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Misa In Coena Domini del Jueves Santo (Catedral-Málaga)

Publicado: 01/04/2021: 96

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Misa "In Coena Domini" del Jueves Santo celebrada en la Catedral de Málaga el 1 de abril de 2021.

MISA “IN COENA DOMINI”

DEL JUEVES SANTO

(Catedral-Málaga, 1 abril 2021)

Lecturas: Ex 12,1-8.11-14; Sal 115,12-13.15-18; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15.

Eucaristía como sacrificio

1.- La liturgia del Jueves Santo nos ofrece la institución de la Eucaristía como memorial del sacrificio redentor de Jesucristo, quien no solo se entrega como alimento de vida eterna: «Esto es mi cuerpo» (Lc 22, 19), sino que manifiesta su valor sacrificial; se trata de un “cuerpo entregado” y de una “sangre derramada”: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros» (Lc 22, 19). «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22, 20).

La dimensión de auto-donación del sacramento eucarístico se funda en las palabras mismas del Salvador. No afirmó solamente que les daba de comer su cuerpo y de beber su sangre, sino que manifestó su valor sacrificial, haciendo presente de modo sacramental su sacrificio, que cumpliría en la cruz unas horas más tarde, para la salvación de todos. El sacrificio en la cruz y el sacramento eucarístico van indefectiblemente unidos.

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor» (n.1382).

La Eucaristía es presencia sacramental del acontecimiento del Calvario; es anuncio de la salvación ofrecida entonces y prenda de la plenitud de la salvación cuando el Señor vuelva.

2.- El mismo Jesús pidió a sus discípulos que perpetuaran su sacrificio en el memorial eucarístico: «Pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto, en memoria mía» (1 Co 11,24). Y lo mismo con el cáliz diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía» (1 Co 11,25).

El pueblo de Israel celebraba el sacrificio pascual en recuerdo de la liberación de Egipto, cuando el ángel del Señor hirió a los primogénitos de Egipto (Ex 12,12), salvando a los judíos. Era un recuerdo de algo ocurrido tiempo atrás.

Mientras que la Iglesia vive permanentemente del sacrificio pascual redentor de Cristo, que no es un simple recuerdo lleno de fe, sino una “actualización” del mismo, puesto que su sacrificio en la cruz se hace presente, perpetuándose sacramentalmente cada vez que comunidad cristiana lo celebra y lo ofrece por manos del ministro consagrado.

Por eso dice san Pablo: «Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1 Co 11,26). Se trata, pues, de una proclamación que actualiza el sacrificio redentor de Cristo.

El Salmo nos ha invitado a ser agradecidos a Dios por todo el bien que nos hace, alzando la copa de la salvación e invocando el nombre del Señor (cf. Sal 115,13). Le ofrecemos el sacrificio de alabanza, prometiéndole que cumpliremos su voluntad (cf. Sal 115,17-18).

3.- La Eucaristía ofrece la reconciliación obtenida por Cristo en el sacrificio de la cruz, una vez por todas, para la humanidad de todos los tiempos. Los sacrificios de la antigua alianza se repetían y cada vez había que matar un cordero pascual; sin embargo, Cristo se ofrece una sola vez y para siempre.

De ahí que “el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la eucaristía son un único sacrificio” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1367); y como decía san Juan Crisóstomo: “Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo. Por esta razón el sacrificio es siempre uno sólo [...]. También nosotros ofrecemos ahora aquella víctima, que se ofreció entonces y que jamás se consumirá» (Homilías sobre la carta a los Hebreos, 17, 3: PG 63, 131).

La Misa hace presente el único sacrificio de Cristo en la cruz; lo que se repite es su celebración memorial (cf. Pío XII, Mediator Dei [1947], 86, 89, 98,). De este modo, “el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo. La naturaleza sacrificial del misterio eucarístico no puede ser entendida, por tanto, como algo aparte, independiente de la cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del calvario” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistía, 12).

Cuando leemos privadamente la pasión del Señor lo hacemos como una narración histórica. Sin embargo, cuando celebramos la eucaristía se actualiza el misterio pascual del Señor; y comemos su cuerpo y bebemos su sangre, alimento de vida eterna.

4.- En el Jueves Santo celebramos la institución del sacerdocio, por el cual los ministros sagrados actúan en nombre y representación de Cristo (cf. Pastores dabo vobis, 16), para administrar los santos misterios. Sacerdocio y eucaristía se necesitan mutuamente; si no hay sacerdote, no puede haber eucaristía. Por eso hemos de rezar por los sacerdotes, para que el Señor nos regale “santos sacerdotes”, que configuren su vida a Cristo Sacerdote, Cabeza y Pastor. Jesucristo ha querido perpetuar su sacerdocio a través de personas con sus defectos y virtudes, como cualquier ser humano. Hemos de apreciar y valorar la persona y la figura del sacerdote y animar a las nuevas generaciones, para que valoren esa misión y estén dispuestos a responder generosamente a la llamada del Señor.

También celebramos hoy el Día del Amor fraterno. A ejemplo de Jesucristo, que se entregó por nosotros, seamos generosos con nuestros hermanos más necesitados. Hay muchas maneras de ejercer la caridad y de subvenir a las necesidades de quienes viven en la pobreza.

El Señor Jesús nos dio ejemplo de servicio, lavando los pies a los discípulos; este trabajo era propio de los esclavos. A ejemplo del Maestro, también nosotros debemos ser servidores unos de otros (cf. Jn 13,14-15).

Esta celebración del Jueves Santo está repleta de significado: de amor, entrega, sacrificio, sacerdocio, caridad fraterna. ¡Ojalá vaya penetrando todo este misterio de amor en nuestros corazones!

Pedimos a la Virgen María, primera discípula de Jesús y de su actitud de servicio, que nos ayude a ser humildes servidores y a ser buenos testigos del amor de Jesucristo. Amén.

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