«El Espíritu Santo: ¿Quién es y qué hace?»

Publicado: 03/08/2012: 1214

 Los místicos (aquellos que por gracia son introducidos en los mis­terios de Dios) y los teólogos (aquellos que estudian estos mismos miste­rios) dicen que los humanos (que ellos, por supuesto, también lo son) sólo podemos “balbucear” las realidades divinas; jamás podremos hablar de Dios de manera totalmente objetiva. Unicamente Dios puede hablar adecuadamente de Sí mismo. Y cuando lo hace, nosotros, los mortales, sólo captamos de Dios aquello que nuestro limitado conocimiento es ca­paz de comprender. Nuestra comprensión sólo capta desde su limitada capacidad. Lo limitado no puede abarcar lo Ilimitado.

A pesar de todo, Dios, llevado de su bondad, se nos revela, se nos manifiesta, aunque sólo podamos descubrir una limitadísima parte de su existencia y su voluntad de salvarnos. Y esto basta. Más aún; el amor de Dios le lleva a manifestarse según nuestra capacidad de criaturas. En este sentido podemos decir que Dios, en la persona de su Hijo hecho hombre, Jesucristo, se nos revela de una manera plena y definitiva.

Por su parte, a través de los gestos y de las palabras de Jesús, pode­mos saber quién es y qué hace, cuál es su misión. Además, El mismo nos habla del Padre y del Espíritu. Jesús nos revela la Unidad y la Trinidad de Dios.

A partir de nuestras categorías, siempre limitadas e insuficientes, somos capaces de comprender quién es el Hijo y quién es el Padre, par­tiendo de nuestra experiencia sobre la filiación y la paternidad. Pero... saber quién y qué hace el Espíritu, se nos hace más difícil. Carecemos de términos analógicos. Es imposible imaginarlo.

Sabemos que el Espíritu Santo es y actúa por lo que nos dice la Sagrada Escritura. Si no fuera por la revelación, jamás el ser humano hubiera podido sospechar de su existencia. Tampoco sabríamos de la rea­lidad de las realidades, de la fuente de todos los misterios: la Santísima Trinidad, un solo y único Dios, en tres Personas iguales y distintas al mis­mo tiempo.

El Papa Juan Pablo II, con el fin de prepararnos al tercer milenio de la era cristiana, invita a todos los católicos a contemplar desde la fe al Espíritu Santo; a estudiarlo con más ahínco (misión de los teólogos); a dárnoslo a conocer (misión de los homiléticos y de los catequistas) y, so­bre todo, a dejarse llevar por su impulso.

Tan importante es la tercera Persona de la Santísima Trinidad que sin Ella no se hubiera realizado ni la creación ni la redención.

La misma Iglesia y la celebración de los sacramentos no serían posi­bles sin la luz y la fuerza del Espíritu. Sin El todo sería una simple fantasía

o una pieza de museo; pieza bella sí, pero pieza muerta. Con El, por el contrario, todo se hace realidad, todo recobra vida, todo tiene sentido.

El Espíritu de Dios, tan difícil de imaginar, la Biblia nos dice que es como una fuerza misteriosa, una luz incandescente, un impulso o viento que todo lo mueve y todo lo dirige.

Me atrevo, con temor, a describir al Espíritu a través de una torpe comparación.

Imaginémonos un mar inmenso, profundo y extenso, que tene­mos que cruzar en un velero, dirigiéndonos a puerto seguro. Sólo el vien­to que mueve nuestra embarcación es capaz de hacernos llegar a térmi­no.

El mar inmenso es la creación. El puerto a alcanzar, Dios Padre. El velero, como medio para cruzar el mar, Jesucristo-Iglesia. El viento, el Espíritu Santo. Sin el impulso del Espíritu, el velero no se movería. Con él, a su impulso, avanzamos cruzando el mar y nos acercamos al puerto seguro hasta alcanzarlo: Dios-Padre.

El viento, para sortear una roca, para alejarnos de una tormenta, para evitar un arrecife... a veces cambia de sentido; pero siempre, de una u otra manera, nos va impulsando hacia el puerto. Sin la luz y la fuerza del Espíritu, el velero (Jesús-Iglesia) no nos serviría; quedaríamos estacio­nados en el mismo sitio, cuando no nos alejaríamos, arrastrados por la fuerza contraria que es el espíritu del mal.

¡Con cuánta razón, pues, debemos pedir la luz y la fuerza del Espí­ritu!: Ven, Espíritu Divino, ven sobre tus creyentes, sobre tu Iglesia, so­bre el mundo entero para que, asidos de la mano de Jesús, nuestro her­mano mayor, podamos llegar al Padre.

Enero 1998. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais