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Semblanza del sacerdote D. Francisco Millán

D. Francisco Millán (segundo por la derecha), junto a D. José Ferrary, D. Antonio Coronado y el obispo D. Jesús Catalá
Publicado: 15/05/2018: 2949

Semblanza pronunciada por el sacerdote Fernando Aramburu González en la Misa funeral del sacerdote D. Francisco Millán, fallecido el 12 de mayo.

Semblanza de D. Francisco Millán Vázquez

+ 12 de mayo de 2018

Francisco Millán Vázquez nació un 27 de abril de 1927, en Tánger. En la fiesta de la Inmaculada Concepción de 1954, recibió la ordenación sacerdotal, en la capilla del Seminario de Málaga, de manos del entonces obispo auxiliar de Málaga Antonio Añoveros Ataún.

Su primera tarea pastoral la realizó en la Axarquía interior como misionero rural. Después de un período de estudios de homilética, fue nombrado vicario parroquial en San Patricio, tarea que desempeñó desde 1956 a 1961. En los últimos dos años de ese período fue vice-secretario de la Comisión Diocesana del Apostolado Litúrgico. En 1961 fue nombrado párroco de la iglesia del Espíritu Santo, en Málaga. Allí ejerció su ministerio durante casi 15 años, hasta 1975. Al mismo tiempo, durante diez de esos años, fue también Consiliario diocesano de la Juventud Femenina de Acción Católica.

Desde 1975 al 2002 fue capellán del Colegio Sierrablanca, dedicando muchas horas a la formación espiritual y humana de las familias vinculadas a ese colegio malagueño. A partir de 1983, sin abandonar esa tarea del colegio, y hasta 2002, su vida estuvo muy ligada a este lugar donde hoy nos encontramos. Vino a la Colonia de Santa Inés como párroco donde, por entonces, había solo un pequeño lugar de culto. Don Francisco contribuyó, con su celo apostólico y su preocupación social, al desarrollo humano, social y espiritual de las gentes que habitaban esta colonia. Levantó todo este complejo parroquial que quedó inaugurado en enero de 2002, justo cuando fue nombrado Vice-Canciller de la curia diocesana. Sin duda, le debió de costar abandonar el barco que él mismo había construido. También ahí demostró que siempre quiso trabajar con espíritu de obediencia y en servicio a la Iglesia, sin buscar gloria humana alguna.

También en esos años fue consiliario diocesano de diversas asociaciones: Oficinistas Mujeres de Acción Católica, Movimiento de Acción Cristiana. Fue también miembro del equipo sacerdotal de colaboración con la Pastoral vocacional y el Seminario Menor.

A partir de 2002 su servicio a la diócesis de Málaga estuvo ligado a la curia diocesana, primero, como decíamos, en calidad de Vice-Canciller. Desde 2004 hasta 2009 fue Notario del Tribunal Eclesiástico de Málaga. De 2008 a 2009 también fue confesor ordinario de las Monjas Cistercienses del Monasterio de Santa Ana, en Málaga.

Pero hasta hace poco más de una semana, hasta este pasado 5 de mayo, pocos días después de celebrar sus 91 años, no dejó de trabajar, pues siguió en la secretaría judicial de la curia diocesana, recibiendo y acogiendo con la máxima atención y caridad pastoral a todos los que acudían.

No podemos dejar de lado que desde 1968 conoció la labor que el Opus Dei desarrollaba con los sacerdotes diocesanos, impulsando la fidelidad y fecundidad de su vocación sacerdotal. Y así, en ese mismo año, siguiendo también la llamada del Señor, se asoció a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y tuvo ocasión de conocer las enseñanzas de San Josemaría, fundador del Opus Dei, al que pudo conocer en la casa de retiros Pozoalbero, en Jérez de la Frontera, en el año 1972. Sin duda, esta llamada dentro de su llamada, con la gracia de Dios, supuso para don Francisco un apoyo muy importante que marcó, desde entonces, su vida sacerdotal de servicio a Dios, a la Iglesia en Málaga y a las almas que encontró a lo largo de su vida.

También quisiera destacar sus muchas horas al confesonario en los distintos lugares donde ejerció su ministerio. Atendió a multitud de enfermos en sus casas y en los hospitales. Cuidó también de la atención espiritual de muchos sacerdotes, al mismo tiempo que nunca dejaba su propia dirección espiritual, muchas veces escuchando y poniendo en práctica los consejos que recibía de compañeros a veces mucho más jóvenes que él.

Todos los que le hemos conocido un poco más de cerca, hemos comprobado su capacidad de querer, su generosidad y paciencia, su disponibilidad. Don Francisco también se dejaba querer: en concreto, su hermana Carmen cuidó de él durante tantos años; a ella la consideraba su ángel de la guarda. Siempre tuvo muy buen humor, hasta el último día de su vida en la tierra. Nunca hizo una tragedia de su delicada salud, que acarreaba desde hacía muchos años, ni siquiera en sus últimos días, en esta especie de “semana de pasión”, del 5 al 12 de mayo, que ha concluido con su encuentro definitivo con el Señor. Ese 12 de mayo, a las pocas minutos de recibir el Viático, ya veía que no podía más, y con total lucidez, dijo: “hoy es sábado, día de la Virgen; celebramos además el día del Beato Álvaro del Portillo: es el día para morirme”. Demos gracias a Dios por la vida de este hermano nuestro sacerdote. Se podría resumir en dos palabras: Fidelidad y amor. Descanse en Paz.

Fernando Aramburu González
 

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