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Carta a María

María, en una imagen creada por la artista Kristyn Brown
Publicado: 06/05/2019: 613

Carta a la Virgen, en el mes de mayo, del sacerdote Lorenzo Orellana Hurtado.

Aquí puedes escuchar la Carta a María en boca de su autor, el sacerdote Lorenzo Orellana

Madre, estamos en tu tiempo. Tú eres la Virgen de la Pascua, figura y modelo de la Iglesia, y, por eso, la liturgia te dedica el Regina coeli y el Mes de Mayo.

Yo, hoy, con Gabriel, el enviado de Dios, te digo: Alégrate. ¡Qué bien cumplió el ángel su papel! ¿Lo habría ensayado, Madre? Es verdad que todos tenemos nuestros gabrieles haciéndonos el bien. Madre, ojalá no falten buenos gabrieles en las familias, la Iglesia y el mundo.

Y con Gabriel digo: Alégrate. ¡Qué presentación! Chaire en griego, que se ha interpretado como una fórmula salutativa (san Jerónimo la tradujo por el saludo latino: Ave), pero es mucho más, pues hunde sus raíces en charis, que significa gracia, por lo que el cielo, en esta primera palabra, une la alegría, el saludo y la gracia. ¡Qué manera tan única de sintetizar el programa de tu Hijo en una mínima palabra! ¡Ay, si pudiéramos transmitir el Evangelio con la precisión, claridad y hondura, de la alegría y la gracia!

Y a continuación, Gabriel no te llama por tu nombre, sino por el que el cielo le dicta: llena de gracia, kecharitomene, que es mucho más que ‘llena’, pues anuncia plenitud. Gratia plena decimos en latín. Plena, rebosante de gracia.

Por ello, Madre, cuando te invoco con estas dos primeras palabras, se me impone decir: Totus tuus, pues ante ti, sólo cabe la admiración y la alegría: Chaire, kecharitomene.

El Señor está contigo. Estas palabras las conocías, pues aparecen en la Escritura cada vez que Dios encarga a alguien una acción importante y difícil en bien del pueblo.

¿Acaso la maternidad es una acción especialmente difícil? Ciertamente ser madre es algo único y, por eso, habría que decirle a toda mujer gestante: ‘el Señor está contigo’, pero la mayor dificultad es que a ti se te pedía concebir sin intervención de varón. El Señor está contigo es una invitación a la confianza, es como si te estuvieran diciendo: el Señor te toma a su servicio para realizar lo que quiere hacer, es Él quien va a actuar. Y tú, te turbaste. Pero turbada (como cualquiera ante lo inesperado) dijiste: fiat, hágase. Gracias, Madre.

Por eso, te digo con Isabel: ¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Y ya está dicho todo.

Bendita, sinónimo de santa, al que Isabel añadió el mayor superlativo: entre todas las mujeres. Sí, tú, la más santa. Y bendito el fruto de tu vientre. E Isabel reconoció que llevabas en tu seno, “al bendito”, por lo que te llamó: la madre de su “Señor”.

Y, ahora, con la fe de la Iglesia te digo: Santa María, Madre de Dios. Y estoy proclamando tu santidad y maternidad divina. Un mini-credo que nos invita a alabar el misterio insondable del amor de Dios que te convirtió en Madre del Verbo Encarnado. Santa María, Madre de Dios, ¡qué doble afirmación! No se puede decir más, con menos. Me postro en tu presencia, sagrario vivo del amor de Dios y te digo: Ruega por nosotros pecadores. Ruega, porque tú intercedes por nosotros, como dice Lumen gentium: “la santísima Virgen no ha dejado su misión salvadora, sino que .... Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan”.

Y como nuestra peregrinación solo concluye con la muerte, añado: Ruega, por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Y confieso, con Teilhard de Chardin, que “la muerte es la encargada de practicar, hasta el fondo de nosotros mismos, la abertura requerida… Y así, su poder nefasto de descomponer y disolver se hallará puesto al servicio de la más sublime de las operaciones de la Vida”. Por lo que la muerte se convierte en la que nos prepara para alcanzar el seno del Padre. Esa es mi esperanza: volver con tu ayuda y la del Espíritu, a la unidad que nos ha engendrado, porque “jamás se ha oído decir que ni uno solo de cuantos han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio y reclamando vuestro socorro, haya sido abandonado de vos. ¡Oh Virgen Misericordiosa y Bendita!” Gracias, Madre.

Lorenzo Orellana

Sacerdote diocesano