NoticiaPatrona de la diócesis

Día 6: La primera discípula de Jesús

Publicado: 30/08/2012: 2061

 NOVENA EN HONOR DE

SANTA MARÍA DE LA VICTORIA

Predicada por Monseñor Fernando Sebastián Aguilar

Málaga, septiembre 2010

 

La doctrina

El estudio de la Sagrada Escritura y las reflexiones de los teólogos nos han enseñado a ver la vida de la Virgen María como un itinerario creciente de fe. Así es como nos la presenta el Papa Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris Mater. María,  como nosotros,  no comprendió su vida desde el principio con entera claridad, necesitó tiempo para conocer con detalle la vocación para la que había sido elegida. Fue descubriendo las exigencias de su maternidad y de su relación con Jesús, a medida que la vida de su Hijo se fue manifestando en su singularidad y en su grandeza. Necesitó tiempo para comprender en profundidad la vocación y la misión de su hijo, y por eso mismo vivió su propia vida como un descubrimiento sorprendente de la voluntad de Dios a la cual ella iba respondiendo con entera generosidad.

Tenía a su alrededor muchas voces confusas, que querían que el Mesías fuera un salvador guerrero, poderoso; ella no atendió ninguna otra voz que la voz de su hijo, sus enseñanzas, sus hechos, sus preferencias. Al margen de cualquier tentación de grandeza, de mundanidad, de esplendores mundanos. Durante toda su vida siguió siendo la sierva humilde y obediente del Señor, su amor, su entrega, le hicieron  ser la discípula humilde y callada que aprendió  de su hijo a prescindir de las pretensiones humanas y someterse enteramente a los verdaderos planes de Dios a medida que se iban manifestando en la vida y en las obras de su Hijo.

Primero fue en el templo. María y José pensaban que tenían una especial responsabilidad sobre la vida y las actuaciones de Jesús. Pero El les hace comprender que tiene que responder a los mandatos de su Padre celestial por encima de todas las relaciones humanas. “No sabéis que yo tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?” Su maternidad es una maternidad al servicio de los planes de Dios. Luego fue en Caná, Ella puede rogar a su Hijo que intervenga para resolver el apuro en que están los amigos de la boda, pero Jesús tiene que responder ante todo a los designios del Padre. ¿Acaso no ha llegado ya mi hora? La respuesta de María es una muestra de la confianza que tiene en su Hijo y de la gran reverencia que le merece, Ella no decide nada, simplemente se limita a decir; “haced lo que El os diga”. Eso mismo es lo que hace ella y lo que nos dice continuamente a cada uno de nosotros “Haz siempre lo que te diga Jesús”. Lo que te dice en el sermón de la montaña, lo que te dice en las peticiones del Padrenuestro, lo que te dice en los escritos de los Apóstoles, lo que te dice continuamente en las enseñanzas del Papa y de los Obispos que son los representantes de Jesús en la Iglesia y en el mundo.

Cuando va con los familiares a buscar a Jesús para librarlo de las iras de sus enemigos, la respuesta de Jesús le pide un nuevo paso en su crecimiento espiritual: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Los que cumplen la palabra de Dios, estos son mi padre, mi madre y mis hermanos”. Jesús está por encima de los lazos familiares, Jesús es de Dios y es del mundo, su parentesco es un parentesco espiritual abierto a toda la humanidad, es hermano de todos los hombres que buscan la verdad de Dios. Ahí descubre María que su verdadera relación con su Hijo no está en su relación biológica de madre, sino en la relación espiritual de su fe, de su amor, de su identificación espiritual con el Hijo de su corazón.

Este crecimiento y esta transformación de su maternidad llegan al máximo en el Calvario, al pie de la cruz, cuando ella ofrece la vida de su hijo y su propia vida de madre, la ofrece con Jesús por la salvación del mundo. En la oscura noche del sábado santo la fe y la fortaleza de María son  el apoyo de la fe titubeantes de los Apóstoles, la fidelidad de María es el cimiento de la Iglesia, la única esperanza que brilla en la oscuridad del mundo segura de la aurora de la resurrección.

De esta manera, siendo la discípula fiel que responde en cada momento con amor y fidelidad a las exigencias de su hijo, María nos aparece como la primera discípula de Jesús, la más cercana, la más fiel, la más generosa. A medida que crece su fe y se ensancha su corazón, se cumple en ella el misterio de la Iglesia universal, el misterio de  la humanidad iluminada y reconstruida por Jesús, a partir de la fe, como una humanidad nueva y hermosa, edificada sobre el fundamento de la piedad, del amor  y de la esperanza, con la justicia que nos viene de Dios,  en la fraternidad del espíritu,  por encima de todas las fronteras y de todos los contratiempos que nos puedan sobrevenir.

El itinerario de María ilumina nuestra vida, nos sirve de guía y de aliento. También nosotros necesitamos ahondar en nuestra fe y en nuestra confianza en Dios a medida que vamos entrando mar adentro en la experiencia de la vida. Tenemos que tomar decisiones importantes, aumentan nuestras responsabilidades, sufrimos cansancios y decepciones, a veces nos pueden sobrevenir dudas perturbadoras o desilusiones amargas. En esos momentos de prueba escuchemos las palabras de María, “Haz lo que te diga Jesús” Acudamos con confianza a la Madre espiritual, a cuya solicitud Jesús nos tiene encomendados. Nuestro camino es el mismo camino de María, el camino de la fe, el camino de la fidelidad y de la fortaleza, el camino de la generosidad y de la abnegación con la  confianza puesta en la bondad y en la fidelidad de Dios, el Padre de Jesús y Padre nuestro, que le resucitó a El y nos resucitará a nosotros.

María es en la Iglesia y en el mundo el fruto perfecto de las enseñanzas de Jesús, la encarnación de la belleza de las bienaventuranzas. Ella fue bienaventurada y es ahora feliz por toda la eternidad, porque en los momentos de la prueba vivió con verdadera pobreza de espíritu,  sembrando paz y deseando la justicia de Dios para todos, porque amó la mansedumbre y vivió humildemente confiando enteramente en la providencia de Dios.

Aplicaciones

La verdadera devoción a la Virgen María tiene que llevarnos a imitarla en la fe y en el seguimiento, en la obediencia a las palabras y a los consejos de Jesús. María tiene que ser para nosotros verdadera maestra de vida, maestra de fe y de piedad, maestra de humildad y de servicialidad,  maestra de la obediencia a Cristo en el servicio humilde y efectivo a nuestros hermanos.

Podemos acudir a ella en todas nuestras necesidades, siempre seguros de que su respuesta va a ser siempre la misma, “haz lo que Jesús te diga”, lee el evangelio, medita las bienaventuranzas, cumple el mandamiento de Jesús, ajusta tu vida a las exigencias del seguimiento de Jesús. Pon tu vida en sus manos y serás feliz, pide a Dios lo que necesitas en el nombre de Jesús, con el espíritu de Jesús, y te sentirás fuerte y seguro de ti mismo.

En estos momentos no podemos quedarnos en medias tintas. No podemos ser cristianos de apariencias ni de conveniencias. Aprendamos a ser cristianos de la virgen María, discípula cercana y sincera, siempre fiel, siempre obediente, siempre presente junto a Jesús.

No importa que seamos pocos. Los cristianos tenemos que ponernos hoy claramente del lado de Jesús, en la polémica si Dios sí o Dios no, si Iglesia sí o Iglesia no, si mandamientos de la ley de Dios sí o mandamientos de Dios no, tenemos que situarnos claramente, públicamente, sinceramente, de parte de Jesús, de parte de su Iglesia, de parte de los mandamientos de la ley de Dios, de parte de la primacía de la vida eterna.

No podemos conformarnos con un cristianismo de apariencias en los grandes acontecimientos de dos veces al año. Nuestro cristianismo tiene que ser una manera verdadera y eficaz de entender y organizar la vida de acuerdo con las enseñanzas y los hechos de Jesús, de acuerdo con la vida y la santidad de la virgen María, de acuerdo con las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia. Jesús sigue siendo rechazado hoy por los fariseos y los poderosos de este mundo, el Señor sigue caminando entre insultos por la calle de la amargura;  como la virgen María, como las santas mujeres que la acompañan, los cristianos tenemos que caminar junto a El, defender de palabra y de obra la verdad de su vida, la verdad de su evangelio, la verdad de su Iglesia, sin temor a recibir críticas o marginaciones que el mismo Jesús tuvo que sufrir en vida y sigue sufriendo hasta el fin del mundo. No pretendamos obtener la aprobación de quienes están contra las enseñanzas y la vida del Maestro. “Si me rechazaron a mí también os rechazarán a vosotros”.  Caminemos y vivamos de la mano de la Virgen María siendo como ella discípulos sinceros y valientes de nuestro Maestro, seguros de que en El está la salvación del mundo, la verdad de nuestra vida y el camino verdadero para el progreso y la paz de nuestro mundo.

Si queremos que esto sea verdad en nuestra vida, es preciso que concretemos nuestros deseos en unos compromisos concretos. Compromisos de formación, de oración en la familia, de fidelidad en la participación en la eucaristía dominical y en la celebración frecuente del sacramento de penitencia para vivir permanentemente en la gracia de Dios, participación en las actividades apostólicas o caritativas de nuestra parroquia, esfuerzo permanente para hacer verdadera y efectiva en nuestra vida mi relación de fe y de amor con Jesucristo.

El ejemplo y la llamada de la Virgen María nos tienen que mover a todos. Los sacerdotes tenemos que ser más piadosos y más apostólicos, tenemos que atender mejor las necesidades espirituales de nuestros hermanos. Los hombres tienen que ser ejemplo de piedad y de honradez, en la familia y en las ocupaciones de la vida pública. Las mujeres, dentro y fuera de casa, tienen que rechazar las ideologías perversas que las inducen a desertar de su vocación femenina para conseguir una falsa libertad que les priva de su grandeza espiritual, los jóvenes tienen que reafirmar su fe en Jesucristo, buscando en El los modelos de la verdadera humanidad, de la felicidad y de la libertad verdaderas. 

El mundo necesita cristianos convencidos, que pongan la fe en el primer lugar de sus preocupaciones, de sus proyectos de vida, que pongan la vida entera al servicio del evangelio, que se entusiasmen con Jesucristo, que dediquen su tiempo, sus facultades, su vida entera, al seguimiento y al servicio de Jesús. Lo necesita la Iglesia y lo necesita el mundo, lo necesitan las familias, los necesitan los jóvenes, lo necesitamos todos para seguir siendo un pueblo cristiano. Con generosidad, con sacrificio, con entusiasmo. Podremos. Si no terminaremos siendo una sociedad de apóstatas, de renegados, de solitarios, tristes, víctimas de la pereza, del abandono, del aburrimiento y de la desesperación.

Santa María de la Victoria, madre y Señora nuestra, enséñanos y ayúdanos a vivir como discípulos de tu Hijo Jesús, viviendo siempre según los mandamientos de la ley de Dios y la esperanza de la vida eterna.

 

 

Autor: Fernando Sebastián Aguilar, arzobispo emérito