«El trilobites y el Espíritu Santo»

Publicado: 03/08/2012: 761

El trilobites es un fósil del período ordovícico medio. No es que yo sea paleontólogo; simplemente lo he consultado en el diccionario. Los entendidos en paleontología dicen que este fósil tiene aproximadamente unos trescientos o cuatrocientos millones de años.

Como ya dije en el libro “Siete palabras de Ramón Buxarrais” (Ed. PPC), tengo una admiración (casi me atrevo a decir devoción) por los fósiles. Unos amigos, conociendo mi interés, me regalaron hace unos años un trilobites precioso, procedente del Atlas marroquí. Lo tengo en un lugar preferente de la estantería, frente a la mesa sobre la que escribo este artículo.

En cierta ocasión expresé a un íntimo amigo que me visitaba en mi pequeña biblioteca, mis sentimientos de admiración para con mi fósil. “Me lo miro muchas veces. Lo considero un hermano. Me ayuda a dar gracias a Dios por el hecho de existir. Pienso que el trilobites es un esla­bón de la cadena de los seres que vivimos”. La sincera amistad que me une con mi amigo le permitió hacerme este reproche: “¿Estás loco? ¡Qué tonterías estás diciendo!”

Confieso que no he hecho caso del reproche de mi amigo. Conti­núo mirando, mejor dicho contemplando el trilobites como si se tratara de una imagen o huella del poder, de la sabiduría y del amor de Dios. Y no creo que por esto esté loco. Si no, ¿por qué Jesús cuando quiso asegu­rarnos que Dios cuidaba de nosotros, lo hizo comparándonos con las flores y los pájaros? ( 6, 25-34). Por otra parte, el mismo San Francisco de Asís llamaba hermanos al sol, al lobo, al agua... ¿Qué me impide, pues, a mí el considerar el trilobites como hermano?

A veces me pregunto quién me habrá metido dentro este profundo convencimiento y este sentimiento tan gozoso. Y me respondo, con te­mor y respeto, que el mismo Espíritu Santo.

Pero, hay más. El Espíritu no sólo nos ayuda a sentirnos hermanos de todo lo creado, sino también a sentirnos hijos de Dios. Porque no basta con serlo realmente; es preciso vivir y sentir esta nuestra filiación divina, como repite San Juan en su primera carta. Y es a partir de la vi­vencia y sentimiento de hijos de Dios, como somos capaces de sentirnos hermanos de toda criatura. Todos estamos en el mismo nivel de la exis­tencia dada por Dios, aunque seamos diferentes.

El sentimiento de filiación divina que el Espíritu Santo nos infunde por la fe es a manera semejante, aunque infinitamente distante, del senti­miento que el Espíritu infundió en Jesús.

Jesús, el nuevo Adán, el Hombre perfecto, vivió lúcida e intensa­mente su filiación, tal y como aparece de una manera reiterada en el evan­gelio de San Juan: “Yo estoy con el Padre, y el Padre en mí” (Jn 14, 10). “La palabra que me habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió” (Jn 14, 24). Esta conciencia de Jesús de su dependencia con el Padre le viene dada por el Espíritu Santo. Esto queda manifestado en San Lucas: “En aquella ocasión, con el júbilo del Espíritu Santo, Jesús dijo...” (Lc 10, 21). El Espíritu ilumina la conciencia de Jesús, y el sentimiento de filia­ción lo llena de júbilo incontenible, comunicativo. Deberíamos dejarnos contagiar de ese júbilo que brota de la hondura del creyente.

Es también el Espíritu Santo “quien atestigua a nuestro espíritu que somos hijos de Dios...” (Rm 8, 15-16). Y es por el mismo Espíritu por el que el creyente en Jesús puede clamar (manifestar con gozo y profun­da convicción): ¡Abba, Padre!

El testimonio interior del Espíritu es convincente porque penetra en lo hondo y refrenda la validez de otros testimonios externos. Somos hijos de Dios por la acción fecunda del Espíritu, y somos conscientes de ello por el testimonio del mismo Espíritu (P. Schökel).

Resumiendo:

- El Espíritu nos hace sentir hermanos de toda criatura. Este sen­timiento nos compromete a respetar todo lo creado.

-El Espíritu Santo nos asegura (sólo por la fuerza argumental de la fe) que somos hijos de Dios. Esto, por su parte, nos compro­mete a vivir según la dignidad de hijos de Dios y a hacer todos los posibles para que otros compartan este mismo compromiso. Estamos obligados a evitar todo aquello que en nosotros o en los demás rompa el cordón umbilical que nos une con Dios, Padre-Madre.

-Conviene detenernos en la vida (buscar tiempo y lugar y tener la voluntad de contemplación), para que la admiración ante las maravillas de Dios en la creación, nos inunde, y para que la es­peranza ante el dolor y la muerte, nos sostenga.

Julio-Agosto 1998. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais