«El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza»

Publicado: 03/08/2012: 764

 ¡Qué difícil es vivir como bautizados, si es que nos hemos tomado en serio el bautismo recibido! ¡Qué duro es vivir en cristiano tanto en tierras de misión, como en tierras “misionadas”, caídas en el olvido de Dios!

Recuerdo que, siendo joven seminarista, en unos ejercicios espiri­tuales el director (“compañero de camino” se dice ahora), nos leyó y co­mentó varios versículos del Evangelio en los que Jesucristo nos invita a seguirle. La invitación es clara y exigente. El director comentó, entre otros y sin paliativos, estos versículos:

- “Quien no toma su cruz y sigue tras de mí, no es digno de mí” ( 10,38).

-“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9,23).

- “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial” ( 5,44-45).

-“Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre del cielo” ( 5, 48).

A medida que avanzaba la plática o la introducción a la oración personal de los seminaristas, expuesta por el director de la tanda de ejer­cicios espirituales, me iba entrando un escalofrío por todo el cuerpo. Tuve la tentación de “tirar la toalla”. Paseando solo y silencioso por los claus­tros del seminario, fui dando vueltas en mi corazón y en mi mente a aquellas exigencias del Evangelio. Me debatía entre la duda, el temor y un cierto sentimiento de cobardía. Lo estaba pasando francamente mal. Pero...

Es posible que no hubiera continuado mis estudios de preparación al sacerdocio, si en la siguiente plática o introducción a la oración perso­nal que se nos ofrecía, el director no hubiera tenido el acierto, (posible­mente intencionado) de comentarnos el versículo 26 del capítulo VIII de la Carta a los Romanos: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza”. Y mi interior se iluminó.

Aquellos sentimientos de temor o cobardía que sentí en mis años jóvenes de seminario, posiblemente los haya sentido también el lector después de la proclamación del Evangelio en alguna celebración litúrgica, leyendo algún capítulo de la Biblia o reflexionando sobre temas cristianos expuestos en algún libro. Me atrevo a decir que estos sentimientos son positivos; positivos porque expresan en cierto modo la seriedad con la que escuchamos o leemos las referencias de Dios. No lo serían, sin em­bargo, si nos detuviéramos en la perplejidad. Es necesario seguir escu­chando, seguir leyendo, seguir reflexionando, seguir orando... Porque, cuando somos sinceros con nosotros mismos, después del temor viene la confianza.

Si nos hemos tomado en serio el tiempo cuaresmal, es posible que vivamos interiormente este pequeño drama personal. El cristiano, como todo ser humano, se debate entre la dura realidad del pecado y la santi­dad o la perfección moral a la que es llamado. Porque ser coherentes con las exigencias del bautismo (tema central de la liturgia del tiempo cuaresmal) es tan difícil como imposible, si nos apoyamos en nuestras propias fuerzas. Es necesario la fuerza de Dios. Y la fuerza de Dios es el Espíritu. Sólo El es capaz de ayudarnos a comprender las maravillas de nuestra fe cristiana y de capacitarnos para vivirla.

Tanto en la Biblia, como en los Santos Padres de la Iglesia, así como en las biografías y escritos de los santos, de la misma manera que en las reflexiones de los místicos y en los mismos textos litúrgicos, son constan­tes las referencias al Espíritu Santo como luz y como fuerza. Sin El no podemos nada. Con El, y a pesar de nuestra “flaqueza”, todo es posible; porque posible es nuestra amistad real, profunda y total con Dios; y esta amistad es un don, un regalo que se nos da por y en el Espíritu.

Pienso que en este tiempo cuaresmal, tiempo de redoblar nuestro empeño en renunciar al mal y adherirnos al bien por la fe, sería oportuno que repitiéramos muchas veces la estrofa del himno que la Iglesia, por boca de sus fieles, canta pidiendo y pide cantando al Espíritu en la ora­ción de la tarde:

“Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero”.

Marzo 1998. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais