«Cuaresma: el Espíritu de Dios nos conduce al desierto»

Publicado: 03/08/2012: 833

 Sucedió en un seminario menor, allá por los años cincuenta: eran aproximadamente las doce del mediodía. Antes de la última clase de la mañana, los seminaristas menores (entre 12 y 16 años) ocupaban su pu­pitre en el salón de estudios, preparando la lección. Había silencio; sólo se escuchaba, de vez en cuando, la carraspera de alguno de aquellos adoles­centes o el frotar de las hojas de un libro.

El orden y el silencio del salón de estudios estaban asegurados por un joven sacerdote, a quien los seminaristas llamaban superior. Este, sen­tado frente a una mesa situada sobre una tarima y de cara a los estudian­tes, leía algún libro. Como le correspondía, de vez en cuando, deslizaba su mirada medianamente exigente sobre aquellas tiernas cabezas, incli­nadas ante el libro de texto correspondiente. De repente, y evitando ha­cer el menor ruido posible, se levantó uno de aquellos adolescentes, y acercándose al superior, le dijo:

–¿Puedo ir a la capilla?

–Irás cuando termine el tiempo de estudio. Ahora, no.

En el rostro del seminarista se dibujó una expresión de tristeza y contrariedad.

El superior, al darse cuenta, le preguntó:

–¿Y por qué quieres ir a la capilla?

–Hace doce años que, un día como hoy, recibí el bautismo. Mis padres me tienen dicho que siempre que me sea posible, en la misma hora que me bautizaron, vaya a la iglesia o capilla más cercana para dar gracias a Dios.

–Ve a la capilla, ve –contestó el superior con emoción contenida.

¿Y a qué va la historia?, se preguntará el lector. Va simplemente a recordar a todos los cristianos que el bautismo es una de las gracias más grandes que hayamos podido recibir. Se le llama el segundo nacimiento. Es el sacramento de la fe. El sacramento del segundo nacimiento. Por el bautismo Dios nos ofrece el don de creer en El y vivir según El. Y esta gracia y compromiso es lo que debemos replantearnos durante la Cua­resma.

El hecho de que la mayoría de cristianos de comunidades “anti­guas” (como debe ser el caso de muchos lectores) hayamos recibido el bautismo a los pocos días o meses de nacer, hace que nos hayamos acos­tumbrado a él y no valoremos debidamente el sacramento del re-nacer. Los padres del seminarista mencionado procuraron que su hijo no olvi­dara esta gracia: debía recordarla y agradecerla todos los años.

Para los catecúmenos adultos, la Cuaresma es tiempo de intensa preparación para recibir el bautismo el Sábado Santo por la noche. Para los ya bautizados, el tiempo cuaresmal es una invitación a prepararnos para renovar las promesas bautismales en la solemne vigilia pascual. Y esto sólo es posible si nos dejamos “mover” por el Espíritu que, como Jesús, nos conduce al desierto, practicando el ayuno.

Según la Biblia, el desierto es el lugar del encuentro con Dios. En la soledad del desierto, nos encontramos con Dios, cara a cara, sin que nada ni nadie se interponga. El ajetreo de la “ciudad” (la preocupación de cada día) puede dispersar nuestro interior, nuestro yo. La soledad buscada y vivida libremente nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos, y, en nosotros, a Dios.

Durante la Cuaresma el cristiano, iluminado por la luz del Espíritu y ayudado por su fuerza, debe crear su propio desierto: momentos de soledad “acompañada”, retiros, ejercicios espirituales... Así escucharemos con mayor nitidez la Palabra de Dios que nos “reconstruye” según la imagen del hombre nuevo.

Cuaresma es también tiempo de ayuno; me refiero al ayuno cristia­no, hoy tan necesario como olvidado y poco valorado. Por el Espíritu “nos empobrecemos” en el cuerpo y nos fortalecemos interiormente para compartir lo que somos y tenemos con los que apenas pueden ser y poco

o nada tienen. El ayuno en el desierto nos ayuda a destruir los falsos ído­los que nos esclavizan, para que sólo veamos y adoremos al único Dios que nos libera.

Por el bautismo el Espíritu nos identifica con la muerte y resurrec­ción de Jesús. El agua bautismal en la que se sumerge el bautizado (¡es necesario recuperar el bautismo de inmersión!) significa la losa sepulcral, la muerte; y el emerger de la misma agua significa la vida nueva, la resu­rrección.

El ayuno en el desierto con el que Jesús prepara el anuncio de la Buena Noticia es una invitación a vivir la Cuaresma como tiempo de pre­paración a la renovación de nuestras promesas bautismales.

¿Seremos capaces de tomarnos en serio la Cuaresma? Pidamos al Espíritu que, como Jesús, nos conduzca al desierto.

Febrero 1998. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais