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Archicofradía del Stmo. Cristo de la Redención y Nuestra Señora de los Dolores (Parr. San Juan Bautista-Málaga)

Publicado: 26/03/2021: 289

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, el Viernes de Dolores, 26 de marzo de 2021, en la Función Principal de Instituto de la Archicofradía del Stmo. Cristo de la Redención y Nuestra Señora de los Dolores, en la parroquia de San Juan Bautista de Málaga.

COFRADÍA DEL CRISTO DE LA REDENCIÓN

Y NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

(Parroquia de San Juan Bautista – Málaga, 26 marzo 2021)

Lecturas: Heb 5,7-9; Sal 30,2-6-15-16.20; Jn 19,25-27.

1.- Nos encontramos en el final del septenario de la “Muy Antigua, Venerable y Pontificia Archicofradía Sacramental de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Redención y Nuestra Señora de los Dolores” en esta querida y hermosa parroquia de San Juan Bautista de Málaga.

Hemos escuchado en la carta a los Hebreos que Jesús de Nazaret, «aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5, 8). Tanto en la vida de Jesús como en la de la Virgen hay un proceso. Según el evangelista Juan existe una oposición de las autoridades judías contra Jesús, que culmina con su muerte.

Jesús es perseguido por sus enemigos que quieren llevarlo al suplicio de la cruz. El Santo, el Inocente, el Justo, es acusado falsamente para ser condenado a muerte, porque su voz molesta y su presencia es una denuncia para los que obran la iniquidad.

2.- Junto a Jesús está, inseparable, la persona de su Madre. Dios lo ha querido así. La figura de la Virgen no es una simple devoción de la piedad cristiana. Dios-Padre quiso que su Hijo se encarnara en el seno de una mujer, como dice san Pablo: «Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Gal 4, 4).

Hoy celebramos la Fiesta de la Virgen de los Dolores. La vida de María Santísima, la Madre del Señor, está asociada a la vida de su Hijo Jesús. Ella es “Virgen de Dolores”, que compartió los sufrimientos de su Hijo desde su concepción hasta su muerte en la cruz. Toda la vida de María es un proceso de aceptación de la voluntad de Dios; y eso le acarrea sufrimientos y dolores.

María aceptó la maternidad fiándose de las palabras del ángel. Y cuando lo llevó para presentarlo al Señor en el templo de Jerusalén, tuvo que escuchar la amarga profecía de Simeón: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción ˗y a ti misma una espada te traspasará el alma˗» (Lc 2, 34-35).

La espada de dolor atravesó el alma de la Virgen muchas veces a lo largo de su vida y no solamente cuando murió su Hijo en la cruz; por eso la podemos llamar “Virgen de los Dolores”.

3.- Jesús está en manos de Dios, su Padre; y la Virgen está en manos de ambos: Padre e Hijo. Es cierto que Dios salva mediante su Hijo redentor, como lleva el nombre de la imagen de la cofradía: “Cristo de la Redención”.

Dios aceptó la ofrenda de su Hijo en la cruz y aceptó también la ofrenda de la Virgen María; y nos salva a nosotros.

Pero Dios-Padre no ahorra el sufrimiento de su Hijo, ni el de la Virgen; ni el de cada uno de nosotros. Dios-Padre acoge la plegaria de su Hijo unigénito, Jesucristo, quien pasa por la muerte temporal y resucita venciendo el imperio de la muerte.

Jesús rezó a su Padre en el huerto de Getsemaní: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26, 39).

Nosotros rezamos el “Padrenuestro” pidiendo que se haga la voluntad de Dios; pero, en realidad, hacemos a veces una reserva interior; porque solemos pedir que Dios haga nuestra voluntad. Queremos que Dios sea nuestro servidor y que cumpla nuestros deseos. Incluso, a veces, cuando no se realiza nuestra voluntad, nos atrevemos a enfadarnos con Él. Tal vez no hemos aprendido en qué consiste el amor de Dios y cómo debemos relacionarnos con Él.

No es esa la actitud del Hijo de Dios, ni la de su Madre, la Virgen de los Dolores. Ellos nos enseñan a lo largo de toda su vida a aceptar la voluntad de Dios, quien no ahorra los sufrimientos y dolores, que nosotros tanto rechazamos y huimos de ellos.

4.- Con la figura de una espada atravesando el alma de María el evangelista Lucas describe el difícil proceso por el que la Virgen de los Dolores aprende la obediencia a Dios.

Si contemplamos la hermosa imagen de la Virgen, podemos apreciar su delicado rostro, ligeramente inclinado y con un leve balbuceo de los labios como en actitud de oración.

Cuando hemos escuchado la secuencia del “Stabat Mater dolorosa iuxta crucem lacrimosa”, imaginaba a la Virgen al pie de la cruz (cf. Jn 19,25-27). La imagen que contemplamos expresa, en cierto modo, la actitud de María junto a la cruz de su Hijo. Con una mirada lánguida, con unos labios que balbucean una oración, con unas manos que se acercan a su corazón porque le duele la espada clavada en su alma, al ver a su Hijo muriendo en la cruz.

Ella está dirigiéndose a Dios-Padre para decirle que se haga su voluntad. Cuando contemplemos esta imagen hagamos como Ella y repitamos en nuestro interior: “Dios mío, hágase tu voluntad y no la mía”. El hecho de ser la Madre de Jesús no le garantizó la exención del dolor.

5.- Ella se encuentra entre el “pequeño resto” de fieles que confían en Dios; pertenece al grupo que forma la comunidad de creyentes, porque Ella ha superado la prueba y ha reconocido el signo de la presencia de Dios en su vida y en la humanidad entera. Dios-Hijo se hace presente en el mundo, aunque con dolor y sufrimiento, para salvar la humanidad; para salvarnos a cada uno de nosotros.

María hizo un proceso de aprendizaje, como tenemos que hacerlo también nosotros. Entre la Madre de Jesús y su Hijo se dan ciertas tensiones, como aparece en algunas escenas del misterio público de Jesús. En las boda de Caná Jesús le responde:

«Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2, 4).

Esto es una llamada del Hijo para que Ella supere los lazos biológicos de su maternidad y se sitúe en la relación de fe y de discipulado. María es la primera discípula de Jesús que aprende del Maestro.

La fe de María no es solamente un don o un privilegio, sino una fe vivida en un proceso de aceptación de la voluntad de Dios, no siempre fácil ni exento de sufrimiento; es una fe probada y dolorosa.

La Virgen de los Dolores es para todos nosotros un ejemplo de la aceptación de la voluntad de Dios. Debemos contemplar a Dios en todo lo que nos suceda: alegrías o tristezas, prosperidad o adversidad, salud o enfermedad. Solemos tener la tendencia de acordarnos de Dios en los momentos peores, para pedirle que nos los quite; pero solemos ser menos agradecidos en los momentos mejores de la vida. Pero todos los acontecimientos de nuestra vida hemos de verlos como venidos de la bondadosa y paternal mano de Dios, que no quiere nuestro mal, como tampoco quería el de su Hijo.

Entremos en la escuela de la gran discípula de Jesús y aprendamos para purificar nuestra fe.

6.- Hoy queremos tener presente ante la Virgen de los Dolores a todas aquellas personas que sufren en su cuerpo o en su espíritu. Los enfermos y los que viven en necesidad son miembros dolientes de Cristo, que recuerdan a toda la Iglesia la pasión del Señor y la comunión con su sufrimiento. Cristo sufre en ellos; y la Virgen sufre en ellos. El Cristo de la Redención nos salva y la Virgen su Madre es corredentora.

La experiencia de la pandemia nos ha ayudado a saber prescindir de cosas que nos parecían importantes y necesarias, pero que no lo son. Podemos aprender también a unirnos a los dolores de la Virgen María y a los sufrimientos de Jesús. Los sufrimientos que padece el ser humano, si van unidos a los de Cristo, tienen un valor incalculable, según los designios misteriosos de Dios.

Como nos recuerda el apóstol Pablo, él comparte los sufrimientos de Cristo y dice: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). Hemos de aprender a sufrir por la Iglesia. Cuando damos testimonio solemos recibir críticas y ataques; pero eso no debe dolernos.

Queridos hermanos, queridos cofrades de Cristo Redentor y devotos de la Virgen de los Dolores, ofrezcamos nuestra vida, nuestros sufrimientos y dolores, uniéndonos al sacrificio redentor de Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos salvó del pecado y de la muerte eterna.

Pedimos a la Santísima Virgen María, bajo esta advocación, que nos ayude a saber aceptar las contrariedades y sufrimientos de la vida, ofreciéndolos como Ella en oblación a Dios. Amén.

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