«Hamed y la Eucaristía»

Publicado: 06/08/2012: 474

Me lo contó un misionero que hace unos años, fue enviado a la zona subsahariana del continente africano. Un día Hamed se presentó en la capilla de la misión “Padre –dijo sin preámbulos al P. Durán–, quiero ser cristiano”. El misionero, sabiendo que algunos musulmanes quieren ser cristianos porque piensan que, bautizándose, conseguirán el visado para ir a trabajar a Europa, le dijo: “Hamed, lo que tienes que ser es un buen musulmán. Y basta”. Hamed se fue triste.

A la semana siguiente, el mismo día y a la misma hora, Hamed volvió a la misión. “Padre, quiero ser cristiano”. “No insistas. Si quieres ir a trabajar a Europa, le dijo el P. Durán, tienes que ir a solicitar el visado a cualquier consulado europeo. A lo mejor te lo dan”. “No, padre. Yo no quiero ir a trabajar a Europa. Soy albañil. Me saco un sueldo suficiente para mantener a mi esposa y a mis nueve hijos. Simplemente, quiero ser crstiano”. “¿Por qué quieres ser cristiano?” “Porque leí en una revista que me trajo un pariente que vivía en Francia que sólo Cristo puede salvar­nos. Por eso”.

Ante la insistencia de Hamed, y convencido que con las pruebas de un exigente catecumenado, el musulmán desistiría el P. Durán le entregó unos Evangelios. “Léete cada día un capítulo y anota en una libreta lo que te parezca más importante. Vienes a verme todas las semanas y hablare­mos”.

Y Hamed, recorriendo los sesenta kilómetros que separaban a su pueblo de la misión, se encontraba con el P. Durán para comentar los capítulos que, día a día, había leído, anotando lo que le parecía más im­portante. Al misionero le impresionó la selección que Hamed hacía de algunos de los versículos. A pesar de todo, no se fiaba y hasta sospechaba que Hamed se cansaría y no se presentaría a la misión. Pero, no fue así. Pasó un año y medio, y Hamed era fiel al encuentro semanal.

El P. Durán, siempre acuciado por la sospecha, pero pensando tam­bién que el Espíritu de Dios sopla donde y como quiere, instruyó a Hamed sobre los sacramentos, la oración... Insistió mucho sobre la Eucaristía y la comunidad cristiana que la celebra todos los domingos. Desde entonces, y a pesar que el P. Durán le insistía que no “estaba obligado” a ir a la misa dominical, Hamed recorría en un incómodo autobús los sesenta kilóme­tros que le distanciaban de la misión, para ser simple espectador (Dios sabe si era el mejor participante) en la celebración dominical de la Euca­ristía.

Al P. Durán le impresionaba la fuerza de voluntad de un catecú­meno, y pensaba en la dejadez en la que han caído muchos cristianos que, sin motivo justificado, dejan de participar en la misa dominical.

Más tarde, y cuando algunos vecinos del pueblo de Hamed cono­cieron el motivo de sus viajes semanales a la misión católica, el P. Durán se enteró de las vejaciones a las que Hamed y su familia eran sometidos en el pueblo donde todos los vecinos eran musulmanes. “¡Es un trai­dor!”, decían. Y no le pagaban los trabajos que hacía; le negaban el agua del pueblo y el saludo; los hermanos y hermanas se avergonzaban de él; sus paisanos se alejaban de él cuando iba a beber un refresco en el café y hasta tuvo que dejar de ser entrenador de fútbol del equipo del pueblo.

 Viendo que la situación se hacía insostenible para Hamed, el P. Durán consiguió que la empresa de unos amigos en Europa mandara un contrato de trabajo para el catecúmeno.

“Padre –decía Hamed–, veo que tienes mucho interés para que vaya a trabajar a Europa. No me entiendes. Yo lo que quiero es bautizarme. El trabajo lo tengo en el pueblo, aunque me hagan la vida imposible”. “Oye, Hamed, ¿y si te matan? Sabes que hay fanáticos que...” “ Padre, ¿no me dijiste que muchos cristianos han dado su vida por Cristo? Entonces, yo no sería el primero, ¿verdad?”. Al P. Durán le invadió un extraño rubor pensando que quizá ni él y ni otros muchísimos cristianos tendrían la misma disponibilidad martirial de Hamed.

Hamed ahora trabaja en una nación europea, pero todavía no es cristiano El P. Durán le ha pedido a un amigo sacerdote que lo incorpore a su comunidad y que, después de un tiempo, vea si puede o no bautizar a Hamed. Hace unos meses, el amigo le decía por teléfono: “Hamed tiene más fe que muchos cristianos de mi parroquia. Todos los domingos vie­ne a misa, y, cuando se lo permite el horario de su trabaio, a la misa vespertina diaria.

Alguien me ha asegurado que, en Europa, hay otros muchos casos semejantes a los de Hamed. Dicen que en Italia algunos musulmanes han pedido el bautismo. Pero, cuando viajan a su país con motivo de vacacio­nes, no pueden decirlo. Un musulmán que renuncia a su religión es con­siderado traidor y expulsado de la sociedad islámica.

La respuesta de los cristianos ante el hecho de la masiva inmigra­ción musulmana a Europa es, en la mayoría de los casos, la preocupación por los problemas sociales que sufren los islámicos. Es un acierto y un deber. Pero, cuando manifiestan interés, ¿tenemos derecho a no hablar­les de Cristo? Es necesario que pronto surjan en Europa misioneros que se preocupen por la conversión de los inmigrantes musulmanes, sin pre­siones de ninguna clase, pero con la convicción de que el Evangelio debe ser anunciado a todos.

Señor, haznos respetuosos, pero sinceros y osados al mismo tiem­po.

Septiembre 2000. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais