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Fiesta de la Virgen de los Dolores con la participación de la Orden Servita (Parroquia de San Felipe Neri-Málaga)

Publicado: 26/03/2021: 296

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la fiesta de la Virgen de los Dolores con la participación de la Orden Servita, celebrada en la parroquia de San Felipe Neri el 26 de marzo de 2021.

FIESTA DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES

CON LA PARTICIPACIÓN DE LA ORDEN SERVITA

(Parroquia de San Felipe Neri-Málaga, 26 marzo 2021)

Lecturas: Jr 20, 10-13; Sal 17, 2-7; Jn 10, 31-42.

1.- Las lecturas bíblicas, que la liturgia del viernes de pasión nos ofrece, presentan al justo perseguido. El profeta Jeremías es acechado por sus enemigos para vengarse, someterlo a prueba ignominiosa y acabar con él (cf. Jr 20, 10).

Su figura representa a Jesús, perseguido por sus enemigos que quieren llevarlo al suplicio de la cruz. El Santo, el Inocente, el Justo, es acusado falsamente para ser condenado a muerte, porque su voz molesta y su presencia es una denuncia para los que obran la iniquidad.

Hoy celebramos la Fiesta de la Virgen de los Dolores. La vida de María Santísima, la Madre del Señor, está asociada a la vida de su Hijo Jesús. Ella es “Virgen de Dolores”, que compartió los sufrimientos de su Hijo desde su concepción hasta su muerte en la cruz. Toda la vida de María es un proceso de aceptación de la voluntad de Dios; y eso le acarrea sus sufrimientos y sus dolores.

María aceptó la maternidad fiándose de las palabras del ángel. Y cuando lo llevó para presentarlo al Señor en el templo de Jerusalén, tuvo que escuchar la amarga profecía de Simeón: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción ˗y a ti misma una espada te traspasará el alma˗, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2, 34-35).

La espada de dolor atravesó el corazón de la Virgen muchas veces a lo largo de su vida; por eso la llamamos “Virgen de los Dolores”, cuya fiesta celebramos hoy en esta parroquia de la Santa Cruz y San Felipe Neri, con la participación de la orden servita.

2.- El justo, como dice Jeremías, pone su vida en manos de Dios para ser salvado de sus enemigos; y reza con fe: «el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes. Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará» (Jr 20, 11).

Es cierto que Dios lo salva. Salvó a su Hijo; aceptó la ofrenda de la Virgen María; nos salva a nosotros. Pero Dios-Padre no ahorra el sufrimiento de su Hijo, ni el de la Virgen, ni de cada uno de nosotros. Dios-Padre acoge la plegaria de su Hijo unigénito, Jesucristo, quien pasa por la muerte temporal y resucita venciendo el imperio de la muerte.

Nosotros rezamos el “Padrenuestro” pidiendo que se haga la voluntad de Dios; pero, en realidad, hacemos a veces una reserva interior; porque solemos pedir que Dios haga nuestra voluntad: “Hágase tu voluntad, pero concédeme lo que pido”. Queremos que Dios sea nuestro servidor y que cumpla nuestros deseos. No es esa la actitud del Hijo de Dios, ni la de su Madre, la Virgen de los Dolores. Ellos nos enseñan a lo largo de toda su vida a aceptar la voluntad de Dios, quien no ahorra los sufrimientos y dolores, que nosotros tanto rechazamos y huimos de ellos.

3.- Con la figura de una espada atravesando el alma de María el evangelista Lucas describe el difícil proceso por el que la Virgen de los Dolores aprende la obediencia a Dios.

Si contemplamos la imagen preciosa de la Virgen del escultor Fernando Ortiz, y nos fijamos en su mirada y en sus manos, que son los elementos más expresivos, podemos apreciar que tiene la mirada hacia arriba, como mirando a Dios, y con las manos con hacia abajo, con los dedos separados.

No está en actitud de petición, sino de lamento como preguntándose: “¿Qué han hecho con mi Hijo? Dios-Padre, ¿qué han hecho con tu Hijo? Mira cómo lo han dejado”. No es como la imagen de “La Piedad” de Miguel-Ángel, en la que la Virgen-Madre tiene a su Hijo muerto en su regazo.

Por otra parte, con su mirada hacia el cielo parece decir: “Dios mío, hágase tu voluntad. Esto no lo quería; pero hágase tu voluntad”. Cuando contemplemos esta imagen pensemos, como la Virgen dolorosa, en ambas cosas.

4.- El hecho de ser la Madre de Jesús no le garantizó la exención del dolor. Ella se encuentra entre el “pequeño resto” de fieles que confían en Dios; pertenece al grupo que forma la comunidad de creyentes, porque Ella ha superado la prueba y ha reconocido el signo de la presencia de Dios en su vida y en la humanidad. Dios-Hijo se hace presente en el mundo, aunque con dolor y sufrimiento, para salvar la humanidad; para salvarnos a cada uno de nosotros.

Entre la Madre de Jesús y su Hijo se dan algunas tensiones, como aparece en algunas escenas del misterio público de Jesús. Esto es una llamada del Hijo para que Ella supere los lazos biológicos de su maternidad y se sitúe en la relación de fe y de discipulado.

En una ocasión una mujer del pueblo exclamó: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron» (Lc 11, 27). Pero Jesús dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 28). Jesús no rechaza que su Madre sea bienaventurada; pero valora mucho más la escucha de la Palabra y la obediencia de María. Hay que aprender con María a ser buenos discípulos de Jesús.

La fe de María no es solamente un don o un privilegio, sino una fe vivida en un proceso de aceptación de la voluntad de Dios, no siempre fácil ni exento de sufrimiento; es una fe probada y dolorosa.

La Virgen de los Dolores es para todos nosotros un ejemplo de la aceptación de la voluntad de Dios. Debemos contemplar a Dios en todo lo que nos suceda: alegrías o tristezas, prosperidad o adversidad, salud o enfermedad; todos los acontecimientos de nuestra vida hemos de verlos como venidos de la bondadosa mano de Dios.

5.- Hoy queremos tener presente ante la Virgen de los Dolores a todas aquellas personas que sufren en su cuerpo o en su espíritu. Los enfermos y los que viven en necesidad son miembros dolientes de Cristo, que recuerdan a toda la Iglesia la pasión del Señor y la comunión con su sufrimiento. Cristo mismo sufre en ellos.

La experiencia de la pandemia nos ha ayudado a saber prescindir de cosas que nos parecían importantes y necesarias, pero que no lo son. Podemos aprender también a unirnos a los dolores de la Virgen María y a los sufrimientos de Jesús. Los sufrimientos que padece el ser humano, si van unidos a los de Cristo, tienen un valor incalculable, según los designios misteriosos de Dios.

Como nos recuerda el apóstol Pablo, él comparte los sufrimientos de Cristo y dice: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24).

Queridos miembros de la Orden Servita, queridos fieles y devotos de la Virgen de los Dolores, ofrezcamos nuestra vida, nuestros dolores y sufrimientos, uniéndonos al sacrificio de Jesucristo y a la oblación de su Santísima Madre, la Virgen de los Dolores.

Pedimos a la Santísima Virgen María que nos ayude a saber aceptar las contrariedades y sufrimientos de la vida, ofreciéndolos en oblación a Dios. Amén.

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