y en conocimientos, constatando los espacios que se alargan infinitamente,... renuncian a su agnosticismo y aceptan, aun sin comprenderlo humanamente, que hay, que debe haber un Absoluto.

Cuando el agnóstico comienza a aceptar de alguna manera que puede existir algo más allá del alcance de su propia razón, cuando el agnóstico es humilde, que es tanto como decir realista,... es cuando inicia el camino hacia la verdad revelada.

La fe, Valerio, como tantas veces te he dicho, es un don, un regalo gratuito de Dios que sólo puede recibirlo aquel que se sabe criatura y acepta el «no-ser-Dios».

La hagiografía y la apología

Para prevenirnos de los agnósticos, los cristianos necesitamos un baño de hagiografía. Esta palabra que te puede sonar tan rara, Valerio, significa nada más y nada menos que la biografía de los santos. Es necesa­rio leer y estudiar, para sentirnos estimulados en la fe, la vida de los que fueron heroicamente fieles en seguir a Jesucristo.

El Papa Juan Pablo II está consiguiendo que se conozca la vida de los «héroes cristianos» en la medida que beatifica y canoniza a personas que se tomaron muy en serio su fe. Por ejemplo, a mí me consta que algunos han comenzado a vivir de una manera consecuente su cristianis­mo, después de haber leído la biografía de Sor Ángela de la Cruz o del sacerdote francés Chevrier. Te aconsejo que leas vidas de santos. Verás como es posible ser cristiano de verdad, con la ayuda de Dios. Y, a lo mejor, te preguntas, como lo hizo S. Ignacio y también otros: «¿...si ellos pudieron ser santos, por qué yo no?». Y te decides.

Contra el agnosticismo la Iglesia necesita apologetas, es decir, teólo­gos que sepan dar razón de la fe y que la defiendan ante otras ofertas de salvación. Claro que los más grandes y eficaces apologetas son los santos. Ellos predicaron con el ejemplo, que es la mejor de las predicaciones. Pero también necesitamos teólogos que nos ayuden a descubrir el senti­do y la razón de lo que creemos. Y de éstos hay pocos en nuestros días.

La verdad os hará libres (Jn 8,32)

«La verdad os hará libres». ¡Hemos leído y meditado tantas veces estas palabras de Jesús, Valerio! Claro, se trata de la verdad que vivió y enseñó el Maestro. No se trata de una verdad simplemente teórica. Es una verdad dinámica y transformadora que nos ayuda a vivir proyecta­dos hacia lo infinito. Y esto nos viene dado por Dios y lo recibimos libre­mente, amando. Sólo el que ama vive, posee la verdad. Y se ama en la medida que nos «perdemos y diluimos» a favor de los demás. «Quien ama su propia vida, la perderá. Y quien la pierde por mí y por el evange­lio, la encontrará» (Lc 17,33), dice el mismo Jesús.

Si quieres, Valerio, conocer parte de las múltiples facetas de ese darse, de ese perderse, de ese vivir en el amor,... te sugiero que leas dete­nidamente el cap. XIII de la primera carta de S. Pablo a los Corintios. ¡Verás qué maravilla!

Nada más, querido Valerio. Y que si conoces a nuevos agnósticos, que sean de los sinceros.

Hasta la próxima, si Dios quiere.

Málaga, Mayo de 1987. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais