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Conferencia: \"La familia: Escuela del mejor humanismo\" (Almería)

Publicado: 22/07/2014: 5530

LA FAMILIA: ESCUELA DEL MEJOR HUMANISMO                     

1.- Introducción

De entrada, deseo aclarar que la mía pretende ser la voz de un pastor. Sabéis muy bien que no soy un técnico en la materia ni siquiera un buen aficionado. Y comprendo que si me habéis invitado es porque esperáis de mí lo único que yo os puedo dar: una palabra de aliento y de fe.

A propuesta de las Naciones Unidas, estamos celebrando el AÑO INTERNACIONAL DE LA FAMILIA. Y sabemos bien lo que significa que las Naciones Unidas propongan dedicar un año a un determinado tema: que ese tema es básico para la humanidad; y que existen problemas graves en torno al mismo. Problemas que están exigiendo un esfuerzo coordinado de todos los países.

Al proponer el año 1994 como AÑO INTERNACIONAL DE LA FAMILIA, las Naciones Unidas reconocían que "muchos problemas sociales están claramente haciéndose más graves y los esfuerzos para resolverlos son obstaculizados por la incapacidad de las familias para funcionar como componentes esenciales de la sociedad".

Si prestamos atención al tema que me habéis encomendado -La familia: Escuela del mejor humanismo- nos encontramos con los siguientes problemas ciertamente importantes:

+ El absentismo del padre en el ámbito de la educación familiar. O lo que se ha dado en llamar, "el síndrome del padre ausente". Este hecho repercute muy grave y negativamente sobre los hijos, especialmente sobre los hijos varones, en los que provoca carencias afectivas, cognitivas, físicas y espirituales, como consecuencia del vacío que se opera en la relación paterno-filial. Como es natural, se resiente la misma masculinidad del hijo.

+ Una intervención frecuentemente abusiva del Estado en las tareas educativas, que amenaza con no respetar los derechos de la familia y con anular la misión que Dios ha encomendado a los padres.

+ La desintegración de la familia, que priva a los hijos del derecho que tienen a ser educados en un clima de amor, de serenidad, de diálogo, de alegría y de respeto. Y cuando hablo de desintegración, estoy hablando del divorcio; de las uniones libres; de las madres solteras; y de los matrimonios que viven en un conflicto permanente.

+ Finalmente, la pobreza. La falta de trabajo, de vivienda digna y de recursos suficientes deterioran tan gravemente el clima familiar que hace muy difícil un desarrollo psicológicamente sano de los hijos.

Son cuatro problemas graves que no podemos perder de vista. Porque están muy presentes en nuestra sociedad andaluza y porque tienden a agudizarse más cada día. Si no los tenemos en cuenta, podemos quedarnos en un voluntarismo absolutamente ineficaz.


2.-  El derecho-deber educativo de los padres

No está de más que recordemos algunos principios básicos. La Exhortación apostólica "Familiaris consortio" nos recuerda que "la tarea educativa tiene sus raíces en la vocación primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios".

Desde el punto de vista de lo que es y debe ser una familia, este derecho-deber es algo esencial: los padres no pueden descuidarlo en ningún caso sin faltar gravemente a sus deberes fundamentales.

En relación con los derechos del Estado, el derecho-deber de los padres a educar a sus hijos es un derecho original y primario. El Estado puede y debe ayudarlos, pero nunca invadir su terreno y mucho menos sustituirlos.

Además, es un derecho-deber insustituible e inalienable. Y esto quiere decir que nadie puede usurpar este derecho legítimamente y que los mismos padres no están legitimados a delegarlo del todo.

Para que este derecho-deber se realice de forma correcta tiene que brotar del amor de los padres y tiene que estar siempre guiado por el amor. El amor es el alma, es la norma suprema que debe guiar toda la tarea educativa de los padres (Cfr Pastoralis... 36).

Como dice el Vaticano II, "los padres, al haber dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por consiguiente, deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos... Corresponde, pues, a los padres crear en la familia un ambiente animado por el amor y la piedad hacia Dios y hacia los hombres que favorezca la educación íntegra, personal y social de los hijos" (GE 3). Pues "la familia es una escuela del más rico humanismo" (GS 52).

  La familia es la primera y esencial comunidad educativa. La educación integral de la persona se inicia y se estructura en la familia, célula básica de la sociedad y de todo el proceso educativo. El ser humano es el que nace más desvalido, y de la misma forma que necesita el alimento, necesita el calor humano, la ternura, la sonrisa y las relaciones de amor.

La misma familia, al educar, se hace y se construye a sí misma, y lleva a su máxima expresión el desarrollo del sacramento del matrimonio. Pues esta dimensión educativa brota

ciertamente de la base natural del matrimonio y de la familia, pero recibe una dignidad nueva del sacramento, hasta el punto de que la educación integral de los hijos viene a ser "un verdadero y propio ministerio de la Iglesia al servicio de la edificación de sus miembros" (PC 38).

Dado que la persona tiene también una dimensión social, la familia no es la única comunidad educadora. Por eso necesita la ayuda y el apoyo del Estado y de la Iglesia, que nunca deben olvidar que "los padres tienen el derecho prioritario a elegir la clase de educación que será dada a sus hijos, como nos dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Art 26).


3.- Principios que deben guiar a la familia en su tarea educadora

La familia, basada en "la íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el creador y provista de leyes propias" (LG 48) es el ámbito natural primero e insustituible de toda educación. Y una de las mayores desdichas del ser humano consiste en verse privado de la familia en su tierna infancia (Marañón).

Nos interesa ahora analizar qué camino hay que seguir para lograr este objetivo. Conscientes de que el tema es muy amplio y muy rico, nos vamos a fijar, de forma selectiva, en cinco aspectos que me parecen los más importantes (1).


3.1. Preocupación positiva por esta tarea.

Educar es ayudar al niño a desarrollar lo mejor de sí mismo, a poner en juego todos sus talentos. Especialmente, a desarrollar su capacidad de amar. Es ayudarle a conocerse, a valorarse, a entablar con los demás niños y con los adultos relaciones armoniosas. Es ayudarle a poner en juego todas sus cualidades y a resolver sus problemas desde la justicia, la solidaridad y el respeto al otro.

Desde luego es una tarea compleja y difícil, especialmente en nuestros días, debido a la cantidad de influencias y de estímulos diferentes y contradictorios que recibe el niño. Y no es extraño que muchos padres caigan en la tentación de delegar en los demás.

Para entablar con el hijo una relación educativa, es necesario planteárselo positivamente e intentarlo. Sólo entonces los padres adquieren la necesaria sensibilidad y se preocupan de prepararse y de capacitarse para ser verdaderos educadores. En este campo, no es suficiente dejarse llevar por los buenos deseos y por el sentido común.

El proceso de hacerse persona y de madurar es complejo y frecuentemente conflictivo. Los hijos necesitan la cercanía y la seguridad que dan los padres, cuando éstos saben realmente lo que quieren. Necesitan esta cercanía y esta seguridad, incluso cuando explícitamente la rechazan y cuando la viven de forma conflictiva.

Se requiere, por parte de los padres, tacto, paciencia y unas cuantas convicciones básicas bien contrastadas que los sostengan sin abdicar de su autoridad. Y para ello, necesitan ser ayudados y orientados. Porque ellos mismos van creciendo y madurando en la tarea de ayudar a sus hijos.


3.2. Debe ser una tarea complementaria y compartida

Al principio aludí a la abdicación del padre en la tarea educativa: al padre ausente. Bajo el adjetivo ausente caben varias situaciones posibles. Indica al padre que pasa poco tiempo en casa y al padre huidizo y pasivo, que delega todas sus funciones parentales en la mujer. Designa al padre que no realiza en sí -o incluso rechaza- los valores masculinos y al padre que cuando está presente en casa genera una atmósfera impenetrable en torno a él, que obstruye cualquier posibilidad de comunicación con los hijos (2).

Por otra parte, los hijos necesitan la cercanía de la madre. Y muchos pedagogos comienzan a poner de relieve "la revalorización social de las funciones maternas". Como dice Juan Pablo II en la  Laborem exercens, "sería un honor para la sociedad hacer posible a la madre, sin obstaculizar su libertad, sin discriminación psicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras, dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad" (LE 19).

Es verdad que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana tanto para el hombre como para la mujer. Pero la necesidad o conveniencia del trabajo fuera del hogar debe compaginarse con la responsabilidad de ser padres y de educar a los hijos.

En todo caso, la tarea educativa corresponde al padre y a la madre por igual. Y es necesaria la presencia y la colaboración de ambos no ya desde la primera infancia sino desde el embarazo. Aunque su tarea puede -y seguramente debe- ser complementaria, la educación es tarea común de la pareja. Y cuando uno de ellos delega su responsabilidad en el otro, la educación de los hijos se resiente.

También desearía decir, aunque sólo sea de pasada, que los abuelos desempeñan un papel muy importante en la educación de los hijos. Eso sí, cuando no pretenden sustituir a los padres ni usurpan su papel. Algunos psicólogos empiezan a poner de relieve este papel interesantísimo de los mayores. Tienen toda la sabiduría de quienes han vivido mucho y no necesitan ejercer, con los nietos, la autoridad de los padres. Pueden estimular la ternura, la paciencia, la fantasía y el diálogo en los nietos.


3.3. Lo que más educa es la vida cotidiana.

Parece una afirmación obvia y hasta ingenua, pero es una gran verdad que tenemos que poner continuamente de relieve: lo que educa en la familia es la vida cotidiana.

El clima habitual de alegría y de serenidad, especialmente durante las comidas; el respeto y la ternura en las relaciones mutuas entre marido y mujer y entre éstos y los hijos; las celebraciones festivas; la acogida que se ofrece a familiares y amigos en su presencia y cuando ya se han ido; la fidelidad a la palabra dada -también cuando se le promete algo al niño-; el orden en las comidas y en el descanso; el ambiente de hogar sencillo y acogedor, donde el niño aprende a cumplir determinadas normas sin verse continuamente coartado...

También en la vida de familia se cumple eso de que los padres no educan tanto por lo que enseñan o dicen cuanto por lo que verdaderamente son. Como ha escrito uno de nuestros teólogos más lúcidos (Olegario G.de Cardedal), "Educamos... desde donde somos; generamos libertad o dependencia en la medida en que estamos liberados para amar o estamos atados por nuestro egoísmo; en la medida en que tenemos abierta la puerta de nuestra existencia para que los demás transiten por ella y se sienten a su sombra, respiren aire y columbren horizontes" (3).

Si los padres olvidan este principio elemental y pretenden imponerse a base de autoridad, al final se quedan con la simple autoridad del más fuerte, que sólo sirve para provocar temor y rechazo. La otra, la autoridad moral, que es la que educa por sedución y por contagio, únicamente es posible cuando está avalada por la vida.


3.4. Los principales protagonistas son los hijos

Los padres tienen ciertamente un papel muy importante, igual que el resto de la familia, pero los principales protagonistas de la educación son los hijos. Ellos son y se comportan como sujetos activos. En cierta medida, son los creadores de su propia educación. Y no hay que olvidar que además del ambiente y de la aportación familiar, desde muy pronto reciben una gran cantidad de información, de estímulos y de orientaciones externas que tienen que afrontar personalmente desde los valores asumidos, desde su capacidad de discernimiento y desde su libertad.

De ahí la importancia que tiene ayudarles a ser personas críticas y libres. Los padres no deben proponerse moldearlos a su imagen y semejanza, sino suscitar y respetar la personalidad inconfundible de cada hijo. Ciertamente deben transmitirles una cultura, una manera de entender la vida y de abordar los problemas, un bagaje de valores humanos, éticos y religiosos. Pero más que en hacer al hijo depositario y portador de un patrimonio cultural, moral o religioso, educar consiste en ayudarle a ser él mismo; ayudarle a ser reflexivo, dialogante, crítico y libre. Y para conseguirlo, deben acompañarle ciertamente, pero sabedores de que es el hijo quien debe ir dando los pasos necesarios en su propio caminar.

Cuando los padres no prestan atención a este aspecto, puede darse el caso de que ni siquiera sean conscientes de las transformaciones que se han producido en el hijo o en la hija. Y entonces los siguen tratando como niños, creando verdaderos problemas de dependencia.

También aquí se puede oscilar entre el excesivo proteccionismo de los padres posesivos; y la manga ancha de quienes abandonan prematuramente a sus hijos, dejándoles en una autonomía total para la que no están psicológicamente preparados. Aunque la verdad es que no resulta fácil pasar de la dependencia total de la infancia a la independencia de la persona adulta. Muchos fallos se producen precisamente en las etapas intermedias.


3.5. El diálogo como elemento básico

Un problema realmente serio es la falta de diálogo en el seno de la familia. El televisor ha logrado juntar a los miembros -aunque ya es frecuente tener varios televisores incluso en domicilios modestos-; ha juntado a la familia, pero no la ha unido. Con frecuencia constituye un obstáculo más que una ayuda para la confianza y el diálogo.

Y sin embargo, el diálogo es el alma de la vida de familia y de su tarea educativa. Sin diálogo no es posible acompañar a los hijos en el camino de la vida; no es posible ayudarles a discernir y a valorar las situaciones y los acontecimientos, para que puedan hacer una opción responsable y libre.

Este diálogo no se improvisa. Es la continuación normal del diálogo entre marido y mujer, en el que se van insertando los hijos desde sus primeros años. Un diálogo que abarca todos los aspectos de la vida y de la convivencia. Un diálogo que sólo resulta posible en un ambiente de confianza construida en el día a día; en un ambiente de escucha habitual y sosegada; en un ambiente de libertad y de tolerancia.

Los enemigos habituales del diálogo son el autoritarismo, la intolerancia, el desinterés por las cosas del otro y la falta de transparencia en las relaciones marido-mujer.

Dialogar es un arte, que exige mucho amor y respeto; que pide tomarse al otro verdaderamente en serio; que exige apertura a otras dimensiones de la verdad y a nuevas ideas; que requiere humildad para reconocer las propias limitaciones y seguir buscando la riqueza inabarcable de la verdad.

En las relaciones con la pareja y con los hijos, es importante incitar al otro a ir más allá de sus puntos de vista y de sus planteamientos, con la certeza de que la realidad es inabarcable; y estar dispuestos a dejarse cuestionar por el otro sobre los propios posicionamientos y sobre las propias certezas. El diálogo sólo es posible como búsqueda compartida, desde la libertad y la capacidad de sorpresa; desde el amor a la verdad total.


4.- Valores que se deben potenciar con especial urgencia hoy

Como dijo recientemente el Papa Juan Pablo II, "la familia, como comunidad educadora fundamental e insustituible, es el vehículo privilegiado para la transmisión de aquellos valores religiosos y culturales que ayudan a la persona a adquirir la propia identidad" (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1-I-94). Esta identidad, para ser completa, tiene que expresarse también en la relación con los demás, en la relación con el mundo y en la relación con Dios.

Se puede afirmar que una educación es buena cuando ayuda a la persona a ser ella misma y a vivir en una actitud positiva de paz y de confianza; cuando la ayuda a relacionarse con los demás de una forma solidaria y cooperativa, aunque también crítica y rebelde; cuando la ayuda a admirar, a amar y a respetar al mundo, como tierra madre que la permite ser, crecer y desarrollar su capacidad de admiración y de creatividad; y cuando la ayuda a abrirse al Misterio de Dios, como fuente de todo y como sentido último de la vida.

Educar es decir al otro: Estoy a tu lado para acompañarte y para estimularte a que "llegues a ser lo que eres". Porque tu esencia más profunda como persona "es lo que puedes llegar a ser".

Sabemos que para llegar a ser lo que somos necesitamos los puntos de vista del otro; necesitamos el diálogo y hasta el conflicto. Y debemos preguntarnos qué valores debe proponer la familia  de hoy, con especial insistencia, a través de su vida y de su palabra, para que los hijos descubran su personalidad más profunda y su horizonte de sentido; para que los hijos lleguen a ser ellos mismos y se inserten de forma crítica y creativa en esta historia que vamos construyendo entre todos. En esta historia que, para nosotros cristianos, debe ser una continuación de la Historia de la Salvación, que tiene su centro en Jesucristo.

También aquí voy a proceder de forma muy sumaria y selectiva. Me voy a limitar a señalar algunos aspectos que considero especialmente importantes en este momento histórico y cultural nuestro. Y lo voy a hacer fijándome en cuatro apartados: Valores humanos, derechos de la persona, derechos de la naturaleza y valores evangélicos.


4.1. Valores humanos

Uno de los valores humanos en que más habría que insistir es la fuerza de voluntad; eso que llamamos libertad interior de la persona, que no es sino la capacidad de actuar según las propias convicciones y según el propio mundo de valores. Una educación casi absolutamente permisiva lleva a muchos jóvenes de hoy a tener una personalidad débil. Su criterio para hacer o dejar de hacer algo se basa en esa frase tan repetida de: me apetece. Se guían por el principio de placer-displacer y no llegan a madurar. Y cuando aparecen las dificultades normales de la vida, sus mejores deseos naufragan por falta de fortaleza interior.

Por otra parte, la sociedad de consumo nos convierte en esclavos de la propaganda. En lugar de ser, consumimos. Consumimos para ser felices, para sentirnos mejor, para sentirnos realizados. Pero el consumo termina por convertirse en una adicción que nos lleva a sentirnos siempre más insatisfechos y a consumir siempre más. De ahí la necesidad de educar en la auste-ridad. No es tarea fácil, porque la austeridad es un valor en baja, que encuentra tremendos obstáculos. Pero precisamente por ello resulta más necesario.

Además, la austeridad nos permite ser solidarios, compartir con los demás nuestros bienes. En nuestro mundo, la cultura llamada postmoderna está impulsando a la persona a encerrarse en el individualismo y en los pequeños placeres; a desertar de todo lo que suene a utopía y a grandes palabras. Y precisamente por ello, urge revalorizar los valores de la solidaridad, de la ayuda mutua y del compartir. Pero sólo resultarán atractivos y contagiosos cuando se presenten como valores vividos en el seno de una familia que se siente realizada y feliz de ser como es.

En cuarto lugar, el valor humano de la verdad, del amor a la verdad. Nuestra cultura no cree en la verdad. Considera que toda verdad es provisional y que todo valor es relativo. Ha desertado de la verdad y de los valores. Y en lugar de vivir de la verdad, trata de vivir de la imagen, que es el sucedáneo en boga. De ahí la necesidad y la urgencia de ser hombres y mujeres verdaderos, familias que tratan de vivir en la verdad. En esa verdad que se apoya en Dios y que nos hace realmente libres. Una verdad que no se prostituye en fundamentalismos ni en intransigencias intolerantes. Pues la verdad auténtica es pacífica, dialogante y liberadora.


4.2. Derechos humanos

Y junto a estos valores, hay que ayudar a los hijos a conocer, a respetar y a defender siempre los derechos humanos. Todos los derechos de la persona. Pero me vais a permitir que me fije en algunos muy concretos.

El derecho a comer cada día; a comer y a vivir. Porque es un derecho cautivo. Lo confesamos con los labios y con los documentos, pero en la práctica negamos este derecho a millones de seres humanos. Y la solución no está en las ayudas esporádicas, sino en crear una mentalidad solidaria que alumbre un nuevo sistema social y económico. Se trata de un derecho fundamental de la persona, de un valor evangélico y de una necesidad para la supervivencia humana. Nosotros no hemos sabido protegerle, pero al menos tenemos el deber de presentarle desde la esperanza.

El derecho a vivir en paz. Entre todos tenemos que ir echando las bases de una civilización de paz y de no-violencia. Se trata de educar para la paz. Ninguna guerra puede resolver hoy, en un mundo tan complejo y con armas tan sofisticadas, los problemas entre los grupos humanos o entre los pueblos. Pero la paz, nos dice la doctrina de la Iglesia, sólo es verdadera cuando está asentada sobre la justicia y sobre el respeto de los derechos humanos.

El derecho y el respeto a la vida, en todas sus fases. Pues una de las aberraciones más graves de nuestro tiempo es la práctica habitual del aborto. Se ha producido un deterioro tan impresionante de la conciencia moral que se llega a ver el aborto como algo normal. Tan normal como una operación de amígdalas o de cataratas. Y ya se empieza a hablar de la eutanasia. Porque la vida ha dejado de considerarse como un don valioso en sí, como un regalo de Dios, y muchos la miden simplemente por el placer que proporciona al sujeto o por la utilidad que tiene -o deja de tener- para la sociedad. Además, y como telón de fondo, la manipulación genética con todos los graves problemas que conlleva.


4.3. Derechos de la naturaleza

Somos personas en el mundo y con el mundo. La naturaleza no es un  escenario por el que pasamos, sino parte esencial de nuestra misma vida. Su muerte es también nuestra muerte. Y sabemos que hoy está amenazada no sólo la calidad de vida, sino la vida misma sobre el planeta.

Dios nos ha confiado este mundo tan maravilloso para recrearlo y para disfrutarlo. Y tenemos el deber de entregárselo a las generaciones venideras en situación habitable. Para nosotros, cristianos, el amor y el respeto al mundo es también una forma de amor y de respeto a los demás; de amor y de respeto a la obra de Dios.

El respeto a la naturaleza, la protección de la vida de las plantas y de los animales, el mantener la limpieza del agua y del aire y el no consumir de forma inconsiderada son más que una moda: son un deber imperioso de amor fraterno.

   Y otro tanto cabe decir del uso de la ciencia. En principio, la ciencia es buena y uno de los logros más impresionantes del hombre. Es la versión actual del mandato de Dios, que nos ha dicho que sometamos la tierra con nuestro trabajo (Gn 1,28). Pero no todo lo que es científica y técnicamente posible es moralmente aceptable.


4.4. Los valores evangélicos

Y termino por el aspecto que me parece que debe culminar todo proceso educativo verdaderamente humano: por la vida de fe; por los valores evangélicos. Como nos dice el Vaticano II, en la familia, "en esta especie de Iglesia doméstica, los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de favorecer la vocación personal de cada uno y, con cuidado especial, la vocación a la vida consagrada" (LG 11). Pues "la familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios como la espe-ranza de la vida bienaventurada" (LG 35)

"La familia, nos dijo Pablo VI, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia. Dentro, pues, de una familia consciente de esta misión, todos los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a sus hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido" (EN 71).

Y Juan Pablo II insiste en la necesidad de una catequesis familiar, pues "la familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor, de la certeza de la esperanza" (FC 52).

Eso sí, para poder educar en la fe a los hijos, el punto de partida es la vida de fe: el sentido hondo de Dios y del amor a Dios; la práctica de las bienaventuranzas y del amor fraterno; la celebración habitual de la eucaristía; y la oración en familia.


5.- Conclusión

Como veis, el AÑO INTERNACIONAL DE LA FAMILIA nos ofrece una oportunidad que no debemos desaprovechar: la oportunidad de dar a conocer los valores de la familia cristiana; la oportunidad de dar razón de nuestra fe en el matrimonio uno, en el matrimonio fiel y en el matrimonio indisoluble.

Pero nos ofrece también la oportunidad de un diálogo conyugal y familiar profundo, para preguntarnos si nuestra familia concreta es verdaderamente "una escuela del más rico humanismo".

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(1) Cfr. sobre este apartado E.ALBURQUERQUE Y FRUTOS, Matrimonio y Familia. Reflexión teológica y Pastoral, CCS, Madrid 1993, págs. 215-223.
(2) Cfr. A.POLAINO-LORENTE, La ausencia del padre y los hijos apátridas en la sociedad actual, en Revista Española de Pedagogía (Año LI, n 196; Septiembre-Diciembre de l993), págs. 427-461.
(3) O. GONZALEZ DE CARDEDAL, Memorial para un educador con un epílogo para japoneses, Narcea, Madrid 1991, pág. 45.

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