«La ternura de Dios: más madre que padre»

Publicado: 03/08/2012: 1386

 Llevo más de siete años compartiendo mi vida con ancianos, niños y presos. En la que yo presiento que es la última etapa de mi vida, Dios me ha hecho este regalo: estar con los más débiles.

Los ancianos me ofrecen las experiencias acumuladas durante su larga vida, gozosa o sufrida; los niños, sus ilusiones infantiles tan simples y, a veces, tan quiméricas; los presos, sus ansias de libertad moral, tan difícil de conseguir, y sus ansias de libertad social, tan lenta por los años de condena. Todos ellos, ancianos, niños y presos son mis maestros.

Entre todas las lecciones que aprendo de sus vidas, una de las que más admiro es la de la ternura.

Me impresiona el anciano impaciente y nervioso ante una simple operación de amígdalas a la que su nieto, de siete años, será sometido.

Me conmueve la mamá que abre sus brazos para recibir al hijo internado en el centro asistencial, que, cruzando el patio, corre hacia ella y luego, una y otra vez, lo aprieta contra su pecho, mientras lo besa y acaricia.

Me sobrecoge el preso que me dice: “Lo tengo bien merecido. A pesar de todo, mi padre me perdona. Jamás me echa en cara el haberle destruido la pequeña empresa que con tanto sacrificio había levantado. ¡Cómo le hice sufrir! Y ahora, para vengarse con amor, todos los sábados viene a verme e ingresa 3.000 pesetas en mi cuenta carcelaria, para mis pequeños caprichos: café, refrescos, tabaco...”

La ternura es el meollo del amor. Es su cara cariñosa. Es su expre­sión entrañable y cercana. Dios, Padre-Madre, tiene en grado infinito la ternura del abuelo para con su nieto enfermo; la ternura de la madre para con su hijo internado; y la ternura del padre para con su vástago apresa­do.

Dios está impaciente (estado ansioso que nace del amor) por mí: “Israel, ¡cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas y no habéis querido!” (Lc 13,34).

Tú eres el Israel obstinado y rebelde. La insistencia divina en querer cobijarte bajo su protección es más grande y fuerte que tus “reiteradas huidas” (infidelidades). Dios, en este caso más Madre que Padre, te ma­nifiesta en Jesucristo su infinita ternura.

El, impaciente, te espera. Jamás se cansa de ti. Como la mejor de las madres, Dios repetirá para contigo, una y mil veces, gestos de ternura para que te abras a su amor.

Dios, Padre-Madre, se conmueve ante tu debilidad, tu pequeñez:

Cuando Israel era niño, yo le amé...

Le enseñé a andar y lo llevé en mis brazos.

Pero no ha comprendido que era yo quien lo cuidaba.

Con cuerdas de ternura, con lazos de amor, lo atraía; fue para él

como quien alza a un niño hasta las mejillas y se inclina hasta él

para darle de comer...

El corazón me da un vuelco, todas mis entrañas se estremecen (Os 11,

1-8).

¿Cabe una descripción más conmovedora de la ternura de Dios?

Si echas una mirada al pasado de tu vida, te rendirás ante los gestos de ternura que Dios ha tenido para contigo. Recuerda, si no, tus padres, tus hermanos, tus maestros y profesores, tus párrocos, tus buenos ami­gos, tu “primer amor”... La ternura divina toma rostro en cada uno de ellos. Reconócelo.

Y ante tus cansancios injustificados, la fortuna de “ser persona” despilfarrada, tus revolcones en el fango del vicio... el Padre te espera en casa.

Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias para sus pies. Traed el mejor novillo cebado, matadlo y comamos. Celebremos una fiesta: porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida. Estaba perdido y ha sido hallado (Lc 15, 22­24).

La ternura de Dios se nos ha manifestado en las acciones y en las palabras de Cristo.

Señor, hazme sensible a tu ternura.

Mayo 1999. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais