«No abusemos de Dios»

Publicado: 06/08/2012: 898

Carlos, un adinerado constructor, al fallecer su madre se vio en la necesidad de internar a su padre en la residencia más lujosa de la capital. No le faltaba ninguna comodidad. Tenía, al instante, todas las atenciones médicas que necesitaba. También se hacía cargo de todos los gastos que suponían los estudios superiores de su tres hermanos menores, además de haber montado un negocio del que podía vivir holgadamente su her­mana minusválida.

Carlos, con aires de suficiencia, le decía a su padre: “Papá, no pue­des quejarte: ni a ti, ni a tus hijos os falta nada”. Y es que Dn. Jesús, que éste era el nombre del padre, lamentaba que su hijo Carlos sólo iba a visitarle una vez al mes. Sus visitas eran “visitas relámpago” porque el trabajo le exigía todo el tiempo. “Lo tengo todo, le dijo su padre en cierta ocasión, pero me faltas tú”.

La parábola nos lleva a replantear nuestra actitud filial con Dios Padre. Parece que a los cristianos que vamos a entrar en el tercer milenio, nos pasa algo parecido a lo que le sucede a Carlos, el hijo de Dn. Jesús.

Nos hemos liberado de temores estériles y miedos inútiles porque hemos recuperado la vivencia de la misericordia y de la bondad de Dios Padre. También hemos redescubierto el valor de la presencia divina en las criaturas, sobre todo en las personas que sufren. Esto ha sido un avan­ce en la vida cristiana. Como a Carlos, el adinerado constructor de la parábola, nos volcamos al servicio de los hermanos; pero nos hemos olvi­dado del Padre, a quien tenemos en un frío o indiferente “buen recau­do”.

La vivencia de la misericordia y de la bondad de Dios no puede hacernos olvidar las exigencias, ni los riesgos que conlleva nuestra natu­raleza “caída” o propensa al pecado.

Tengo la impresión, hablando en términos generales, que algunos cristianos hemos olvidado nuestra relación personal y afectiva para con Dios Padre. Dicho con otras palabras: nos hemos entregado de tal mane­ra al trabajo de la viña, que hemos olvidado al que nos invitó a trabajar en ella y al que, en el atardecer de nuestra vida, deberemos entregar la cose­cha. Este olvido nos puede traer el cansancio y la desgana en el trabajo.

Nuestra relación filial con Dios Padre exige un conocimiento cre­ciente del mismo Dios (catequesis permanente), un comunicarnos con El (oración litúrgica y personal), y un descubrirle en las personas, en los acontecimientos y en las cosas (contemplación). Cuando un cristiano deja de ir a misa, de rezar cada día, de leer a maestros espirituales... la realidad de Dios Padre se va desdibujando poco a poco, hasta confundirse con “otros dioses” y perderse definitivamente del horizonte de nuestra vida. Y cuando se pierde la referencia personal y afectiva con Dios, a la larga se pierde también la referencia del servicio desinteresado a los demás.

Aunque pueda parecer arcaico, me atrevo a decir que si los cristia­nos queremos evangelizar (que es tanto o más que decir “humanizar”) la etapa histórica que nos toca vivir, debemos recuperar la piedad en el sen­tido genuino de la palabra: amar entrañablemente a Dios. Y este amor divino, como el mismo amor humano, exige tiempo concreto y lugares determinados.

Sería también un craso error tomarse la misericordia y bondad de Dios como pretexto para llevar una vida relajada, pensando que todo está permitido o todo es cómodamente perdonado. Una vida sin normas, sin referencias a la Ley de Dios, tan en boga en nuestros días, es una vida que destroza a la propia persona y daña a los demás.

Las palabras de Jesús “quien quiera ser perfecto, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz todos los días y que me siga” ( 16, 24) exigen un constante esfuerzo para “cultivar” el bien y “enterrar” el mal que pudiera haber en cada uno de nosotros. Hemos sido llamados a vivir como personas renacidas, como personas “nuevas”, según el modelo que el Padre nos ha dado en Cristo.

“Dios, Padre nuestro, porque me amas con amor misericordioso, quiero corresponder teniéndote presente con afecto en mi interior y es­forzándome en no “entristecerte” con mi autodestrucción, con mi peca­do”.

Noviembre 1999.

Autor: Mons. Ramón Buxarrais