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"Repóquer" de santos

Publicado: 10/05/2022: 1400

Formación

Un 12 de marzo de 1622, en la recién terminada basílica de San Pedro, el Papa Gregorio XV presidía la ceremonia de canonización, quizás más famosa y espectacular de la historia de la Iglesia. Ahora celebramos el IV Centenario.

Aquel histórico día para la Iglesia subieron a los altares Santa Teresa de Jesús, la reformadora del Carmelo y gran mística española; San Ignacio de Loyola,  fundador de la Compañía de Jesús; San Francisco Javier, jesuita, misionero universal y actual patrono de las misiones; el florentino San Felipe Neri, santo muy popular en Roma y fundador de la Congregación del Oratorio. Junto a ellos estaba un humilde patrón de Madrid, San Isidro, de profesión Labrador. 

Durante siglos se ha visto esta canonización, sin precedentes, como una demostración del poder de la corona española en el orden católico. Grandes hombres y mujeres de la Iglesia nacidos en España subían a los altares tras haber hecho un gran bien por la Iglesia. Cada uno de los santos reflejaba una realidad de la iglesia del momento: Teresa, significaba la necesidad de la reforma de las órdenes religiosas antiguas, como el Carmelo; Ignacio la fuerza de las nuevas congregaciones religiosas insertas en la modernidad, como los jesuitas; Felipe Neri, la urgencia de la reforma del clero secular; Francisco Javier, la mirada a las misiones y el nuevo empuje evangelizador; Isidro representaba la ascensión, todavía tímida de los seglares en el protagonismo de la misión de la Iglesia y la fuerza de la tradición religiosa popular entre los pueblos. Un «repóquer» de santos difícil de igualar.

En el juego del póquer, el repóquer es la reunión de cuatro cartas iguales más un comodín. En este elenco de santos podríamos pensar que los cuatro religiosos: Teresa, Ignacio, Javier y Felipe,  serían los cuatro «ases de la baraja», e Isidro Labrador el «comodín» que completaba el juego ganador. Nada más lejano de la realidad: en el juego de la vida, Dios siempre tiene guardado un «as en la manga». En principio iba a ser canonizado sólo Isidro, un humilde madrileño, casado y labrador del siglo XII, que llegó a la santidad de una manera sencilla, con su trabajo y mediante obras buenas, piadosas y de caridad: su vida fue «fe con obras», contraviniendo el lema protestante de que para salvarse solo basta la fe. A él, se fueron añadiendo, por influencia de las grandes monarquías española y francesa los nombres ilustres de Ignacio y Javier, Felipe Neri y Teresa.  Precisamente, el perfil de San Isidro era muy diferente al del resto de sus compañeros de viaje en aquella canonización. Pese a todo, fue el primero de los cinco y el que la encabezó, sin importar que los otros cuatro fuesen más universales y la devoción hacia ellos se diera por todo el orbe. 

Dos enseñanzas en este IV Centenario de esta canonización histórica. Son dos lecciones básicas de Teología espiritual. Primera: todos estamos llamados a la santidad, incluidos los seglares; y segunda: no hay un único modelo de santidad, sino que cada uno está llamado a ser santo desde la propia vocación y la realidad en que vive.

Alfonso Crespo

Párroco de San Pedro Apóstol de Málaga

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