«Santa Teresa de Lisieux: el poder del amor de Dios Padre»

Publicado: 06/08/2012: 1089

El primero de este mes de octubre la Iglesia recuerda a Santa Teresa del Niño Jesús, la de Lisieux. Opino que, a través de sus escritos y su vida, podemos llegar a vislumbrar un poco más, entre sus luces, el misterio de Dios Padre.

Parto de la Introducción (n. 5) de la gran obra del teólogo Olegario González de Cardedal, “La entraña del cristianismo” (Ed. Secretariado Trinitario, Salamanca). Confieso, agradecido, que las ideas y más de una frase de este artículo las he pedido prestadas al ínclito teólogo de Avila quien, a mi parecer, merece ser contado entre los teólogos clásicos espa­ñoles.

“El poder y la misericordia de Dios son los dos polos que mantie­nen viva y auténtica la relación religiosa con Dios”. La historia de la Igle­sia, como antes la historia del pueblo de Israel, se entreteje entre el poder y la misericordia de Dios. Lo justo sería encontrar, mejor vivir, el equili­brio entre las dos “acciones” divinas. Porque, en realidad, el poder de Dios se manifiesta perdonando, y su misericordia ejerciendo el poder del amor.

La historia espiritual de Occidente ha sido una historia de desequilibrios y equilibrios re-encontrados. Fácil o duramente, entre dos y tres siglos, pasamos de un lado al otro, dando bandazos: en el siglo XVII comienza a prevalecer el omnipotens Deus (Dios omnipotente), hasta el punto de que los humanos se han sentido oprimidos por la pesadumbre de Dios, óptimo y máximo, señor y juez. Después, a comienzos del siglo XX, y siempre gracias al Espíritu, pasamos al misericors Deus (Dios mise­ricordioso).

En el primer “plato de la balanza” histórica, el del omnipotens Deus, podríamos encuadrar a Jansenio (1585-1638). Su doctrina llegó a atemo­rizar a la gente sencilla, creando una espiritualidad de temor. Fue un pro­ceso histórico que duró aproximadamente tres siglos.

A mí me tocó vivir los últimos coletazos del jansenismo: recuerdo que mi madre me contaba que en su juventud los cristianos sólo comul­gaban dos o tres veces al año. La comunión estaba reservada a los “san­tos”. Por otra parte, siendo yo niño, me afectaron negativamente los te­rroríficos novenarios que anualmente se celebraban en mi parroquia. Hasta en el seminario menor (tenía yo, entonces, 13 años) se “sufrían”, quizás sin saberlo, ciertas reminiscencias de jansenismo (1940...).

Pero el Espíritu de Dios no deja a su Iglesia, “forzándola” de vez en cuando para que vuelva a las raíces del Evangelio; como tampoco deja el mundo, a través de la Iglesia o bien a pesar de ella, para que reencuentre su imagen de colectivo libre y esperanzado, a través de cuestas y pen­dientes.

Ya en pleno apogeo del jansenismo, aparece (1650) san Vicente de Paúl, el hombre de la misericordia para con los pobres, quien influye para que 88 obispos franceses logren que el Papa Inocencio X condene cinco proposiciones jansenistas.

De todas maneras, y siempre según mis escasos conocimientos, quien asestó el golpe mortal al jansenismo, sin saberlo, fue la monja car­melita de Lisieux, Santa Teresa del Niño Jesús.

A pesar del mal que se hizo a la santa francesa, presentándola tanto en escritos, como en imágenes, pinturas y estampas, como una monjita sensiblera e ingenua, Santa Teresa de Lisieux, llevada por necesidad per­sonal y por su instinto religioso, llegó a lo esencial de la Biblia: Dios mani­fiesta su poder en el ejercicio de su amor misericordioso.

En los escritos de la santa de Lisieux se invierten los centros de referencia de la vida espiritual: no la exigencia que Dios nos presenta, sino la gracia que se nos da; no nuestra justicia, sino su misericordia; no nuestra perfección, sino su santificación.

Vale la pena transcribir aquí una de las frases que se encuentran en los manuscritos biográficos de la Santa (nn. 318-320): “En la tarde de la vida, apareceré en tu presencia con las manos vacías, porque no os pido, Señor, que contéis mis obras. Todas nuestras justicias son manchas ante vuestros ojos. Yo quiero revestirme de vuestra propia justicia, y recibir de vuestro amor la posesión eterna de vos mismo”.

Con la santa de Lisieux “re-centramos” la espiritualidad cristiana: nuestro Dios es un Padre de Amor (poder-fuerza) misericordioso.

Sin embargo, a veces me asalta la duda si no estaremos abusando de la misericordia de Dios, olvidando sus exigencias amorosas. Lo dejo para el próximo artículo. Por el momento, podríamos repetir una y otra vez: Señor, gracias por amarme con toda tu fuerza.

Octubre 1999. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais