«Misioneros en África»

Publicado: 03/08/2012: 820

 A manera de homenaje y reconocimiento a todos aquellos cristianos a quienes la Iglesia ha enviado al continente africano.

“...Y dejando Nazaret, vino a residir a Cafarnaum, junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ...El pueblo que habitaba en las tinieblas ha visto una gran Luz” ( 4, 13-16).

También vosotros, misioneros en Africa, dejasteis “vuestro Nazaret”, donde os habíais criado y vivíais: hogar, padres, hermanos, amigos, pue­blo o ciudad... Los célibes renunciasteis también quizás a la posibilidad de un buen matrimonio o a una profesión que os hubiera dado un lugar cómodo en la sociedad y una economía holgada... Los matrimonios “en­viados” (que los va habiendo, gracias a Dios) renunciasteis a muchas co­modidades y ventajas para vosotros y para vuestros hijos, y aceptasteis, como los célibes, una climatología diferente y dura, exponiéndoos a en­fermedades tropicales que, tal vez, arrastraréis toda vuestra vida.

Y todos, unos y otros, con la frágil lámpara de vuestra fe, fuisteis a un país lejano que busca la Luz que todavía no ha encontrado plenamen­te.

Jesucristo “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y apareciendo en su porte como Hombre” (Flp 2, 7). Vosotros, los misioneros en Africa, os habéis “despo­jado” de vuestra manera social de ser y de pensar, para haceros un africa­no más. Sólo os “traiciona” el color de la piel; y hasta a vuestro color renunciaríais, si os fuera dado.

“Y Jesús, tomando la Palabra, les señalaba diciendo: dichosos los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justi­cia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia. Dichosos cuando os persi­gan... por mi causa...” ( 5, 1-12).

Vosotros, misioneros en Africa, con vuestra manera de vivir prime­ro y con vuestra palabra después, decís a los africanos que la felicidad no está ni en el dinero, ni el dominio sobre cosas y personas, ni en las carca­jadas de los ricos, ni en la vida de los satisfechos y conformistas de este mundo, ni en los déspotas y vengativos, ni en los que fabrican y venden armas para matar... La felicidad está en todo lo contrario. Dios, y la felici­dad que ofrece, está en el lugar opuesto al que están y defienden los hom­bres de este mundo. Y, si por vivir y decir esto os persiguen, os encarce­lan y hasta os matan... entonces seréis plenamente felices.

“... Tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir” (Mc 10, 45).

Vosotros, misioneros en Africa, habéis venido al Continente de la esperanza no con afán de aventura o para pasarlo bien, ni menos para enriqueceros, sino a servir ayudando a los pobres, construyendo escue­las, hospitales y granjas, enseñándoles a convivir como hermanos a pesar de las diferencias étnicas que también hay entre ellos...

Pero, sobre todo, habéis venido para hablarles de un Dios-Padre que nos ama, de un Dios-Hijo que nos salva y de un Dios-Espíritu Santo que nos impulsa, como el viento a la vela de la barca, hacia el puerto de la plenitud de la vida.

“El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto”  (Jn 1, 5).

Vosotros, misioneros en Africa, que sabéis tanto de trabajo duro, de cansancio persistente, de fracaso repetido, de sembrar sin cosechar, de hablar sin ser escuchados ni comprendidos... también sabéis que si estáis unidos al Señor, alguien, después de vosotros, recogerá una cosecha abun­dante. Habéis sido enviados a vivir y predicar el Evangelio; pero ni voso­tros, ni nadie, tiene derecho a exigir de Dios ni el éxito, ni el fruto. El tiene su día y hora.

“... Doy mi vida por las ovejas” (Jn 10, 15).

Vosotros, los misioneros en Africa, por Jesús y en su nombre dais cada día vuestra propia vida. La dais poco a poco, a girones por el cami­no, sin que los demás nos demos cuenta. Dais la vida por los demás en la soledad y en el silencio de vuestra misión, donde no llegan los periodis­tas, ni las cámaras de televisión. A algunos de vosotros el Señor los eligió para el martirio cruento; a todos, para el martirio incruento, que es me­nos vistoso, pero no menos fructífero.

Me imagino a Dios-Padre aplaudiéndoos desde el cielo, como aplau­dió a Jesús en la resurrección. Y si la resurrección es la gran realidad, realidad también es el aplauso del Padre para cada uno de vosotros.

Los cristianos “instalados” en nuestras seguridades, desde el insa­tisfecho Primer Mundo, también batimos para vosotros nuestras manos vacías y manchadas.

Diciembre 1997. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais