«Recuperé la ilusión de vivir mi fe cristiana»

Publicado: 03/08/2012: 670

Recuperé la ilusión de vivir mi fe cristiana, me dijo un profesor de historia en un Instituto de Andalucía. Mi amigo, el profesor, había pasa­do por casi todas las etapas de un cristiano que, allá por los años 70, quería ser fiel a su fe: militancia en un grupo juvenil parroquial, Cursillos de cristiandad, Movimiento familiar cristiano y, luego, como a tantos, a sus cincuenta y ocho años, le sobrevino la desilusión y un desencanto que casi terminan con su fe.

“Lee cada día con calma y actitud contemplativa un capítulo del Evangelio. Puede ser un medio simple y eficaz para rejuvenecer tu fe”, le dijo un amigo sacerdote. Y resultó: volvió a encenderse la llama de su fe que a él le parecía casi extinguida. Y ahora, con el gozo y la convicción de un “reconvertido”, afirma: “¡Jesucristo es mi salvación!”.

Con motivo del tercer milenio que se acerca, el Papa invita a todos los cristianos a redescubrir y revitalizar la fe, a la manera como Pablo recomendaba a su discípulo Timoteo: “...Te recomiendo que reavives tu carisma” (2 Tm 1,6), es decir, con la fuerza del Espíritu sopla las cenizas que cubren el rescoldo del don recibido para que, de nuevo, las llamas te iluminen e irradien sobre los demás.

La historia es testigo que toda renovación eclesial surge de una más profunda contemplación (no basta el estudio) del misterio de la persona de Jesucristo. Y de la contemplación nace la misión. El impulso misione­ro de los últimos siglos nació del corazón de unos cristianos “enamora­dos” de Jesucristo, es decir, de los místicos.

Hoy, entre los mismos cristianos parece darse más admiración que enamoramiento del Señor. Y de la simple admiración jamás surgirá la misión. Cuando el creyente se deja compenetrar por Cristo, su gozo se convierte en una necesidad incontenible de proclamarlo con su vida y sus palabras por los cuatro vientos.

La Iglesia es anuncio, es misión; de lo contrario, no sería la Iglesia de Jesucristo. Cuando una diócesis, una parroquia, una orden o congre­gación, un grupo organizado o un simple cristiano han perdido la ilusión de anunciar la salvación de Jesús, es que antes ha disminuido peligrosamente su amor por el Señor.

Para comenzar el tercer milenio de la era cristiana, el Papa ha pro­puesto acertadamente una vuelta radical al misterio de la persona de Je­sús. Sólo así la Iglesia entrará en esa nueva etapa histórica con humildad y fuerza, con esperanza y constancia, con discernimiento y aprecio a los valores del mundo.

El anuncio del Año de Gracia que hizo Jesús de Nazaret (Lc 4, 17­21), tiempo de salvación iniciado en y por el mismo Cristo, deberá ser proclamado de manera inteligible a los hombres de nuestro tiempo, pero sin abaratar ni adulterar el mensaje.

La encarnación de Dios en su Hijo Jesucristo (por más que esta verdad haya y siga siendo combatida por los “intelectuales” según el mundo) deberá ser comunicada como la máxima y definitiva cercanía de Dios a la criatura con el fin de dignificarle según el destino divino que se la ha concedido.

La certeza que en Cristo se ha iniciado la plenitud de los tiempos nos ayudará a comprender que la historia ha entrado en una fase de sal­vación global y universal. Esta convicción nos infundirá la esperanza, la virtud más dinámica y consecuentemente más creativa del cristiano para “ordenar el mundo según Cristo”.

En este tiempo de Cuaresma-Pascua que vamos a iniciar, la cele­bración y contemplación del misterio de la persona de Jesús debería ad­quirir, si cabe, un mayor y singular relieve. El contenido litúrgico de este tiempo nos ofrece una oportunidad única. Bastaría seguir con profundi­dad y constancia el camino litúrgico de Cuaresma-Pascua para reavivar en nosotros el misterio de Cristo.

Recordemos que el bautismo (novedad para los catecúmenos y re­novación para los que ya recibimos el sacramento) es el epicentro alrede­dor del cual gira todo este tiempo litúrgico. Y en el bautismo (morir y resucitar con Cristo) radica la gracia de nuestra conversión y la perseve­rancia en el seguimiento al Maestro.

Bastaría vivir el tiempo cuaresmal-pascual para que la comunidad cristiana, y con ella cada uno de los creyentes, sintiera rejuvenecer su fe en Cristo, Salvador del mundo.

No debemos olvidar en la oración a los miles de catecúmenos que en Africa y otros continentes intentan vivir este tiempo de gracia que les conducirá a la fuente bautismal.

Febrero 1997. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais