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Funeral de Mons. Antonio Dorado, obispo emérito de Málaga (Catedral-Málaga)

Publicado: 18/03/2015: 8794

FUNERAL DE MONS. ANTONIO DORADO
OBISPO EMÉRITO DE MÁLAGA
(Catedral-Málaga, 18 marzo 2015)

Lecturas: Is 49, 8-15; Sal 144, 8-9.13-14.17-18; Jn 5, 17-30.

1. El Señor nos ha convocado en esta asamblea litúrgica, para celebrar el misterio pascual de su muerte y resurrección en favor de nuestro hermano Antonio, obispo. Las lecturas que la liturgia nos ofrece en este día de la cuarta semana de cuaresma nos brindan una reflexión sobre la obra salvadora de nuestro Dios, que ama a su pueblo más que una madre a su hijo, como dice el profeta Isaías: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49, 15). El profeta anima a cantar a Dios con alegría «porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados» (Is 49, 13). Demos gracias a Dios por su bondad infinita, por su amor misericordioso, por su ternura inefable.

2. El Salmo, que hemos proclamado, nos invita a narrar las misericordias de Dios: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad» (Sal 144, 8). En este camino cuaresmal hacia la Pascua el Señor nos vuelve a confirmar su amor misericordioso. Pedimos perdón por nuestros pecados y suplicamos la misericordia divina por nuestro hermano Antonio, para que Dios perdone misericordiosamente los pecados que pudo cometer por fragilidad humana. Con esta intención ofrecemos con piedad sincera el sacrificio redentor de Jesucristo. Con gran confianza podemos exclamar con san Pablo: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo!» (1 Co 1, 3).

3. Además de alegrarnos por el consuelo y la misericordia de Dios, queremos agradecerle el regalo que nos ha hecho en la persona de D. Antonio y la fecundidad espiritual de su pontificado, como hemos escuchado en la semblanza espiritual al inicio de esta celebración. Las diversas iglesias particulares, a las que él ha servido como sacerdote y obispo, Toledo, Guadix, Cádiz, Ceuta y Málaga, agradecemos al Señor el don de su presencia, de su entrega generosa y de su ministerio episcopal.  Dios quiso otorgarle el ministerio sacerdotal, asociándolo a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, para ser representación sacramental suya (cf. Pastores dabo vobis, 16). Lo constituyó profeta y pastor para apacentar a su pueblo e iluminar sus pasos (cf. Is 49, 8-9), como hemos escuchado en el texto de Isaías. D. Antonio actuó en nombre de Jesucristo, el Buen Pastor, que cuida de sus ovejas.

4. En este tiempo cuaresmal nos preparamos para la cercana Pascua, celebracióndela muerte y resurrección del Señor. Nuestro hermano Antonio se nos ha adelantado a celebrar la Pascua. Él ha pasado ya por la muerte temporal y ahora entra en el misterio divino, para gozar plenamente de la resurrección de Jesucristo, para vivir la Luz inefable, para disfrutar de la alegría y de la pascua eterna.  Al recibir el bautismo inició el camino pascual en este mundo; ahora, concluida su peregrinación terrena, inicia “otra vida” de plenitud y de paz. Dios Padre, como hemos escuchado en el evangelio de san Juan, resucita a los muertos y les da vida: «Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, asítambién el Hijo da vida a los que quiere» (Jn 5, 21).

5. Los cristianos podemos gozar de la vida eterna ya en este mundo, de manera incoada, como en prenda. Jesús nos ha dicho: «En verdad, en verdad os digo:Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre enjuicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida» (Jn 5, 24). El Señor nos invita a seguirle y a cumplir su palabra: «Los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los quehayan hecho el mal, a una resurrección de juicio» (Jn 5, 29). Hoy pedimos al Señor que nos conceda vivir en la tierra de manera que podamos gozar después de esta vida de la resurrección gloriosa de los hijos de Dios.

San Pablo nos explica lo que sucede en la resurrección: «Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza (…). ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!» (1 Co 15, 42-43.56). Hoy pedimos de modo especial por nuestro hermano Antonio, para que Dios lo resucite y transforme su cuerpo frágil, que ha pasado por la muerte temporal, en cuerpo resucitado y glorioso. Y a nosotros que nos conceda la gracia de iniciar ya la vida eterna incoada en este mundo. En este último “adiós” a nuestro hermano Antonio, le pedimos a la Santísima Virgen de la Victoria, patrona de nuestra diócesis, que lo acompañe hasta la victoria definitiva y a la vida eterna. Amén.

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