«La Resurrección del Hijo es el aplauso del Padre»

Publicado: 03/08/2012: 671

Carlos, a pesar de ser todavía muy joven, es un extraordinario pia­nista. Un día, a la pregunta de un periodista sobre cómo había llegado a interpretar de manera tan perfecta a los clásicos, Carlos respondió sim­plemente: “Todo se lo debo a mi madre. Gracias a su apoyo moral no dejé la carrera de piano a los pocos meses de comenzarla”.

Auxi (María Auxiliadora) es una brillante profesora de matemáti­cas de la Universidad. Sus padres la animaron siempre a superar los sa­crificios y renuncias que suponía pasarse algunas tardes de sábados y domingos estudiando, en lugar de salir a divertirse con sus amigos.

Pedro tiene una pequeña y consolidada empresa de construcción. Al empezar, encontró muchas dificultades. Su madre, viuda, le ofreció en más de una ocasión sus ahorros para pagar las mensualidades de sus trabajadores. “Sin ella –dice– mi pequeña empresa hubiera sido imposi­ble”.

San Juan Bosco tal vez no hubiera llegado a la santidad, ni hubiera podido ofrecer a los jóvenes de familias humildes los medios para ser trabajadores especializados y buenos cristianos, sin el apoyo de su madre Margarita.

La oración y las lágrimas de Santa Mónica, madre de San Agustín, dieron a la Iglesia, en este Santo norteafricano, una de sus lumbreras más refulgentes.

Detrás o junto a un triunfador, en la mayoría de los casos, siempre hay un padre, una madre, una esposa, un amigo... que lo apoya.

Lo mismo y plenamente podemos afirmar del Padre con relación a su Hijo, en la misión que le encomendó: la redención.

-Después que Juan hubo bautizado a Jesús, se escuchó la voz del Padre que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complaz­co” ( 3, 17). La voz del Padre era el espaldarazo inicial a la misión del Hijo.

  • Cuando se acercaba la “hora” de Jesús (muerte-resurrección) en el monte Tabor se escuchó la voz del Padre en semejantes térmi­nos a los del río Jordán. Y añadía: “¡Escuchadle!” ( 17,5). El Padre estaba junto al Hijo, apoyándole con más amor y mayor fuerza si cabía.
  • En la cruz, las últimas palabras de Jesús son: “Padre, en tus ma­nos pongo mi espíritu” (Lc 23, 46). Ante lo que parece la decep­ción total, el Hijo continúa confiando en el Padre. Sabe que está con El.
  • La Resurrección de Jesús es la ratificación de su obra por parte del Padre. El aplauso del Padre suena infinito en la resurrección del Hijo, sellando con su aprobación divina la vida y muerte de Jesús.

 

Estoy profundamente convencido, con la convicción que da la fe en Dios, que El, como Padre providente, está con una presencia singular (a veces no percibida, ni mucho menos vista por los demás), apoyando y animando a los misioneros, religiosos y seglares que han sido llamados a anunciar el Evangelio en las duras y arriesgadas líneas de vanguardia. A misión más difícil del Hijo, más apoyo recibido del Padre.

El apoyo recibido de Dios nos compromete a reflejar su bondad sobre los demás:

“Padre, al agradecerte y admirarte en la Resurrección de Jesús, te

pedimos que a semejanza tuya, nosotros seamos también para con

los demás apoyo en el bien y ánimo en las dificultades”.

Marzo 1999. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais