NoticiaDiario de un confinamiento

Eduardo González: «La oración debe ser diaria, no por rachas»

Eduardo González Naranjo
Publicado: 30/05/2020: 2067

Eduardo González Naranjo es malagueño, esposo y padre de cuatro hijos. Empresario del sector de los recursos humanos y secretario general de la congregación de Mena.

«Debemos vivir la alegría de la resurrección, a diario y no solo por Pascua, dando día a día testimonio de ella»

Es frágil la condición humana. Es débil su voluntad y voluble su memoria. Necesita contemplar la buena muerte de Cristo en su capilla perchelera para recordar que su muerte fue buena y que nos abrió de par en par las puertas a la resurrección. Necesita de vez en cuando rememorar el milagro que Nuestra Señora de la Soledad concedió, allá por 1756, a los marinos de la Armada Española que con fe pedían su auxilio frente a nuestras costas para ser conscientes que nuestra fe es la misma.

Y del mismo modo, el cristiano necesita que la liturgia de la Iglesia le recuerde cada año, por Pascua, que Cristo resucitó para reafirmarnos en nuestra fe en la resurrección. Cada año, primavera tras primavera, necesitamos de ese estímulo, de esa celebración del Triduo Pascual. Y, sin embargo, nos olvidamos que domingo a domingo se nos presenta en la Eucaristía. Pero la relatividad que nos rodea, posiblemente en muchas ocasiones, vence a nuestra voluntad, nos lleva a olvidarlo y a celebrar la resurrección de Cristo sólo en Pascua, cuando deberíamos hacerlo a diario, como eje y pilar de nuestra fe.

Estos tiempos de pandemia también, casi sin darnos cuenta, hacen mella en esta fe. La gravedad de la situación sanitaria nos encierra en nosotros mismos y en nuestra fragilidad humana, dejando en un segundo plano la alegría de la resurrección. Lo temporal desplaza a lo eterno. Olvidamos que, como decía Santa Teresa, Dios no se muda. Todo lo demás sí.

Rezamos por el fin de esta crisis mundial, mientras vemos las cifras de fallecidos bajo el relativismo de la estadística. Miramos el número pero no a las personas que hay tras ellos. Nuestra voluble memoria se olvida de rezar por ellos también, se olvida del infinito poder de la oración, pero la oración por el prójimo.

Uno de los regalos más preciados que conservo es una Biblia que hace años me entregó el primer párroco que tuvo Santa Rosa de Lima, don Jesús Sánchez. Y su valor no se lo doy solo por lo que es y de quien vino, sino por su dedicatoria: “Eduardo, rezo por vosotros.” Así, sin más, en escasas palabras, me enseñó el poder de la oración por el prójimo. Y lo escribió en tiempo presente, como queriendo hacer eterna esa acción.

Y así debe ser, diaria y no por rachas. No cuando hace falta, sino también cuando aparentemente no la hace. Sin descanso. Igual que debemos vivir la alegría de la resurrección, a diario y no solo por Pascua, dando día a día testimonio de ella. Siendo, en palabras de san Juan Pablo II, testigos de esperanza.    
  
 

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