NoticiaPatrona de la diócesis

Día 1: Testigo interior y mediadora

Publicado: 30/08/2012: 1240

 

NOVENA EN HONOR DE

SANTA MARÍA DE LA VICTORIA

Predicada por Monseñor Fernando Sebastián Aguilar

Málaga, septiembre 2010

 
Día 1.   INTRODUCCION

Me siento muy honrado y agradecido por haber recibido el encargo de comentar ante vosotros la grandeza de la Virgen María durante estos nueve días que preceden a la fiesta de Santa María  de la Victoria. Es una hermosa oportunidad  para agradecer a Málaga y a los católicos malagueños  su afecto y  hospitalidad en estos amables años de la jubilación que Dios me concede. Pero sobre todo es una ocasión preciosa para anunciar la grandeza de Dios que enriqueció nuestro mundo y nuestra vida con el don de esta Mujer singular, Madre de Cristo y Madre nuestra,  y agradecer a la Virgen María su continua protección maternal sobre la Diócesis y sobre esta Ciudad de Málaga.

Málaga es una gran ciudad con una larga historia. Existía ya como asentamiento comercial de los fenicios siete siglos antes de Cristo. Estuvo luego  bajo el poder militar de los cartagineses y fue ocupada por las legiones romanas en el año 218 antes de Cristo. Los romanos trajeron el latín, las vías de comunicación, la organización administrativa y el cristianismo. Bien sea directamente o a través de las Iglesias del norte de Africa, lo cierto es que Málaga recibió muy pronto la luz del evangelio de Jesucristo. Sabemos que en el año 290 el obispo malacitano Patricio asiste al concilio de Elvira, y en el 320 el Obispo de Málaga está presente en el Concilio de Nicea. El cristianismo crece en Málaga hasta el año 740 en el que es ocupada como consecuencia del expansionismo de los musulmanes. Vive como ciudad musulmana hasta 1487,  año en que es recuperada para España y para la Europa cristiana por los Reyes Católicos. Siete largos siglos que nos han dejado recuerdos gloriosos, pero que no lograron  anular la vitalidad de las antiguas raíces cristianas. Después de la reconquista, la ciudad crece y se extiende fuera de las antiguas fortificaciones. En fases sucesivas se amplía el puerto y llega a ser la primera ciudad comercial e industrial de España. Desde entonces, Málaga ha vivido épocas de esplendor y de decadencia, tiempos de abundancia y también años  de dura necesidad, Ha sufrido inundaciones, pestes, no han faltado guerras crueles, con levantamientos desesperados, agresiones sangrientas y duras represiones.

En los tiempos de prosperidad como en los tiempos de sufrimiento, la historia cristiana de Málaga está vinculada estrechamente a esta imagen venerable de Nuestra Señora de la Victoria. Durante el asedio a la ciudad, esta hermosa imagen de María  presidía la capilla de los Reyes, en este mismo lugar,  donde cada día se celebraba la eucaristía. El Rey Fernando la había recibido como un regalo del emperador Maximiliano I; la piedad y la majestad de su figura son expresión del arte  y del fervor católico de algún escultor centroeuropeo. En agradecimiento por la protección recibida de Nuestra Señora durante la dura campaña, y para expresar el gozo de la recuperación de Málaga para la gran familia cristiana, los Reyes Católicos la donaron a la ciudad. Desde entonces su presencia entre nosotros  es el signo glorioso y la firme garantía de nuestra identidad cristiana y europea. Pio IX la declaró Patrona de la Diócesis de Málaga el 8 de diciembre de 1867.

Durante estos casi cinco siglos y medio,  la imagen de. Santa María de la Victoria ha presidido la vida de la ciudad como una madre llena de misericordia, fuente de esperanza y consuelo para todos los que la invocan con fe. Ella ha sido testigo de todas las vicisitudes de la ciudad y ha recibido las confidencias de sus hijos. Por eso ocupa un lugar central en la historia espiritual de Málaga como expresión de su antigua y ferviente  identidad católica arraigada aquí desde los primeros años de la era cristiana. Por un lado es nexo de unión con la antigua tradición cristiana anterior a la dominación musulmana y es a la vez expresión de nuestra voluntaria y reiterada pertenencia a la dilatada comunión católica no limitada por diferencias culturales ni por fronteras políticas. No hay duda de que esta venerable imagen de Santa María de la Victoria tiene todos los méritos para ser reconocida como el símbolo de la identidad histórica y católica de la Ciudad de Málaga. Por eso está reconocida y ensalzada como patrona de la Ciudad y muy especialmente patrona y protectora de la Diócesis entera de Málaga, que es tanto como decir madre y protectora de todos los católicos malagueños.  

Aunque ha estado muy cerca de algunos hechos de armas, Sta. María de la Victoria no es amiga de la guerra sino de la paz. Su mensaje no es un mensaje de confrontación sino un mensaje de fe y de piedad, de libertad y convivencia y muy especialmente un mensaje de fidelidad y de esperanza. La presencia de esta imagen de la Madre de Jesús, el Hijo de Dios, es un recuerdo permanente del gran amor de Dios que envió su Hijo al mundo para el perdón de los pecados y para que todos los hombres nos reconociéramos como hijos de Dios y hermanos en una misma esperanza.

En estos días de la novena recordaremos con gratitud los muchos bienes, personales, familiares y comunitarios, que, a lo largo de los siglos,  Málaga y los malagueños han recibido de la Virgen María, gracias a esta devoción a su Patrona la Virgen de la Victoria. La Virgen María es siempre testigo interior y mediadora espiritual de la providencia amorosa de Dios y de la misteriosa presencia salvadora de Jesucristo nuestro Señor en medio de nuestra vida. Donde está María allí está Jesucristo y allí está Dios.  De esta providencia divina, anunciada y servida por la Virgen María,  han recibido nuestras familias el don del amor y de la fidelidad, el tesoro de los hijos y de la unidad familiar, fortaleza y consuelo en tiempos de  sufrimiento, paciencia en las tribulaciones, gozo y perseverancia en el cumplimiento de las obligaciones de cada día.

Pero como vivir es sobre todo caminar hacia delante, pediremos a la Virgen que siga protegiéndonos y que nos enseñe en todo momento el camino de la fe, de la piedad, de la vida cristiana. La estabilidad y la prosperidad de la Ciudad y de la Diócesis, la continuidad y el crecimiento de la fe cristiana, las virtudes y los buenos ejemplos de nuestros antepasados y de nuestros mayores son para nosotros como una tierra fecunda que alimenta nuestras vidas y tienen que ser también una verdadera exigencia de fidelidad y perseverancia. Aunque sean muchas las dificultades y sean grandes las presiones del ambiente, no podemos perder ahora por unas dificultades transitorias el vigor y el valor de nuestras tradiciones, No podemos perder los muchos bienes morales que hemos recibido de la tradición cristiana en la que hemos nacido y en la que queremos vivir y morir. De la devoción cristiana hemos recibido bienes morales tan grandes como la honradez y honestidad personal, la fidelidad familiar, valores morales como la piedad, la veracidad y la justicia, el perdón y la misericordia, la fortaleza y la esperanza en la vida eterna. Una de las obligaciones más grandes de los católicos españoles en estos momentos de dificultad es ser capaces de convencer del valor de nuestra fe cristiana a las nuevas generaciones con la sinceridad de nuestro testimonio y con la elocuencia de una vida fervorosa y santa.  

Gracias a esta presencia constante de la Virgen María, nuestra ciudad es también morada de Dios. Como dice la Escritura, no somos forasteros de Dios. La presencia de la Virgen  María con nosotros hace que nuestra ciudad sea una ciudad conocida y familiar para el Señor.  La Ciudad y la Diócesis de Málaga, habitadas por la Virgen María, no pueden dejar de serlo también por el Señor. Jesucristo está con nosotros, es vecino de nuestra Ciudad, es la Cabeza de nuestra Iglesia, una Cabeza que nos guía que nos vivifica, que nos impulsa hacia delante en el cumplimiento de nuestros deberes. La Virgen María, que está siempre unida estrechamente a Cristo desde el primer instante de su existencia, nos ayuda a entrar y vivir en la familia de Jesús; ella que reunió a los apóstoles en los momentos difíciles de la soledad, nos reúne también ahora a nosotros junto a Jesús, ella quiere ser modelo y madre de nuestra fe.

Donde está María está también la Iglesia. Ella es la Iglesia. Con ella y como ella somos morada de Dios, templo de Dios habitado y santificado por el Espíritu Santo. La fe cristiana no es sólo recuerdo de tradiciones gloriosas, sino que es iluminación y fortaleza de la mente y del corazón, fuerza y clarividencia para orientar nuestra vida y  construir nuestra convivencia, mejorando continuamente la calidad moral de nuestras familias, la educación cristiana de nuestros jóvenes, la justicia y la fraternidad de nuestra convivencia, la garantía de un progreso estable, pacífico, respetuoso con los derechos de las personas sin privilegios ni exclusiones, apoyados siempre en la ayuda de Dios y en el respeto a la ley moral.

Los católicos de hoy nos encontramos en la situación,  a veces dolorosa y exigente, de tener que vivir nuestra fe en un contexto de pluralismo y de indiferencia  que unas veces nos desconcierta, otras veces nos irrita y poco a poco  puede provocar en nosotros una sensación de inseguridad,  debilidad y de fracaso. La falta de respeto por la fe católica que vemos con frecuencia en algunos de nuestros gobernantes nos perturba y nos ofende. María es modelo de fe y fuente de fortaleza, ella también vivió su fe en mundo hostil, tuvo que pasar la gran prueba de la condena a muerte y de la crucifixión de su Hijo, que ella nos dé a los católicos malagueños y a todos  los católicos españoles la libertad y la fortaleza que necesitamos para ser fieles a nuestra tradición cristiana, para vivir como verdaderos cristianos en estos tiempos de prueba y para ser capaces de practicar con entereza y plena libertad nuestra fe en las presentes dificultades. Que sea Ella ahora y siempre para nosotros maestra de fe y de vida cristiana. Esto es lo que queremos aprender en estos días de la novena y le pedimos desde ahora con entera confianza. Que ella nos ayude para que estos días sean para todos nosotros una verdadera “escuela de fe y de vida cristiana”, una escuela de renovación de nuestra vida espiritual y cristiana.  La devoción a la Virgen de la Victoria tiene que ser un verdadero estímulo  y una ayuda poderosa para responder a lo que Dios quiere de nosotros.  Los tiempos de dificultades tienen que ser tiempos de renovación y de fervor. Hemos olvidado demasiado pronto que los católicos españoles somos hijos de mártires. Pensábamos que íbamos a vivir para siempre tiempos de bonanza pero la condición normal de la Iglesia y de los cristianos en este mundo es la situación de dificultades, de conflictos, de marginaciones. Este es el momento de vivir intensamente nuestra vocación cristiana como una vocación para la fidelidad, una vocación para el testimonio, una vocación para la santidad y el apostolado.  

Acabamos de rezar el Rosario. Esta devoción nos ayuda a contemplar los misterios de nuestra redención con los ojos de María, nos invita a amar a Jesús y a responder a su amor con el amor y la fidelidad de la Virgen María. La Virgen María de la Victoria tiene que ser para nosotros ayuda y estímulo para renovar nuestra vida y recuperar si hace falta el fervor personal y comunitario de los mejores tiempos del cristianismo en Málaga. Ensanchemos nuestros deseos y guardemos en nuestro corazón los buenos deseos que Ella levante en nuestro interior durante estos días de la novena. Estos días van a ser días de gracia, nos reunimos en torno a la Virgen María, como discípulos de Cristo, como hermanos miembros de la familia de Jesús que es la Iglesia, que Ella haga venir sobre nosotros la presencia y la acción santificadora del Espíritu de Dios. .

Autor: Fernando Sebastián Aguilar, arzobispo emérito