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Misa de acción de gracias por los nuevos beatos

Publicado: 15/07/2014: 1803

MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR LOS NUEVOS BEATOS. 2007

(Lect 1ª Ap. 7, 9-17; Salm 125; Ev Lc 9, 23-26. Del común de Mártires)

1.- “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Salm 125,3). Nos hemos congregado para dar gracias a Dios por la beatificación de 498 mártires españoles, entre los que hay 21 especialmente relacionados con Málaga por haber sufrido el martirio en nuestra diócesis. dos de ellos, los beatos Enrique Vidaurreta y Juan Duarte, miembros de nuestro Seminario. Entre lágrimas sufrimientos, se identificaron con Jesucristo crucificado y entregaron su vida. Ellos no estaban en guerra contra nadie ni sabían nada de armas, sólo de amor, de un amor que los llevó a compartir la cruz.

Hoy, el Señor resucitado nos los presenta en toda la belleza y en el esplendor radiante de los que obedecieron a Dios antes que a los hombres, y testimoniaron el señorío de Cristo. De la misma forma que, al ver a los hijos de Israel cuando regresaban a su patria, “hasta los gentiles decían: el Señor ha estado grande con ellos”, son muchas las personas, incluso no creyentes, que al conocer la manera firme y humilde en que afrontaron la prueba estos hombres y mujeres de Dios, sienten que su gesto está lleno de dignidad y de grandeza evangélica. Porque actuaron movidos por el amor a Dios y al hombre, y murieron con el perdón en los labios.

Así se han convertido para todos nosotros en nuevos intercesores ante el Padre y en ejemplos formidables a imitar. Su memoria recuperada nos dignifica a todos, engrandece a la Iglesia y nos alienta en el camino de la fe, pues se ha cumplido también entre nosotros lo que hemos rezado en el Salmo: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares”. El Señor ha estado verdaderamente grande con nosotros y queremos alabarle y darle gracias.

Pero el Señor ha estado especialmente grande con ellos, pues, como dice la Palabra, Dios ha enjugado las lágrimas de sus ojos y el Cordero los ha llevado a fuentes de aguas vivas, donde acampa el que se sienta en el trono. Allí, donde ya no hay llanto ni dolor, están ante el trono de Dios dándole culto día y noche. 

2.-  “¿Quiénes son y de dónde han venido” (Ap 7, 13), se pregunta intrigado el autor del Apocalipsis en la lectura que se ha proclamado. ¿Quiénes eran estos hombres y mujeres de Dios, cuyo martirio se recuerda en el memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo que vamos a celebrar?, nos preguntamos nosotros. Desde ahora os animo a conocer a fondo su historia y la forma en que dieron su vida por el Evangelio, como podéis descubrir en una obra rigurosa que se ha publicado. Me consta que conocéis lo fundamental de los veintiuno que murieron en la diócesis de Málaga: hombres del pueblo, que enseñaban en nuestros colegios, que atendían a los niños y adolescentes, que escuchaban y orientaban a sus padres y, en el caso de dos de ellos, que vivían, trabajaban y estudiaban en nuestro Seminario. Uno, el Beato Enrique Vidaurreta, hijo de Antequera, como Rector y forjador de los futuros sacerdotes; y el otro, el beato Juan Duarte, nacido en el seno de una familia de pequeños agricultores de Yunquera, había recibido el diaconado y se preparaba para ser sacerdote y servir a todo Pueblo de Dios. La mayoría de estos veintiuno eran aún personas jóvenes, que gastaban su vida día a día para enriquecer a nuestra a nuestra Iglesia y a nuestra sociedad, y que podrían haber dado frutos muy valiosos dada su bondad y su preparación. Quienes les quitaron la vida, pensaban sin duda que acababan también con su labor y su misión, pero es ahora cuando su fecundidad es mayor, como la del grano de trigo que ha caído en tierra buena. Todos ellos siguen vivos y activos en nuestra Iglesia y en su misión evangelizadora. 

Hay tres rasgos que los identifican y que nos pueden ayudar a conocerlos mejor, para tomarlos por modelos. Eran personas de fe, alimentada diariamente en la Eucaristía, el Pan de los fuertes. Su fe no era un sentimiento superficial y efímero, sino esa confianza firme en Dios madurada en la libertad y en las dificultades de aquel tiempo; esa confianza recia en el Señor, que se inculcaba en la educación de nuestros seminarios y noviciados y se convertía, junto al sagrario, en una segunda naturaleza para quienes la profesaban. Una fe largamente meditada, cálidamente vivida y alegremente confesada. Sabemos que la fe es un don gratuito de Dios, pero también una opción personal de quien pone el mayor empeño en renovar y en actualizar día a día la vocación recibida. Esta preparación remota hizo posible el milagro de la gracia. Y tiene mucho que enseñarnos a quienes vivimos instalados en el “pensamiento débil” y en la superficialidad de una fe emotiva, escasamente meditada, y sin fundamentos intelectuales sólidos. 

En segundo lugar, eran personas fieles, que entendían la fidelidad como la plenitud del sí que habían dado a Dios. En cuanto humanos, también experimentaban la tentación, pero una vida disciplinada y ascética les había permitido desarrollar esa admirable fortaleza de voluntad, sobre la que germinaron los frutos de la gracia. Es un punto digno de subrayar  para los creyentes de hoy, inmersos en una cultura sin raíces que mira a la fidelidad como a una terquedad injustificada y que defiende la infidelidad como si fuera una manera superior de capacidad intelectual. Por su parte, ellos seguían la enseñanza de Jesús, según la cual, una vez que se ha puesto la mano en el arado, no hay que mirar continuamente atrás. Por eso, conocerlos a fondo puede constituir una ayuda formidable para vivir la fidelidad de los esposos que se han casado en el Señor; para que mantengamos la fidelidad los sacerdotes y religiosos que hemos dicho incondicionalmente sí a Jesucristo; y para que permanezcan fieles los miembros de nuestras comunidades en el ejercicio de los ministerios recibidos en su comunidad, como miembros de pastoral de la salud, de cáritas, de la transmisión de la fe o de cualquier otro ministerio en el que dan su vida al servicio del Pueblo de Dios.

Finalmente, todos se distinguieron por morir perdonando. Sabéis que perdonar es difícil. Me he preguntado cómo lograron vencer la tentación de no anteponer su vida a los terribles sufrimientos que les infligieron a muchos de ellos, cuando la podían haber salvado con solo una palabra de renuncia a su fe. Pero me resulta aún más llamativo descubrir que murieron sin odio y sin sed de venganza, perdonando de corazón a sus torturadores. Este perdón ofrecido por las víctimas a quienes les torturaban es testimonio de un amor a prueba de toda debilidad humana. Sabemos que contaban con una especial ayuda divina, con su gracia, que se hace patente en medio de las grandes dificultades, pero nos dice que estaban habituados a vivir en comunión  con el Espíritu Santo, fuente inagotable de fortaleza, de paz interior y de grandeza de alma. Porque la capacidad de perdonar, fruto de la oración y la gracia, no brota súbitamente en el corazón de la persona, sino que es el signo de quien se ha entrenado en seguir a Jesucristo también por el camino de la cruz, como nos ha dicho el evangelio. Por eso confesamos que se ha cumplido en ellos la promesa de Jesús.

3.- “El que pierda su vida por mi causa, la encontrará” (Lc 9, 24). Los que les quitaron la vida pensaban que iban a terminar con ellos, pero la fe nos enseña que les abrieron las puertas de una vida que no acaba; porque la existencia en este mundo es la antesala de la vida eterna, donde esperamos vivir siempre en el seno inmensamente bello de Dios Padre. Con su amor y con su perdón han sabido vencer los elementos más turbios de la historia, como la tortura y el odio que se ceban con seres inocentes. Y con su muerte, han vencido la desesperanza y la angustia de caer en la nada.

Es la verdad más profunda del hombre que debemos seguir proclamando en nuestro mundo de hoy: que más allá de la muerte está la vida; que el amor es más fecundo que el odio; y que de nada nos sirve ganar este mundo si perdemos el alma.

Ellos, los nuevos beatos, no se avergonzaron de Jesucristo ni de sus palabras, sino que dieron testimonio de su fe hasta el derramamiento de su sangre. De poco nos serviría celebrar hoy la grandeza de su fe si nos faltara la audacia para proclamar el Evangelio con obras y palabras, cada uno en nuestro ambiente. Eran débiles y humanos como nosotros y les tocó vivir en un mundo hostil. Y aunque nosotros no sufrimos una persecución cruenta, nuestra fe se ve puesta a prueba por burlas que se disfrazan de arte, por las pretendidas argumentaciones “rigurosas” quienes hablan y escriben contra Dios, por los inconvenientes que implica la condición de cristianos a la hora de conseguir algunos trabajos y por el burdo el intento de dividir la Iglesia impulsando a los fieles contra la jerarquía. Estas dificultades, lejos de constituir un obstáculo, son un aliciente más, para vivir y anunciar el Evangelio a un mundo rico en bienes materiales, pero tremendamente empobrecido en los que nos hace más humanos: en la fe, en el amor y en la esperanza; en los bienes del espíritu.

Conscientes de nuestra debilidad, vamos a pedir, por intercesión de estos hombres y mujeres de Dios, que acreciente nuestra vida de oración, nuestra fidelidad a la fe recibida y nuestra fortaleza en las debilidades. Es lo que nos enseña nuestra Madre, María, cuando proclama que Dios ha mirado la pequeñez de su sierva y, a pesar de todo, la ha elegido para realizar obras grandes en beneficio de todos hombres.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga.

Diócesis Málaga

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