«El concurso del millón infinito»

Publicado: 03/08/2012: 527

Un día, al director de un programa de televisión se le ocurrió orga­nizar un superconcurso de preguntas. El premio a la totalidad de las res­puestas sería de un millón infinito, es decir un millón al que se podrían añadir a su derecha todos los ceros que el universo pudiera contener. Las respuestas del concursante afectarían a toda la humanidad. Por tanto, la audiencia estaba asegurada.

El presentador del programa resultó ser el mismo Dios. La audien­cia estaba formada por todos los hombres y mujeres que existieron, exis­ten y existirán. Se había disparado un interés inaudito porque se trataba de conocer las claves de la felicidad.

Y comenzaron a desfilar por el plató de la historia un sinnúmero de plebeyos y nobles, de pobres y ricos, de ignorantes y sabios, de agriculto­res y artesanos, de salvajes y “civilizados”, de profetas y reyes, de quími­cos y físicos, de débiles y fuertes, de filósofos y teólogos de todas las reli­giones... Pudimos ver a Platón y a Aristóteles, a Ramsés II y a César Au­gusto, a Buda y a Mahoma, a Kant y a Heidegger, a Marx y Adam Smith, y así a todos los personajes que pretendieron mejorar la historia.

Algunos de los concursantes se aproximaban a la respuesta adecua­da, pero ninguno acertaba con la totalidad.

Hasta que un día, hace ya casi dos mil años, se presentó un concur­sante judío, nacido en Nazaret. Su figura impresionó a todos.

La serenidad, el equilibrio, la verdad y el bien revestían su persona, mejor dicho la configuraban. El mismo era la respuesta a todas las pre­guntas. Su apariencia era tan humana, tan humana... que sólo podía ser Dios.

Todos los telespectadores, miles de millones, contemplábamos con admiración y perplejidad al Concursante que, con autoridad, claridad y sencillez iba contestando a todas y cada una de las preguntas. Fueron éstas:

– ¿Cómo se ha preparado usted para participar en el concurso?

– Compartiendo mi vida con todos los hombres y mujeres de la humanidad. Me despojé de mí mismo y tomé la condición de siervo, haciéndome semejante a todos. Además, me humillé, obedeciendo hasta la muerte, y una muerte de cruz (Fl 2,7-8).

– ¿Cómo debemos tratar a los pobres y marginados?

– Compartiendo el sufrimiento de los que caminan por la historia extenuados y abandonados ( 9,36).

– ¿Cómo debemos tratar a los traidores, asesinos, estafadores o malos por cualquier concepto?

– Perdonándoles y ofreciéndoles los medios para que no pequen más (Jn 8,3).

– ¿Y qué hacemos con los enfermos que tanto tiempo y gasto causan a la sociedad?

– Curando sus heridas interiores que en la mayoría de los casos son causa de las enfermedades exteriores. Si tienen fe recibirán la salud corporal para que se manifieste el poder de Dios y el poder que el mismo Dios ha dado a los hombres ( 9,2-6). –¿Qué dice usted de la mujer?

– Que tiene los mismos derechos y deberes que el hombre (Jn 4, 27). A una mujer, María de Nazaret, le di la gracia más grande que puede darse a un ser humano: la hice mi propia madre (Lc 1, 24-38). A otras las hice confidentes predilectas (Lc 10,42).

– ¿Qué dice usted de los pequeños y de los adultos más débiles?

– Que de ellos es el Reino de los cielos ( 19,14).

– Hay gente que no sirve para nada. ¿No sería mejor eliminarla?

– ¡Jamás! Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, lo débil para humillar a los fuertes (I Cor 1,27-29).

– ¿Hay que exterminar a los enemigos?

– A los enemigos hay que amarles. Hay que rezar también por aquellos que os persigan; así seréis hijos de vuestro Padre celes­tial que hace salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos o injustos ( 5,44-45).

– ¿Usted conoce a Dios?

– A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo Único es quien os lo da a conocer. Yo conozco a mi Padre-Dios y El me conoce (Jn 1,14).

– ¿El dolor y la muerte tienen sentido?

– Vuestra tristeza se convertirá en gozo y vuestra muerte en vida ( 5,11-12; 22,31).

– ¿Tiene algo más que decir?

– Que os améis unos a otros como yo os he amado (Jn 13,34).

 

...Y así fueron haciéndole muchas preguntas al Concursante, a las que contestaba como jamás lo hizo, ni lo hará ningún otro.

Fue tan interesante lo que dijo que una editorial publicó las res­puestas en un libro titulado Nuevo Testamento, al que precedían un lar­go prólogo que llevaba el título de Antiguo Testamento. Se han hecho miles y miles de ediciones y parece que seguirán haciéndolas porque cada generación se interesa por el Libro.

Cuando terminó el programa televisivo, el Concursante (Jesús) se llevó una salva eterna de aplausos de toda la humanidad. Y el Presenta­dor (Dios-Padre) le dio el premio del millón infinito, es decir, la Resurrec­ción.

Julio-Agosto 1997. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais