«Quiero la mesa de comedor más hermosa»

Publicado: 06/08/2012: 696

 ¡En una de las principales avenidas de la ciudad había una tienda de muebles. Era amplia y espaciosa. Sus grandes escaparates permitían ver todo lo que había en ella. En realidad, era una exposición de muebles tan llamativa que despertaba la curiosidad de los transeúntes.

Lorenzo, a través de los escaparates, vio y volvió a mirar los mue­bles expuestos. Tenía interés por uno determinado. A los quince minutos de pasar de un escaparate a otro, se decidió entrar en la tienda. Enseguida apareció un empleado que vestía de manera impecable. “¿En qué puedo servirle, señor?”, dijo con amabilidad y respeto dirigiéndose a Lorenzo. “Busco la mesa de comedor más hermosa”. “Bueno, me imagino que Vd. querrá también las sillas y el aparador”. “No, no. Quiero sólo la mesa. Las sillas y el aparador ya los tengo”. “No será fácil encontrar una mesa sola. Pero no hay nada imposible, ¿verdad? Acompáñeme, por favor”. Y Lo­renzo y el empleado fueron dando vueltas y más vueltas por la tienda-exposición. De vez en cuando, el atento empleado se iba al ordenador más próximo para comprobar precios y existencias.

A la media hora de mirar muebles y comentar sus ventajas e incon­venientes, entre Lorenzo y el empleado se había trabado una de estas sintonías síquicas que se dan casualmente entre ciertas personas a esca­sos minutos de conversación.

“Oiga, señor –preguntó el empleado, acentuando el tono respetuo­so de su voz–, ¿por qué busca Vd. la mesa de comedor más hermosa que tengamos?”. “Simplemente porque la mesa del comedor es el mueble más importante del hogar”. “Bueno, cada mueble tiene su finalidad y su importancia, no? Todos son útiles y, hasta cierto punto, imprescindibles”. “No, amigo. En los muebles del hogar hay una jerarquía. La mesa del comedor es lo primero. Porque si es cierto que la cocina, la sala de estar, los dormitorios, el cuarto de aseo... son necesarios en un hogar, el come­dor, y con él la mesa, es lo más importante. ¿Y sabe por qué? Pues sim­plemente porque el comedor y su mesa es el lugar de encuentro, de diá­logo, de comida... alrededor de la cual se reúne la familia. En cierto senti­do podríamos decir que la unión de la familia se constituye, se visibiliza y se fortalece en torno a la mesa del comedor”. Y el empleado, aparcando las formas impuestas por la Empresa, dijo espontáneamente y con cierto entusiasmo: “Pues tiene razón Vd. ¡En tantos años que ando metido en­tre muebles, jamás me había pasado por la cabeza la importancia de la mesa de comedor!”.

En una iglesia, lugar de reunión-encuentro de los cristianos, lo más importante no son las paredes, ni el techo, ni las puertas, ni las imágenes, ni los retablos... Lo más importante en una iglesia es el altar, la mesa alrededor de la cual se reúnen los cristianos para celebrar la Cena del Señor. Sin altar no habría sagrario; sin altar sobraría todo lo demás. ¡Cuán­tas misas (quizás las más hermosas) se han celebrado en la calle de un barrio pobre, o en la selva, o en el desierto, o en la montaña!... La misa hace el “lugar sagrado”, y no al revés. Y no hay misa sin mesa donde se celebre el banquete pascual.

Sin embargo, la importancia del altar no le viene dada por la mate­ria (piedra, mármol, madera...) con que está hecho, sino por lo que signi­fica: unión con Cristo de todos y cada uno de los participantes, y unión entre ellos. En este sentido, el altar se convierte en una exigencia: la unión que Cristo pidió al Padre, unión que debe ser pedida y trabajada, para ser recibida.

Como en el comedor de nuestros hogares, en la iglesia o lugar de la celebración de la Eucaristía hay, además del altar, otros elementos que tienen también su importancia: el ambón o atril desde el que se proclama (que es mucho más que un simple leer) la Palabra, y la sede (silla) en la que, como “padre de familia”, representando a Jesucristo, se sienta el presbítero que preside la celebración.

Las referencias al altar, al atril y a la sede pueden ayudarnos a retor­nar a las esencias del cristianismo, objetivo del Año Jubilar. Este “tiempo de gracia” terminará, pero no sin haber dejado espiritualmente enrique­cida un poco más a la Iglesia.

A manera de síntesis:

Altar: unión con Cristo y los hermanos. La desunión “rompe” el altar.

Atril: aprecio por la Palabra. Una Palabra mal proclamada y no vi­vida le “roba” la dignidad al atril.

Sede: presencia sacramental de Cristo en el celebrante. Sin una pro­funda fe, el sacerdote puede convertirse en una “marioneta” y los partici­pantes en frívolos espectadores.

De todas maneras recordemos que la misa siempre tiene valor y dignidad infinita por ser “acción” de Cristo y no de los hombres.

Noviembre 2000. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais