«Acoger a los emigrantes»

Publicado: 06/08/2012: 756

Mohamed tenía 27 años. Llegó a Barcelona. Había cruzado la fron­tera entre Beni-Enzar (Marruecos) y Melilla (España). Tenía todos los pa­peles en regla, el correspondiente visado y un contrato de trabajo con una pequeña empresa catalana. Mohamed –que por haber nacido cerca de Melilla, hablaba bastante bien el español– llegó muy de madrugada a la ciudad. Tomó el metro, tal y como le habían indicado sus amigos; pero se equivocó un par de veces en el trayecto. Gracias a la amabilidad de algunos transeúntes que le orientaron, y después de bastantes rodeos, llegó al piso de sus amigos. Estaba cansado. Le recibió Fátima, esposa de Alí.

Desde el primer momento se dio cuenta de que la señora le recibía con respeto pero con cierto aire de preocupación. No quiso hacer pre­guntas. Fátima le ofreció té y unos dulces. Después le acompañó a la habitación de sus hijos para que descansara. Durmió a pierna suelta has­ta media tarde. Se despertó al escuchar la conversación de sus amigos, recién llegados del trabajo. Salió apresurado de la habitación. En la sala de estar encontró a Alí y a sus dos hijos. Se besaron según la costumbre islámica. Pero, de nuevo, notó una inexplicable frialdad afectiva. Charla­ron sobre el viaje, sobre los familiares que había dejado en Nador, sobre...

Antes de cenar, Alí preocupado, le dijo: “La empresa ha quebrado. La próxima semana vamos todos a la calle. Quedamos sin trabajo y, por supuesto, tú también te quedas sin él”. A Mohamed se le vino el mundo encima. ¿Qué hacer? Sintió ganas de volver a Nador. A los cuatro días, Mohamed, no queriendo ser una carga para sus amigos, dejó el piso y se fue a vivir a una pensión que le indicaron y que, tristemente, resultó ser un prostíbulo camuflado. Y aquí empezó el drama.

Mal comido, se pasaba los días de un lado a otro de Barcelona bus­cando trabajo. El “no” era el monosílabo más amargamente escuchado. O el “vuelva el próximo mes. Veremos”.

A Mohamed se le terminó el dinero. Tuvo que dejar la pensión. Se pasó un par de noches durmiendo sobre un banco de un jardín de la ciudad, hasta que alguien le sugirió que fuera a Cáritas. Allí le escucharon con respeto e interés. La trabajadora social le dio un vale para alojarse en un centro de acogida donde, por lo menos, pudo dormir y comer sobria­mente durante quince días. Se pasaba el día yendo a pie de un lugar a otro buscando trabajo. Se recorrió Barcelona de Norte a Sur, de Este a Oeste. Y nada de nada.

Casualmente encontró (sin contrato) un trabajo un par de meses. Y después, volver a empezar. Yendo y viniendo de un lado a otro, pasó hambre, frío y, lo que más le dolía sintió una soledad y desamparo jamás experimentado. Así pasaron siete meses. Siete meses de calvario. Hasta que un día, como si fuera un milagro, encontró un trabajo duro, pero estable. Y allí sigue, esperando momentos mejores.

La historia de Mohamed es la historia de muchos emigrantes. Las hay peores. Pero, también las hay mejores. Como la que voy a contaros. Yo, personalmente, he sido protagonista indirecto. Son historias tan rea­les como el sol que nos alumbra.

Mimón llegó a Caldes de Mombui (Barcelona). Yo mismo le había conseguido un contrato de trabajo. Así que tenía todos los papeles en regla. Tuvo trabajo desde el primer día. Más aún, Mimón encontró una acogida afectuosa por parte de unos esposos cristianos, amigos míos y suegros de mi sobrino Jorge. Son Leonor y José.

Lo que han hecho y siguen haciendo Leonor y José por Mimón es admirable. Le sugirieron, le acompañaron, le invitaron a su casa... Más tarde, cuando la esposa y la hija de Mimón llegaron a Caldes de Mombui, los desvelos por parte de Leonor y José, se multiplicaron: les consiguie­ron un piso de alquiler muy cerca de donde ellos viven; les invitaron e invitan a pasar horas y más horas en su casa; han buscado trabajo para la mujer y escuela para la hija; salen juntos a pasear; se invitan a fiestas... “Me siento más querido aquí, dice Mimón, que en mi propia patria”. Cuando, bromeando, Leonor y José les dicen que ya deben regresar a Marruecos, ellos dicen con cierta indignación afectuosa: “¡No! ¡No! Siem­pre estaremos con vosotros. Nos quedamos aquí para siempre”.

“Gracias a Alá –dice Mimón–, las cosas nos han ido muy bien en Caldes. Pero lo mejor de lo mejor es haber encontrado a Leonor y a José: ellos son nuestros padres y nuestros hermanos”.

Otro caso. Hassan llegó a Mollet del Valdés (Barcelona) hace unos tres años. En Dar Drioush (a sesenta kilómetros de Melilla) dejaba esposa y nueve hijos. La necesidad de encontrar trabajo le empujó a emigrar. Dios quiso ponerme en su camino. Le conseguí un contrato de trabajo.

Como en el caso de Mimón, me dijo que no era justo enviar a Hassan a Mollet como quien manda un paquete. Me acordé, entonces, de María Teresa y Juan, un matrimonio coherente con su fe. Les llamé pidiéndoles que cuidaran de Hassan. Aceptaron. Así que, desde el primer día, Hassan tuvo un hogar donde residir y unos amigos con quienes confiar.

María Teresa y Juan le habían buscado alojamiento. Acompañaron a Hassan a la empresa que le había hecho un contrato de trabajo, presen­tándolo a unos amigos que trabajaban en la misma. El matrimonio ami­go sigue el proceso de integración de Hassan con el cariño e interés de hermanos. Le invitaban con frecuencia a su casa. Es más: consiguieron un nuevo contrato de trabajo para el hijo mayor de Hassan, y más tarde, la reagrupación familiar.

No fue fácil. Las visitas al Ayuntamiento de Mollet, las idas a las oficinas de emigrantes de Barcelona, la insistencia a unos amigos en favor de Hassan y su familia, fueron frecuentes y sacrificadas. Lo último ha sido la escolarización de los niños. Por el momento, parece que todo anda por buen camino, no sin dificultades. Pero allí están ellos, María Teresa y Juan, para apoyar incondicionalmente a toda la familia de Hassan.

Quiero suponer que los casos de Mimón y Hassan son frecuentes en España y en otras muchas partes de Europa. Pero sospecho que el caso de Mohamed, el emigrante lacerado por la soledad, es todavía más fre­cuente.

Una misión concreta para los cristianos de Europa podría ser la acogida “personalizada” de emigrantes. Recibirles, acompañarles, abrir­les puertas. Pero todo a cambio de nada. Que jamás se atisbara ni el más leve afán de proselitismo. Más bien sugerirles y ayudarles a ser fieles a su fe islámica.

Esperar a que ellos pregunten. Un día lo harán. Y entonces debere­mos darles razón de nuestra manera de actuar, darles razón de nuestra fe cristiana. Esta es la base más sólida de una verdadera evangelización. Pero si se hubiera trabado una profunda amistad con ellos, los emigrantes, no veo que nadie se pudiera oponer a que les habláramos de Jesucristo.

Enero 2002. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais