«La joya del patriarca»

Publicado: 03/08/2012: 842

 El cristiano debe recordar que todo es regalo, todo es don de Dios, a través del Espíritu. Pero, de vez en cuando, este regalo, este don, se hace más significativo. Tal es el caso de Virginia, la viuda, que, en unos ejerci­cios espirituales, al escuchar el canto “Tú has venido a la orilla”, sintió una fuerza interior y repentina tan grande que, desde entonces, su vida dio un giro de noventa grados; de la frivolidad pasó a la profundidad; del egoísmo, al altruismo; de la mediocridad cristiana, al fervor apostólico. Virginia hoy es feliz trabajando por los más marginados.

Otras veces, el regalo del Espíritu es a la comunidad eclesial. Es el caso de los santos: cristianos que viven o han vivido heroicamente su fe. Ellos son un regalo extraordinario del Espíritu a la Iglesia.

También la sociedad, tanto en el orden político, como en el científi­co, recibe de vez en cuando regalos singulares del Espíritu: De Gasperi, Schuman (estadistas), y Fleming (descubridor de la penicilina).

Concretándonos a la comunidad eclesial, hay actualmente dos cris­tianos, investigadores y divulgadores de temas bíblicos, que, en mi opi­nión, son un regalo del Espíritu: el cardenal de Milán, Mons. Martini, y el profesor del Instituto Bíblico de Roma, ahora ya jubilado, Luis Alonso Schökel. Los dos son jesuitas. En sus obras muchos cristianos encuen­tran razones para seguir creyendo, y otros, un genuino apoyo a su fe.

En el último librito (119 páginas) del biblista Luis Alonso Schökel, titulado “Al aire del Espíritu”, acabo de encontrar una cita del Patriarca de Antioquía, Ignacio IV Hazim. ¡Es una auténtica joya! Dice así: “El Espí­ritu Santo es, personalmente, la novedad de acción en el mundo; es la presencia de “Dios-con-nosotros” junto a nuestro espíritu (Rm 8, 16). Sin El, Dios queda lejos, Cristo permanece en el pasado, el evangelio es letra muerta, la Iglesia es pura organización, la autoridad es tiranía, la misión es propaganda, la liturgia es simple recuerdo, y la vida cristiana es una moral de esclavos”.

Permitidme parafrasear la “joya” del Patriarca.

El Espíritu Santo es la novedad de acción en el mundo:

Gracias al Espíritu, la creación, y con ella nosotros, recibe un cam­bio cualitativo infinito e irreversible. La “antigua” creación se convierte en “eterna” novedad.

El Espíritu Santo es la presencia de “Dios-con-nosotros”, junto a nuestro espíritu:

El Espíritu hace “exclamar” al creyente: ¡Abba! (¡Padre!). Dios es un Padre que ama. El punto de partida de la fe cristiana está en tomar conciencia de que somos amados por Dios, antes que amarle.

Sin el Espíritu, Dios queda lejos:

Para el simple filósofo o científico, el Dios “descubierto” queda a una distancia infinita. Sólo el Espíritu es capaz de acercarnos a Dios de tal manera que se “mete” en nosotros, haciéndolo más íntimo que nuestro propio “yo”.

Sin el Espíritu, Cristo permanece en el pasado:

El Espíritu que ha resucitado a Jesucristo nos introduce en la gran realidad del Señor “viviente”. Para el que cree y, gracias al Espíritu, Cristo no es un personaje del pasado: es una realidad personal más actual que la actualidad que nos envuelve.

Sin el Espíritu Santo el evangelio es letra muerta:

Gracias al Espíritu la Buena-Nueva es tan vibrante hoy como para los que la escucharon hace dos mil años.

Sin el Espíritu Santo la Iglesia es pura organización:

Con el Espíritu la Iglesia es un Cuerpo vivo “in crescendo” que comunica vida.

Sin el Espíritu Santo la autoridad es tiranía:

Con el Espíritu la autoridad es servicio respetuoso y eficaz.

Sin el Espíritu la misión es propaganda:

Con el Espíritu Santo la misión es ofrecimiento humilde y alegre de la salvación de Jesús para quien libremente quiere aceptarla.

Sin el Espíritu Santo la liturgia es simple recuerdo:

Con el Espíritu la liturgia es celebración gozosa del hecho salvífico que continúa realizándose.

Sin el Espíritu Santo la vida es una moral de esclavos:

Con el Espíritu la moral cristiana es camino de libertad.

Y añado: con y por el Espíritu lo absurdo pierde sentido, las dificul­tades se convierten en esperanza y la muerte es vencida por la vida.

Junio 1998. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais