«El drama de los inmigrantes africanos»

Publicado: 03/08/2012: 823

En Melilla se vive el drama de los inmigrantes magrebíes y subsaharianos a distintos niveles de sensibilidad: unos sienten el proble­ma en propia carne, como si de un problema propio se tratara; otros lo ven “desde la barrera”; los hay también que ni se enteran porque no quieren enterarse.

Los inmigrantes, atraídos por el nivel de bienestar conseguido en Europa occidental y acuciados por el subdesarrollo de sus países, se lan­zan a la desesperada hacia el Viejo Continente. Y, en el intento, algunos logran su objetivo, otros enferman y muchos mueren. Resultado: perso­nas de rostro aceitunado o negro trabajan y viven (más bien, malviven) entre los europeos; inmigrantes africanos enfermos son recibidos y aten­didos en Centros de Acogida de España, Italia y Francia; otros centenares yacen en las profundidades del Mediterráneo, después de haber intenta­do cruzarlo en pateras que se convierten en sus propios ataúdes.

La policía, en su misión de controlar a los inmigrantes, según las leyes de cada país, les exigen sus pasaportes al día y los correspondientes visados. Y aquí entra en juego el negocio de ciertas mafias que, por una cantidad ponderable de dinero, facilita a los engañados inmigrantes pa­saportes y visados falsos. Cuando la policía detecta la falsedad, viene la gran decepción: se les niega la entrada a la Península o se les devuelve a su país de origen. La policía conoce por el sello si el pasaporte o un visado es auténtico o falso. Para detectarlo tiene medios tan sofisticados como seguros.

Nuestra sociedad, nosotros (tú, querido lector, y más aún yo por lo que soy y por donde vivo) somos, en parte, responsables de tanto sufri­miento y tantas muertes. El problema de los inmigrantes es una deuda histórica que contraemos. De una u otra manera, deberemos cancelarla.

El hecho de las migraciones (emigración e inmigración) es parte integrante de la historia humana. Siempre las ha habido, y seguirá habiéndolas. Las migraciones son el oxígeno necesario para la renovación de la raza humana.

El drama de los inmigrantes (a quienes, desde ahora, pido perdón por servirme de su caso) me ofrece la oportunidad para referirme al Espí­ritu Santo como Sello de Autenticidad.

No quisiera que mi referencia al Espíritu fuera como la del chiste de aquel predicador que en la fiesta de San José dijo: “Como San José era carpintero y los confesonarios son de madera, os hablaré de la confe­sión”. Perdón, querido lector. Transcribo el fragmento de la carta a los Efesios, cap. 1, 13-14:

“Por él (Cristo) también vosotros al escuchar el mensaje de la ver­dad,... creisteis en él y fuisteis sellados con el Espíritu Santo prome­tido, el cual es prenda de nuestra herencia, del rescate de su pose­sión...”

El “pasaporte” (la fe) lo recibimos de Jesucristo, el día de nuestro bautismo. “Todo el que ve al Hijo y cree en El, tiene vida eterna” (Jn 6, 40). El sello o marca indeleble es el Espíritu Santo. “No aflijáis al Espíritu que os selló para el día del rescate” (Ef 4, 30).

Quien comprueba la autenticidad es el Padre. “...Y tu Padre, que ve en lo secreto (que revisa el “pasaporte”, la fe), te recompensará” ( 6, 4).

El amor es la manifestación del Espíritu en nosotros. Si amamos como Cristo amó al Padre (Jn 14, 31) y nos amó (1 Co 13, 4-13), entonces podremos estar seguros que no hemos rechazado (falsificado el pasapor­te) al Espíritu con el que fuimos sellados. Somos peregrinos (emigrantes e inmigrantes) por los senderos de nuestra propia historia, caminando hacia Dios. Conviene tener el pasaporte en regla para que podamos en­trar en la patria definitiva. Y para ello es imprescindible amar.

Septiembre 1998. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais