«...Y ahora, ¿qué?»

Publicado: 06/08/2012: 493

Don José, después de muchos años de duro y arriesgado trabajo, logró transformar su modesta empresa en una gran fábrica que, al cum­plir él los setenta años, pasó a manos de su hijo mayor. Y le dio autonomía total en la gestión de la empresa. Tendría que demostrar su capacidad de gestor. La fábrica tenía la más sofisticada maquinaria de la provincia; Dn. José la había importado, pagando por ella un alto precio. La sección logís­tica de la empresa era perfecta. Tenía un completo equipo de ordenado­res y otros medios de comunicación y control. Los clientes que visitaban las instalaciones quedaban admirados y sorprendidos. “¡Qué maravilla! No habrá otra igual en todo el país”, decían.

“Bueno, le dijo Dn. José a su hijo, ¿y ahora qué? ¿Serás capaz de manejar y conservar este maravilloso instrumento que he puesto en tus manos? ¿Podrás sobrevivir y triunfar en el astuto y complicado mundo de la competencia industrial? ¿Sabrás mentalizar a tus colaboradores para que la empresa no se hunda?”.

El Jubileo del Año 2000 es una gracia que Dios ha puesto en nues­tras manos. La celebración llega a su término. ¿Y ahora qué?, se nos pre­gunta como Dn. José a su hijo.

Los tres años de preparación al Jubileo lograron dinamizar varios sectores de la Comunidad Católica. No todos. Las “fuerzas vivas” de la Iglesia se pusieron en pie de formación (homilías, catequesis, evangeliza­ción, libros, folletos...) y acciones concretas.

El Obispo de Roma, S.S. el Papa Juan Pablo II, con motivo del Año Jubilar, invitó a todos los católicos a revitalizar el fundamento de la fe cristiana: creer, amar y celebrar el misterio del Padre, del Hijo y del Espí­ritu Santo, tres personas en un solo Dios; y convertir esta fe en acción pastoral y social.

Durante el año 2000, Año Jubilar, millones y millones de católicos se han concentrado alrededor del Papa en Roma o con sus obispos en las propias diócesis para celebrar el inmenso don de la Encarnación del Hijo de Dios.

La gracia del Año Jubilar no sólo ha llegado a todos los católicos de manera global, sino que ha incidido especialmente en todos los estamentos cristianos y sociales que componen el cuerpo eclesial. Así, tanto en Roma como en todas las diócesis del mundo han sido convocados matrimo­nios, jóvenes, deportistas, políticos, artistas, religiosos..., para celebrar el Año Jubilar. Y han respondido admirablemente.

La celebración del Año Jubilar es una alegría, pero, al mismo tiem­po, un reto de cara al futuro inmediato. ¿Qué vamos a hacer ahora con la gracia que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿Los logros del Año Jubi­lar se alejarán y desvanecerán como la pequeña nube se aleja y desvanece empujada por el viento? ¿Seremos capaces de mantener viva y eficaz la gratitud por el nacimiento de Jesús?

Ante los que hemos celebrado con gozo y entusiasmo el Año Jubi­lar, ahí están, como desafío punzante, los abortos que aumentan, las se­paraciones matrimoniales que no cesan, la escasa asistencia de jóvenes en las misas dominicales que se celebran en Europa y parte de América, los seminarios y noviciados semivacíos de una gran parte de naciones llama­das cristianas, los militantes cristianos que ven reducidas sus filas, la voz de la Iglesia “ahogada” en los foros mundiales donde se decide la suerte de los pobres y la paz de las naciones...

Los retos continúan acusándonos de vitorear al Papa, pero sin ha­cer caso de lo que nos dice. Y en parte llevan razón. Ahí están las encues­tas arrojando unas cifras que demuestran la escasa influencia que tiene la Iglesia en la moral de nuestra sociedad occidental.

Los católicos nos debatimos entre la gran personalidad del Papa y la impersonalidad o menor presencia de los católicos en la política, en la ciencia, en la literatura y en los grandes medios de comunicación. ¿Es que vamos a dejar para el Papa toda la responsabilidad que corresponde a cada bautizado?

Una Iglesia cuyo prestigio sólo se apoya en la personalidad del Papa, es una Iglesia sin prestigio. ¿Y ahora qué? Ahora es el momento de pro­clamar con verdad, valentía, humildad y constancia el Evangelio, poniendo en marcha toda su fuerza ética. Es el momento de discernir el lugar y el tiempo que corresponde a cada uno. Es el momento en el que cada bau­tizado se sienta responsable de lo que dice y hace.

Señor, sin Ti no podemos hacer nada. Danos tu luz y tu fuerza para que cada uno haga lo que le corresponde a fin de que los frutos cosecha­dos durante el Año Jubilar persistan y llenen todos los ámbitos de tu Iglesia.

Aquí termino lo que la Dirección de esta revista Mundo Negro me pidió: colaborar en la última página de la revista para que todos consi­guiéramos celebrar el Año Jubilar y vivir intensamente su mensaje.

Gracias, queridos lectores, por haberme leído. Gracias, amigos de Melilla, que me habéis ayudado en la redacción de los artículos mensua­les. Gracias, Misioneros Combonianos, por haberme ofrecido la oportu­nidad de escribir sobre Dios, que debe ser el centro de mi vida.

Diciembre 2000. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais