«La madre del campeón»

Publicado: 03/08/2012: 657

Subió al pódium, emocionado y sereno al mismo tiempo. Sonó el himno “universal”, mientras se izaba la bandera de la ONU. Todas las cadenas de televisión del mundo conectaron con el estadio olímpico. A ningún habitante del planeta se le escapó la imagen del joven campeón, físicamente erguido y espiritualmente inclinado.

Se trataba de un deportista extraordinario que había ganado todas las medallas de oro de la competición. Jamás se había visto cosa igual. Y lo que era aún más extraordinario: era un desconocido. Nadie sabía nada de él.

Aquella misma tarde, el más avispado de los periodistas se adelantó a todos y, después de haberlo investigado, se fue a Nazaret, un pueblo rural del Medio Oriente, donde había vivido el atleta. Era necesario cono­cer la historia del campeón desconocido.

Y en su block de notas escribió lo más reseñable.

El joven atleta jamás tuvo asesor deportivo. Durante 33 años se en­trenó a sí mismo. No tenía necesidad de que nadie le aconsejara. Conocía muy bien cada uno de los ejercicios que tenía que hacer para llegar a ser el mejor en cada una de las competiciones. Llegó a dominar de una ma­nera perfecta todos los ejercicios del atletismo. Cabía resaltar una cosa: la madre del atleta, mujer sencilla e inteligente, ante la indiferencia o la bur­la de los demás, era la única que le animaba cada día para que no sucum­biera en el empeño. Y en el silencio y la soledad de los ejercicios prepara­torios, ella le aplaudía con entusiasmo. Sin ella, sin la madre del atleta, el mundo no habría tenido aquel maravilloso joven campeón.

En uno de sus artículos, el periodista escribió que lo justo hubiera sido que, en el pódium olímpico, junto al hijo, hubiera subido también la madre.

Desde entonces, todos los medios de comunicación se volcaron so­bre la madre del atleta. Querían saberlo todo. Preguntaban a parientes, a conocidos y a paisanos de la madre. Los entrevistados terminaban con las mismas palabras: “¡aquella mujer era un misterio!”. Un misterio por el gozo que transpiraba; un misterio por el esfuerzo heroico que ponía en hacerlo todo bien; y un misterio por la seguridad que tenía en el triunfo de su hijo.

El lector habrá comprendido fácilmente que se trata de una pará­bola; una parábola en la que el atleta es Cristo, y la madre del atleta, María.

De Ella, como de la madre del atleta de la parábola, se afirman co­sas tan extraordinarias como inauditas. Se dice, por ejemplo, con funda­mentos históricos y razones de fe:

- que fue una mujer escogida por Dios de una manera singular e irrepetible;

                  que no engendró a su Jesús como hemos sido engendrados el común de los mortales, sino por obra y gracia del Espíritu San­to;

                  que fue la discípula más aventajada de su propio Hijo, el Maes­tro único;

                  que dialogaba y sintonizaba con El de la manera más perfecta, como jamás podrá hacerlo mortal alguno;

 

-que, mientras Jesús trabajaba de artesano de Nazaret, la Madre le miraba y contemplaba desde el silencio de su corazón;

-que le dolió que su Hijo partiera del hogar para recorrer toda Palestina, pero que aceptó su decisión porque entendía que era la voluntad de Dios;

-que, a veces, se le hacía difícil comprender las palabras, las deci­siones y las actitudes de su Hijo, pero que entonces ponía en juego todos los resortes de su fe;

                  que acompañó a su Hijo hasta la cruz, viéndole morir como un fracasado;

                  que experimentó la resurrección de su Hijo;

                  que acompañó con su testimonio, sus recuerdos y su oración a la Iglesia en sus primeros pasos por la historia;

 

- y que, finalmente, Dios la ascendió al Cielo, haciéndole gustar, de una manera anticipada, las mieles del triunfo eterno, junto al pódium de su Hijo.

A tan gran campeón, correspondía una tan gran madre. No podía ser de otra manera.

Octubre 1997. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais