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Colichet, un camino de esperanza frente al sida

Publicado: 02/12/2019: 502

El 1 de diciembre es el Día Mundial de la Lucha Contra el Sida, una enfermedad que se ha cobrado la vida de más de 35 millones de personas en todo el mundo desde que se declararon los primeros casos hace más de 35 años. Pero la Diócesis de Málaga sigue alentando desde 1992 “Un camino de esperanza” para las personas con VIH que se llama Colichet.

Una casa situada en Churriana en cuyo nacimiento tuvo mucho que ver el doctor Francisco Gómez Trujillo, que además de atender a los enfermos de sida mientras estaban en el hospital, se preocupó por el futuro de aquellos pacientes a los que se les daba el alta y no contaban con un lugar donde pudieran ofrecerles todos los cuidados que necesitaban. Él fue la persona que se empeñó en hacer posible este proyecto. Para ello llamó a todas las puertas necesarias, arropado por un equipo de compañeros. Gracias a su implicación y compromiso, consiguieron que, en el año 1992, siendo obispo de Málaga D. Ramón Buxarrais, se acondicionara este antiguo cortijo y se instalaran cuatro Hijas de la Caridad dispuestas a ofrecer todos los cuidados necesarios a estos enfermos. Durante los primeros años, también desempeñaron una gran labor los Hermanos de San Juan de Dios, que hacían turnos para velar por las noches, y un grupo de voluntarios de las Juventudes Marianas Vicencianas.

«Al principio, fallecían dos y tres personas por mes. Su estancia era muy corta porque no había tratamientos útiles. Desde el año 1996 los avances médicos cambiaron el panorama por completo y se ha ido consiguiendo que la enfermedad se haga crónica. Antes, los acogidos podían llegar a tomar hasta veinte pastillas diarias, ahora han logrado que, con una sola, tengan mejores resultados», comenta Sor Juana, uno de los pilares de este centro, que además es médica.

Esta Hija de la Caridad, fue la primera directora de Colichet, y la única religiosa que continúa en la casa desde el principio. Nos cuenta que «los primeros años fueron muy difíciles porque había mucho desconocimiento. Sin embargo, en Churriana nos acogieron muy bien, a pesar de que era una enfermedad que daba pánico».

«Aquí he vuelto a nacer»

Es la frase que más repite Isabel (Valencia, 1970), que llegó a Colichet hace tres años, cuando la llevaron en camilla desde el Hospital Regional Carlos Haya. «Nueve meses antes había sufrido un ictus y, como vivía en la calle, no tenía ningún lugar al que volver para recuperarme. Llegué aquí gracias a sor Juana, porque mi vida estaba totalmente desordenada». Al hablar de Colichet le cambia la voz, para decir una y otra vez: «aquí he vuelto a nacer. He estado en más centros para intentar superar el problema de las adicciones, pero en ninguno de ellos he conocido el amor y la atención con la que te cuidan aquí. Esta casa me está ayudando a conocer las cosas buenas que tengo como persona y que no conocía. Las charlas del Teléfono de la Esperanza a las que acudo los sábados también me están haciendo mucho más fuerte interiormente, me hace conocerme cada vez un poco más. Esta casa me ha dado la oportunidad de volver a conectar de nuevo con mi hermana a través de internet, pues hacía mucho tiempo que no sabían nada de mí, y ahora estamos en contacto todos los días. Aquí, he empezado a sentirme querida, valorada y estoy feliz. He llevado una vida muy dura de un sitio a otro. Hace tres años y medio era una mujer sin ganas de vivir, no tenía ilusión por nada y lo veía todo negro».

«Cuando llegó a la casa, - explica la directora, Paqui Cabello- Isabel sufría un gran deterioro físico y psicológico. Después de un tiempo, cuando ya estaba mejor, entró un día en mi despacho y me dijo: “no pienses que me voy a quedar aquí, porque he estado en otros centros de acogida y nunca he aguantado en ninguno” y... Ya lleva tres años. Está feliz».

Toda una vida al servicio de los enfermos y los pobres

Hace apenas dos meses falleció, a los 93 años, sor Luisa, tras toda una vida de servicio a los enfermos y a los pobres. Esta Hija de la Caridad ha estado trabajando de manera incansable hasta sus últimos días, siempre al servicio de los más necesitados, dejando una huella imborrable en el corazón de cuantos la han conocido. Su vida ha sido curar, acompañar e incluso velar a centenares de enfermos en clínicas y hospitales de Barcelona, Vitoria, Madrid, Murcia, Algeciras, Ceuta y Granada. Llegó a Colichet en el momento de su jubilación, cuando aún se encontraba «con energías suficientes para hacer algo para ayudar a los enfermos», como solía decir. Allí se encargó de cocinar para los acogidos, sin perder nunca el contacto con ellos y procurándoles una alimentación saludable porque para ella una comida bien preparada no solo podía darles energía, también podía alegrarles un poco la vida. Le prometió al Señor que iba a servir a los pobres desde el momento de su consagración. Y así fue hasta el último momento porque, como ella misma afirmaba, «el Señor, a cambio, me ha dado la felicidad y la alegría de servirle».

 

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