«El rostro de Dios Padre es Jesucristo»

Publicado: 03/08/2012: 1860

 Llevaba yo muchos años fuera de mi pueblo. Cuando, de vez en cuando, lo visitaba por razones familiares, me daba cuenta que me iba olvidando los nombres y hasta las fisonomías de personas conocidas des­de mi infancia; más aún: me sentía como forastero, ignorado por los que habían nacido y crecido durante mis largas ausencias. Era natural; pero me dolía.

En una de mis visitas, me acerqué, como era mi costumbre, a la parroquia para saludar al señor cura. Mientras visitaba con él las nuevas dependencias parroquiales, cuando íbamos a entrar en un amplio salón, nos encontramos con una feligresa que daba catequesis a un grupo de niños. Para no interrumpir, nos paramos en el lindel de la puerta del salón, pasando desapercibidos. Los catequizados escuchaban y pregun­taban; también se movían con su propia inquietud infantil. Había una relajante espontaneidad.

De repente, me fijé en un niño cuya fisonomía, voz y gestos me recordaban a un amigo de infancia, concretamente a Mariano. “Oye, le dije al señor cura, aquel niño es hijo de Mariano”. “¿Y cómo lo sabes?” “Es el retrato de su padre”, contesté. “Así es –me dijo–. Además de ser su retrato físico, es también su retrato espiritual: listo, noble, espontáneo... Es su doble en todos los sentidos”. Por el padre reconocí al hijo.

En Dios Padre pasa lo contrario: sólo le conocemos por el Hijo. Por­que “a Dios nadie lo ha visto nunca” (1 Jn 4, 12); sólo podemos conocerle por Jesús: “El que me ve a mí, está viendo a Aquel que me envió”, les dijo a los judíos; “gritó” según el texto original, es decir, de manera muy clara (Jn 12,45). Por tanto, ver, conocer por la fe a Jesucristo, es ver, conocer por la fe al mismo Dios. “El Padre y yo somos una misma cosa” (Jn 10,30). Dios invisible se ha hecho visible por el Hijo.

Jesucristo aparece en los Evangelios como amor, comprensión, mi­sericordia... Basta ver su actitud para con los pecadores, los que sufren, los pobres, los marginados por cualquier razón. Cada página del Evange­lio es un canto a la bondad divina. Así es, pues, Dios Padre: amor, com­prensión, misericordia. También, justo y todopoderoso.

Cuando Jesucristo quería revelarnos alguno de los misterios de Dios, con el fin de hacerse comprensible, lo hacía a través de parábolas: ponía un ropaje humano al misterio divino.

Entre todas las parábolas sobresale, sin duda, la del “Padre miseri­cordioso” o del “Hijo Pródigo” (Lc 15, 11-32). La comprensión, mejor la contemplación de esta parábola nos aproxima a la realidad de Dios Pa­dre:

El padre respeta la libertad del hijo menor, a pesar del mal uso que hará de ella.

Dios nunca forzará la libertad del ser humano; hacerlo sería rom­per la imagen que El mismo creó. Y Dios no puede contradecirse.

El padre espera el retorno del hijo.

Cada día, cada instante, Dios atisba desde la azotea del tiempo el horizonte de la vida, esperando la vuelta del hijo que quiso hacer la expe­riencia de ser libre sin el amor del Padre.

El padre acoge al hijo arrepentido, sin echarle en cara su pasado.

El amor de Dios entierra el mal para siempre, como si jamás hubie­ra existido; y resucita el bien, como si nunca la fidelidad hubiera sido lesionada.

Para el hijo mayor, también pródigo por malgastar de otra manera las ventajas del amor, del que siempre había gozado, el padre se muestra comprensivo: “Tú siempre has estado conmigo”, le dice para que entre a celebrar el retorno de su hermano, venciendo su egoísmo y sus celos. El padre quiere que su hijo mayor se le parezca por el amor.

A Dios también le duelen los que se creen buenos y exigen la paga a su bondad.

Paradójicamente, al final de la parábola, el hijo pecador llega a ser ejemplo digno de imitar, mientras que el hijo “fiel” pasa a ser ejemplo de lo que hay que evitar.

La parábola del “Padre misericordioso” o del “Hijo Pródigo” sinte­tiza la manera de ser de Jesús; por tanto, también la “manera de ser” del Padre, de acuerdo con la contestación que Jesús dio a Felipe que le pedía que le mostrara al Padre: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”.

Dios Padre siempre nos espera; nos espera para que seamos libres de verdad. Sólo exige un precio: volver a El por los caminos de la sinceri­dad, para celebrar lavida.

Junio 1999. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais