«África, ¿una esperanza truncada? La respuesta es: ¡Jesucristo!»

Publicado: 03/08/2012: 495

 En las últimas décadas al continente africano se le venía llamando continente de la esperanza o continente del futuro. Hoy se cuestiona esta afirmación. Los enfrentamientos étnicos, por una parte, y el fundamentalismo islámico, por otra, ofrecen a nuestros ojos la imagen de un continente de “esperanza rota”.

Algunos pueblos centroafricanos, olvidando sus todavía tiernas raí­ces cristianas, hacen rebrotar sus ancestrales sentimientos religiosos y bélicos, haciendo imposible la unidad, base de todo progreso. Por otra parte, el Islam, malinterpretando las fuentes de su revelación (según afir­man algunos profesores musulmanes), se reorganiza de tal manera que, en adelante, no se admitirá otro tipo de sociedad que no sea la islámica.

Quiero fijarme ahora en este último hecho: el fundamentalismo islámico en Africa.

Ante todo, no podemos olvidar que el 40,36 por ciento de los habi­tantes del continente son musulmanes; por tanto, aproximadamente unos 302 millones de africanos consideran al Corán como el único libro de la revelación divina y a Mahoma el profeta por excelencia de Dios. Su nú­mero y su fuerza deben ser tenidos en cuenta.

“Nos guste o no –escribe el P. Emilio Galindo– el Islam, en este final del segundo milenio, entra como elemento esencial e insustituible en la fórmula del devenir de la humanidad. Por eso, olvidarlo es imperdona­ble ligereza: es como matar una de las más vigorosas raíces del futuro humano; prescindir de él es empobrecernos todos y quedarnos más cie­gos para otear los horizontes de la esperanza común”.

Por su parte, Mons. Henri Teissier, arzobispo de Argel, ha escrito: “En las décadas venideras la relación entre cristianos y musulmanes será uno de los principales componentes de la paz en el mundo”.

La actual situación del cristianismo en el mundo islámico es muy díficil, por no decir heroica. Los últimos mártires de Argelia y de Centroáfrica nos lo confirman.

Por lo que leo en libros y revistas especializadas; por lo que he podi­do escuchar en conversaciones con misioneros enviados a naciones mu­sulmanas de este continente; y por lo que yo mismo constato en Marrue­cos (no olvide el lector que resido en Melilla), la presencia de la Iglesia misionera –stricto sensu– deberá ser semejante a la presencia de Jesús de Nazaret durante los treinta años de su “vida oculta”.

Recordemos: la presencia, el “estar” de Jesús de Nazaret fue “nor­mal”: era un nazareno más; nada dijo de su “ser”, ni de su “misión”; asumió, como los demás, el duro trabajo manual de aquel tiempo; asistió a la sinagoga como un israelita más... Su presencia pasó tan desapercibi­da que, una vez se dio a conocer por sus “palabras y signos”, los mismos nazarenos llegaron a decir: “¿De dónde le viene esto?; ¿y qué sabiduría es esta que le ha sido dada?... Y se escandalizaban a causa de él” (Mc 6,2-3).

En comunión con el Padre

A pesar de todo, los cristianos sabemos que Jesús, también en y desde su vida oculta en Nazaret, nos redimía y salvaba. Jesús fue Reden­tor desde Belén hasta el Calvario, aunque cambiaran las circunstancias de su vida. En realidad, la “vida oculta y silenciosa” de Jesús vino a ser la base sólida y un preliminar “casi obligado” de su “vida pública”, de la proclamación de su Evangelio.

Hay otro aspecto –el más importante sin duda– de la vida oculta de Jesús que no debemos olvidar: su unión creciente como hombre, pro­funda e invisible, con Dios-Padre. Y precisamente esta profunda e inefa­ble vida interior de Jesús era la que daba una dimensión redentora a cada uno de sus actos, por desapercibidos que fueran.

De todo esto se puede deducir que el misionero –enviado por la Iglesia– o el simple cristiano en tierras musulmanas, deberá tener las mis­mas características o semejanzas de Jesús de Nazaret. Así lo entendieron y vivieron los Padres Blancos fundados por el cardenal Lavigerie, el her­mano Charles de Foucauld y el admirado, pero demasiado olvidado, P. Lerchundi, franciscano gallego, apóstol entusiasta y, al mismo tiempo, respetuoso con los musulmanes marroquíes.

Al estilo de Jesús de Nazaret

Concebir la misión cristiana entre los musulmanes según el “estilo de Nazaret” es decir, entre otras cosas, lo siguiente:

-Presencia respetuosa entre los musulmanes, evitando enfren­tamientos y agresiones ideológicas.

                  Trabajo responsable y eficaz, a ser posible en unión con musul­manes, sobre todo en el servicio a los más pobres.

                  Cuando se dé la ocasión, diálogo sincero y veraz con los musul­manes capaces de responder con la misma actitud.

                  Por encima de todo, espíritu o actitud de contemplación, de ado­ración y de acción de gracias, como Jesús en Nazaret. Esta acti­tud interior es la base y motor del misionero “enviado” o simple cristiano que vive y trabaja entre y con musulmanes.

                  Vivir y proclamar (sólo con el testimonio) la fe cristiana en pura y simple gratuidad, que es tanto como decir vivir en actitud de espera, sin forzar nada ni a nadie, aguardando la hora de Dios.

                  Todo lo cual significa que los misioneros y cristianos que viven y trabajan en países musulmanes deben ser auténticos y silencio­sos contemplativos; de lo contrario, la desesperación podría aplas­tarles.

 

Termino con algunas de las más maravillosas frases que escribió y pronunció (Alocución del 3 de febrero de 1964) Pablo VI sobre Jesucris­to, y que todo misionero, pero de una manera especial el que ha sido enviado a países musulmanes, debe recordar, contemplar y vivir en su interior:

                   Jesús es el vértice de la aspiración humana, es el término de nuestras esperanzas y de nuestras oraciones.

                   Jesús es el punto focal de los deseos de la historia y de la civiliza­ción.

                   Jesús es el que conforma la alegría y la plenitud de los deseos de todos los corazones.

                   Jesús es la palabra que todo lo define, todo lo explica, todo lo clasifica, todo lo redime.

 

-Jesús es el Cristo-Dios, el Maestro, el Salvador, la Vida.

Abril-Mayo 1997. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais