NoticiaPatrona de la diócesis

Día 3: Inmaculada, predestinada con Cristo

Publicado: 30/08/2012: 1238

 NOVENA EN HONOR DE

SANTA MARÍA DE LA VICTORIA

Predicada por Monseñor Fernando Sebastián Aguilar

Málaga, septiembre 2010

 

La doctrina

Cuando Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de María,  se abrió ante la humanidad una visión extraordinaria. La afirmación del Papa no era una afirmación aislada acerca  de una nota o de un privilegio singular de la Virgen María, que no tuviera relación con nosotros. Aquella definición dogmática descubrió ante los creyentes el puesto de la Virgen María en el plan salvífico de Dios y en el verdadero desarrollo histórico de la humanidad, La definición de la inmaculada concepción de María era la manifestación de la razón de ser de la Virgen María.

Nos detenemos unos minutos en analizar la significación de este dogma que descubre ante nosotros la singularidad y la grandeza de la virgen María. Según las enseñanzas de la Escritura y de la tradición católica, Dios concedió al primer hombre unos dones especiales que le capacitaban para vivir santamente  en este mundo y conseguir fácilmente el fin sobrenatural para el que había sido criado. Esta gracia y estos dones eran para toda la humanidad y tenían que haber sido patrimonio espiritual y moral de toda la especie humana. Pero Adán se dejó seducir por el demonio, las muchas maravillas que Dios había puesto en el mundo le deslumbraron y quiso ser el “dios” de sí mismo, el dios de su mundo, sin respetar la soberanía del único y verdadero Dios que lo había creado de la nada. Aquel primer pecado nos privó de la amistad original con Dios y desde entonces todos los humanos  nacemos esclavos de este mundo, privados de la gloria de Dios, seducidos por los bienes de la tierra y cargados de recelos y sospechas contra el amor y la bondad de Dios.

Tuvo que venir Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, para comenzar de nuevo la historia de la humanidad en una relación de amor y confianza filial con el Dios de la creación. Privados de la gracia de Dios y de la relación amorosa con el Dios del Cielo como consecuencia de aquel pecado de Adán, los hombres necesitamos  unirnos a Cristo, por la fe y el bautismo, para recuperar en El y por El el amor, la gracia y la bendición de Dios. Y con ello la esperanza de nuestra salvación eterna. Durante toda la vida tenemos que luchar trabajosamente para enderezar nuestros deseos, para librarnos de la seducción de las cosas de este mundo y ver delante de nosotros los dones de Dios y la esperanza de la vida eterna como los bienes más importantes de nuestra vida.

Todos vivíamos encerrados en el mundo material y privados de la gloria de Dios, menos una mujer privilegiada, María, la llena de gracia, la querida y bendecida por Dios desde el primer momento de su existencia. El Verbo de Dios, para venir del cielo a la tierra, para hacerse verdaderamente hombre tenía que comenzar su existencia humana naciendo de una mujer. Para ejecutar sus planes de salvación Dios necesitaba la colaboración de una mujer que aceptara espiritualmente al Hijo eterno de Dios como hijo suyo. Dios pensó en María y la trajo a la existencia para que fuese la madre del Verbo encarnado. La encarnación del Verbo de Dios comenzó en la maternidad de la Virgen María.

A partir de la escena de la anunciación recogida por el evangelista san Lucas, la Iglesia, los santos han llegado a comprender que María fue predestinada y llamada a la existencia como consecuencia de la encarnación del Hijo de Dios. Hacerse hombre es nacer de una mujer, fecundada en este caso no por un varón sino por el poder del Espíritu Santo. Cuando la Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, deciden que el Hijo de Dios se haga hombre, deciden a la vez la existencia de una mujer santa que lo acepte como hijo, que se vincule maternalmente a El y le acompañe en su vida y en su identidad humana como madre suya.

En el momento de la Encarnación, María es saludada por el ángel Gabriel como “la llena de gracia”, la bendecida, la querida por Dios. La Iglesia ha comprendido que ese amor de Dios la acompañó desde su llamada a la existencia. María fue predestinada a la existencia para ser madre de Cristo, No vivió ni un solo instante sin estar vinculada a su hijo por una maternidad santa y libremente aceptada en un acto perfecto de fe y de amor. Ella no dependió nunca de nadie más que de su hijo Jesucristo para sus relaciones con Dios, por eso no quedó comprendida en la gran catástrofe del pecado original. Desde que comenzó a vivir, su alma estuvo siendo habitada por el Espíritu Santo y preparada para aceptar un día la invitación a ser madre del Hijo de Dios, asociada a su hijo en la obra de la redención por el vínculo de una maternidad que dominó y configuró su vida unida en todo a la de su Hijo Jesucristo. María forma parte del misterio de la encarnación del Hijo de Dios para nuestra salvación, María viene a la existencia unida ya a Jesucristo que la santifica, la une a los planes de Dios y la preserva de todo pecado.

Así entendieron desde muy pronto los padres y doctores de la Iglesia el saludo del ángel, “llena de gracia”,  has hallado gracia delante de Dios”, estás unida al Hijo de Dios como madre del Redentor del mundo y por eso mismo eres amada de Dios, habitada por el Espíritu Santo, vinculada a Cristo desde el primer instante de tu existencia, al margen del pecado de Adán y de todas sus consecuencias.   San Justino y San Ireneo en el siglo II, y San Efrén en el siglo IV cantan la santidad de Cristo diciendo que sólo El y su madre han pisado la tierra limpios de todo pecado. Luego vinieron siglos de oscuridad y de discusiones. Los sabios no veían cómo  compaginar la inmaculada concepción de María con la universalidad de la redención de Cristo. Ahora, gracias a la intervención del magisterio de la Iglesia,  vemos con claridad que María fue también redimida por Cristo, pero de otra manera, desde el primer momento de su existencia, fue incorporada por El al mundo de la gracia y de la santidad sin pasar ni un instante por la privación de la gracia de Dios y el dominio del pecado.

Cuando afirmamos que la Virgen María fue concebida sin pecado original, lo que verdaderamente queremos decir es que vino a la existencia para ser madre de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, y que desde el primer momento de su existencia fue preparada y santificada por la Trinidad para que pudiera cumplir libremente esta vocación. Todas las gracias y todas las virtudes de los santos de la Antigua Alianza crecieron  por obra del Espíritu Santo en el corazón de la virgen de Nazaret. Ella creyó en las promesas de Dios como Abrahán, ella conversó íntimamente con Dios como Moisés, ella cantó las grandezas de Dios como David, ella amó y defendió la voluntad de dios como Isaías o Jeremías. Su alma estuvo siempre inundada por el conocimiento y el amor de Dios, sobre ella se derramaron todos los dones del Dios de la Alianza y ella respondió al amor de Dios con un amor y una dedicación que llevaba hasta el más alto cumplimiento las virtudes y los dones espirituales de todos los santos de Israel. Ella era la Hija de Sión, el pueblo de la Alianza, la humanidad bendecida y santificada por Dios.

Dios eligió un pueblo para preparar en él el acogimiento del Mesías, el acogimiento del Verbo hecho hombre. Este pueblo elegido fue infiel en muchas ocasiones, no entendió su verdadera vocación ni secundó los planes de Dios. Sólo la humilde muchacha de Nazaret, habitada y guiada por el Espíritu Santo, había vivido esa vocación y estaba preparada en su corazón para ofrecer su vida entera al servicio de los planes de Dios como madre del Mesías. Inmaculada, libre del pecado original, enriquecida con la gracia de Dios que la preparaba para entender los planes misericordiosos de Dios y ofrecer su vida de mujer y de madre para hacer posible el hacimiento de Jesús y por eso mismo la misma Encarnación del Hijo de Dios. 

Aplicaciones

En la noche oscura de la humanidad la virgen María brilla con luz nueva y anuncia la llegada del sol, la llegada del día luminoso en el que los hombres reciben los resplandores del rostro de Dios. María es el anuncio de la salvación, María es el principio de la redención, María es el primer miembro de la humanidad redimido, santificado, rescatado por Cristo para la vida eterna.  

Su santidad original nos recuerda que nosotros no somos santos de nacimiento. Nacemos pecadores, seducidos por el mundo y desconfiados de Dios. No podemos dejarnos llevar de nuestros deseos sin ejercer un discernimiento, sin evitar los malos deseos y rectificar nuestras tendencias egoístas por medio de la fe, de la penitencia y de la caridad. Tenemos que enderezar nuestro corazón con la oración y la penitencia para enseñarle a amar los mandamientos de la ley de Dios y los bienes de la vida eterna. Se engañan los que piensan que la libertad y la grandeza del hombre consiste en dar rienda suelta a todos sus deseos. No somos santos, no somos inocentes, necesitamos controlar y educar los deseos de nuestro corazón por los caminos de la justicia y de los mandamientos de Dios todopoderoso.

La contemplación de María toda santa nos ayuda también a descubrir lo que es realmente la humanidad querida por Dios, lo que es una vida humana auténtica y verdadera,  en comunión espiritual con Dios, unida amorosamente a Cristo, libre de pecado y transformada por la bondad y el amor de Dios. En ella descubrimos la verdadera humanidad querida por Dios, iniciada por Jesucristo, continuada y anunciada por la Iglesia de Jesucristo hasta el fin de los siglos.

Cristo, María, los santos de Dios, libres de pecado y en comunión espiritual con Dios,  son nuestros modelos de vida, ellos son la humanidad verdadera, rescatada por Cristo del poder del demonio, iluminada y santificada por Dios. Con María, toda santa, somos nosotros el pueblo de Dios en la tierra, ciudadanos del cielo, un pueblo justo, pacífico, fraternal que no acapara las riquezas de este mundo sino que lucha y trabaja para llevar frutos de paz y de justicia a los que padecen pobreza y enfermedad.

La presencia de María nos dice que sí es posible vencer el poder del mal en nuestra vida y en el mundo, nos dice que con la ayuda de Dios podemos librarnos del egoísmo, podemos liberarnos de la idolatría del cuerpo y de los bienes de la tierra, podemos construir un mundo justo y tranquilo comenzando por la conversión del corazón. En ella brilla la hermosura de nuestra vida humana tal como Dios la quiere. Ella es modelo de humanidad para hombres y mujeres,  para adultos y jóvenes. Ella nos enseña a vivir santamente, en relación cercana con Jesús, escuchando y meditando sus palabras, siguiendo de cerca sus ejemplos.

Vivimos en un mundo confuso en el que se mezcla la justicia con el pecado. Los cristianos tenemos que ponernos al lado de Cristo, al lado de María, al lado de Dios, tenemos que vivir limpios de pecado y colaboradores de las obras de Dios. María nos demuestra que es posible vivir santamente en este mundo de pecado, que es posible la piedad, la justicia, la castidad, la fidelidad, que es posible vivir en paz con Dios, que la vida santa es más humana, más feliz, más hermosa que la vida del laicismo, de la inmoralidad, del libertinaje.

Damos gracias a Dios porque nos ha llamado a vivir en el Reino luminoso de la gracia, como María y con María. Que ella nos proteja para no apartarnos nunca de la voluntad santa de Dios y para ayudar a nuestros hermanos a descubrir en la fe de Jesucristo el camino de la verdadera felicidad y de la salvación eterna.

Autor: Fernando Sebastián Aguilar, arzobispo emérito