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Misa Crismal (Catedral-Málaga)

Misa Crismal, el Miércoles Santo de 2021 · Autor: R. PÉREZ
Publicado: 31/03/2021: 136

MISA CRISMAL

(Catedral-Málaga, 31 marzo 2021)

Lecturas: Is 61, 1-3.6-9; Sal 88, 21-27; Ap 1, 5-8; Lc 4, 16-21.

Reavivar el don del ministerio en tiempo de crisis

1.- Un año más el Señor nos concede celebrar la Misa Crismal, para agradecerle la llamada gratuita y generosa que nos hizo al ministerio sacerdotal (o diaconal), para actuar en su nombre al servicio del pueblo de Dios.

El evangelio de hoy nos recuerda la escena en la sinagoga de Nazaret, donde Jesús explicó a sus paisanos el texto del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido» (Lc 4, 18). Cristo, como expresa su nombre, es el Ungido por excelencia; y nosotros, queridos sacerdotes, hemos sido ungidos por el Espíritu Santo para perpetuar en el tiempo la acción salvífica de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.

2.- Él fue enviado «a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18). Y nosotros somos enviados por Él para llevar a cabo en su nombre esa misma misión. Podemos estar agradecidos por la llamada que nos ha hecho y responderle de manera generosa y fiel, como Él espera de nosotros.

Nuestro mundo necesita escuchar esta buena nueva; muchos ciegos necesitan la luz de Dios; muchos cautivos necesitan ser liberados de ideologías, modas y teorías que van contra el ser humano; muchos pobres precisan enriquecerse mediante el encuentro con Cristo. El papa Benedicto XVI nos animaba a facilitar a nuestros contemporáneos el camino de acceso a Dios (cf. Verbum Domini, 2).

Estamos llamados a realizar esta gran misión entre nuestros hermanos, los hombres. ¡No perdamos el tiempo y las energías en discusiones banales o en proyectos mediocres, que nos apartan de nuestra tarea principal!

3.- Después del Concilio Vaticano II se vivió una etapa de cambios, que rompieron muchas estructuras, estilos pastorales arraigados y corsés, porque ya no servían. El papa Francisco ha hablado en varias ocasiones del “cambio de época” que está viviendo nuestro mundo.

Este cambio afecta a toda la sociedad, sobre todo a los sacerdotes. Se trata de un cambio lento, que dura ya varias décadas y que todavía no ha terminado. Muchos sacerdotes se han visto un tanto desplazados socialmente en este cambio y se encuentran como si estuvieran fuera de lugar.

Debemos seguir ofreciendo a nuestra sociedad lo más genuino de nuestra misión espiritual, como sacerdotes; aunque a veces nos consideren más bien como agentes de servicios sociales y caritativos, y no se interesen demasiado por lo que ofrecemos, que es a Cristo y su evangelio. Esto puede hacernos sentir incómodos, pero hemos de aceptarlo con gozo, asumiendo nuestra misión y nuestra responsabilidad.

Se viene hablando desde hace muchos años del desencanto, del desánimo, o del desafecto de algunos sacerdotes hacia lo institucional; todo ello puede conducir a la apatía y a la pérdida del gozo en el ministerio sacerdotal. Hemos de reafirmar y consolidar nuestra relación personal con Cristo sacerdote, para superar estas dificultades.

4.- Es necesario renovar la gracia de la ordenación sacerdotal, como dice Pablo a Timoteo: «Te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza» (2 Tim 1, 6-7). Y le anima a dar testimonio de Jesucristo, tomando parte en los padecimientos por el Evangelio (cf. 2 Tim 1, 8).

Queridos sacerdotes, os animo a reavivar el carisma sacerdotal y asumir con gozo los trabajos por el Evangelio. Somos conscientes de las dificultades y de los obstáculos que encontramos diariamente. Pero es necesario adaptarse con creatividad e ilusión, con alegría y decisión, como habéis hecho de modo especial en este tiempo de pandemia, permaneciendo siempre unidos íntimamente a Jesucristo. Hemos de renovar nuestro corazón de pastores del pueblo de Dios.

5.- El papa Francisco habla de una crisis, que la pandemia ha hecho aflorar con mayor fuerza, y que “abarca las ideologías, la política, la economía, la tecnología, la ecología, la religión (…). Se manifiesta como un acontecimiento extraordinario, que siempre causa una sensación de inquietud, ansiedad, desequilibrio e incertidumbre en las decisiones que se deben tomar” (Discurso a la Curia Romana, 5. Vaticano, 21.12.2020).

El mismo Jesús las vivió en diversos momentos de su vida: en las tentaciones en el desierto (cf. Mt 4, 1-11), en Getsemaní (cf. Mt 26, 38-39), en la cruz (cf. Mt 27, 45). Y, a pesar de ello, con confianza total entregó su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23,46); se fio del Padre. Nosotros también hemos de fiarnos de quien nos ha llamado.

El Evangelio es el primero que nos pone en crisis, porque aceptar a Jesús y su mensaje puede resultar duro, como los discípulos que abandonaron al Maestro (cf. Jn 6, 60.66). Pero, sólo desde esta crisis puede brotar una profesión de fe: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). Esta puede ser nuestra profesión de fe y de amor: ¿A quién voy a acudir? ¡Tú lo eres todo para mí!

El Papa nos anima a superar las crisis: “Si volvemos a encontrar el valor y la humildad de decir en voz alta que el tiempo de crisis es un tiempo del Espíritu, entonces, incluso ante la experiencia de la oscuridad, la debilidad, la fragilidad, las contradicciones, el desconcierto, ya no nos sentiremos agobiados, sino que mantendremos constantemente una confianza íntima de que las cosas van a cambiar, que surge exclusivamente de la experiencia de una gracia escondida en la oscuridad. «Porque el oro se purifica con el fuego, y los que agradan a Dios, en el horno de la humillación» (Si 2,5)” (Discurso a la Curia Romana, 6. Vaticano, 21.12.2020).

6.- Queridos sacerdotes y diáconos, sigamos trabajando con ilusión y esperanza por un presbiterio que viva la fraternidad real y comprometida; que sepa amar y respetar al hermano sacerdote; que comparta con sus hermanos y con los fieles (laicos y religiosos) ilusiones, esperanzas y gozos; que acepte sin protestar, con amor y por amor a Cristo, las fatigas por el Reino; que asuma los fracasos y las desilusiones en su trabajo pastoral, sin echar la culpa a nadie; que promueva la ayuda mutua entre los sacerdotes cercanos, sean del mismo arciprestazgo, de grupos de revisión de vida, de compañeros de curso o de grupos de amigos. Cualquier forma de fraternidad sacerdotal es válida; y desearía que las potenciáramos todas.

En breve haréis la renovación de las promesas sacerdotales, que hicimos en el día de nuestra ordenación, respondiendo a la llamada del Señor.

Agradezco de corazón vuestra entrega en el ministerio, vuestra generosidad y fidelidad a la misión encomendada. ¡Gracias, gracias, por ser lo que sois y por asumir la tarea! Os quiero entrañablemente, aunque no os lo diga constantemente. Pero todos los días pido al Señor por vosotros; y deseo lo mejor para cada uno de vosotros.

Pedimos a Santa María de la Victoria que nos proteja con su amor maternal y nos acompañe en este tiempo difícil. Amén.

Audio de la Homilía

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