«Enrique, el catequista»

Publicado: 03/08/2012: 568

La Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, de la que entonces yo era miembro, allá por la década de los setenta-ochenta, me pidió que visitara a los sacerdotes españoles de la OCSHA (Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana). Y así lo hice: en poco más de un mes visité a los sacerdotes españoles de la OCSHA que trabajaban en Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Perú, Venezuela y Santo Domingo. 

Cuando tenía oportunidad, visitaba también a los sacerdotes españoles pertenecientes al IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras). Así lo hice en Santo Domingo. Los misioneros del IEME ejercían su ministerio en dos parroquias de la capital y en otras de zonas rurales. 

Fue en esta ocasión cuando conocí a Enrique, un catequista de pies a cabeza, casado, con cuatro hijos, que ejercía su ministerio en los reductos de trabajadores haitianos, denominados batey. En los bateys se agrupaban, en condiciones míseras, los haitianos que trabajaban en el cultivo y cosecha de la caña de azúcar. 

A Enrique lo encontré un domingo por la tarde en un batey reunido con una comunidad de cristianos haitianos que escuchaban con ex¬presión de asombro la Palabra de Dios que el mismo Enrique les leía y comentaba con entusiasmo y convicción. Entre lectura y lectura rezaba no recuerdo qué oraciones. 

En esta celebración dominical sin presencia del sacerdote, se alternaban también himnos religiosos que dirigía un negro haitiano y que toda la comunidad cantaba con expresión alegre y entusiasmo de neófitos. Enrique distribuía la comunión. 

Me sorprendió mucho ver tanto fervor, respeto y alegría a la vez. Pensé que las celebraciones de las primeras comunidades cristianas serían como la de aquel batey de Santo Domingo. 

Y una impresión muy sugestiva: a pesar de la pobreza de la capilla y del calor sofocante que soportábamos, me pareció que un halo primaveral lo envolvía todo. Y, como por contraste, me acordé de las eucaristías celebradas en nuestras parroquias urbanas y rurales, donde los fríos ritos nos hielan el corazón. 

En aquel batey, el anuncio de la buena noticia primaba por encima de todo. Lo sacramental era su meta. Al revés de muchas comunidades cristianas de Occidente donde lo sacramental, por no celebrarlo bien, apenas deja lugar al kerigma, si es que no lo ahoga. 

Pero, es más: al día siguiente me encontré con el mismo Enrique en la casa parroquial del pueblo. Estaba hablando con un matrimonio haitiano que, por lo que pude adivinar, tenía no sé qué problemas legales de residencia. Después de escucharles, Enrique salió con el matrimonio a la oficina de documentación del Distrito. 

Los misioneros del IEME me dijeron, además, que Enrique era un esposo y padre ejemplar en todos los sentidos. 

En este año en el que, preparándonos para el tercer milenio, contemplamos a Jesucristo como primer y perfecto evangelizador, deberemos prestar atención a las Iglesias jóvenes para aprender de sus catequistas. Ellos, en su mayoría, parecen tener aquel entusiasmo, convicción y autoridad moral que distinguía a Jesús y que falta a las comunidades católicas de Europa. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais