NoticiaPatrona de la diócesis

Día 9: La significación de la Virgen María en la obra de Dios

Publicado: 30/08/2012: 1615

 

NOVENA EN HONOR DE

SANTA MARÍA DE LA VICTORIA

Predicada por Monseñor Fernando Sebastián Aguilar

Málaga, septiembre 2010

 

La doctrina

Con demasiada frecuencia consideramos a la Virgen María aislada y separada del mundo de Dios, como una isla o un oasis de misericordia en un mundo oscuro y amenazador. No acertamos a verla formando parte del plan salvador de Dios, engarzada como una joya en el retablo de las maravillas que Dios ha hecho por nosotros.  Sin esto no podremos valorar suficientemente la función de la Virgen María en nuestra vida ni llegaremos tampoco a comprender los planes de Dios en los que Ella tiene una influencia del todo insustituible.

Hoy, día último de la novena, vamos a considerar lo que la persona y la vocación de la Virgen María significan y manifiestan en el conjunto de la obra de Dios, en el mundo verdadero, tal como Dios lo quiere, y consecuentemente en nuestra vida personal y comunitaria. La consideración de la persona y de la misión de la Virgen María nos permite descubrir lo que podríamos llamar el “estilo de Dios” su manera de ser y de actuar con nosotros, y en consecuencia las características del mundo y de la vida humana tal como Dios los quiere, eso que algunos santos han llamado el “talante mariano” de la vida y de la cultura católicas.  

La presencia de la Virgen María en el mundo manifiesta, en primer lugar, la gratuidad de la bondad y del amor de Dios. Aquella humilde doncella de Nazaret no tenía ningún mérito especial para ser elegida por Dios como Madre del Salvador y Madre de su Hijo hecho hombre. La encarnación del Hijo de Dios que es el fundamento de nuestra existencia, la verdadera fuerza interior de nuestro mundo, es una decisión enteramente gratuita, fruto exclusivo del amor y de la generosidad de Dios hacia nosotros. Nos creó por amor y nos redimió, a pesar de nuestros pecados,  por un amor doblemente gratuito y generoso. Dios no escogió a una Reina para madre de su Hijo, ni a una mujer mundialmente famosa. Escogió a una doncella humilde,  desconocida, pero de corazón limpio y alma generosa. Vivimos en un mundo cimentado en el amor inquebrantable de un Dios poderoso que nos ama y cuida de nosotros. La existencia de María, toda santa y madre del Salvador, es la garantía indiscutible de la bondad y del amor de Dios.  

Nuestro Dios es un Dios realista. No se conforma con las apariencias de las cosas ni le bastan los cumplimientos fingidos o forzados. Quiere la verdad de nuestro amor y de nuestro corazón. María es también la demostración de que Dios quiere siempre contar con nuestra colaboración. Nos ha hecho libres para que seamos capaces de conocerle y de amarle. No nos trata como si fuéramos muñecos inconscientes e irresponsables. Siempre y en todo cuenta con nosotros, respeta nuestra libertad, pide y espera nuestra colaboración. Así,  en el momento culminante de la Encarnación de la segunda persona de la Trinidad, todo estuvo pendiente del consentimiento y de la aceptación de la humilde doncella de Nazaret. Ella abrió el mundo al Verbo de Dios con su respuesta de fe y de confianza en la providencia de Dios. Con frecuencia los laicistas presentan la existencia de Dios como incompatible con nuestra libertad. La verdad es que la grandeza de nuestra libertad nunca se manifiesta tan claramente como cuando colaboramos libre y amorosamente con la voluntad santa de Dios a favor de la vida y de los vivientes.

En tercer lugar la existencia de la humilde virgen María manifiesta la superioridad de la piedad y del  amor por encima de cualquier otro valor humano. Ella no hizo milagros, no entusiasmó a las multitudes con su palabra, no tuvo poder alguno ni profano ni sagrado. Y sin embargo es reconocida y glorificada como la primera entre todas las criaturas de Dios, la más santa, la más bella, la más importante en la Iglesia y en la humanidad entera. Su grandeza no le viene del poder ni de ningún escalafón civil o eclesiástico, sino sólo  de su gran amor, de su perfecta fidelidad, de la inagotable misericordia que Dios ha puesto en su corazón de madre universal.

La exaltación de la Virgen María nos ayuda también a comprender que la belleza y el verdadero poder de la Iglesia,  no están en los recursos ni en las técnicas que nosotros podamos utilizar, sino en la sinceridad de nuestra piedad, en la autenticidad de nuestro amor a Dios y a Cristo, en el servicio humilde y perseverante a las necesidades de nuestros hermanos. Nadie podrá acabar con la presencia ni con la influencia de la Iglesia en el mundo. Muchos se lo han propuesto en la historia del mundo y muchos se lo proponen también en la historia de España. Pero todos han quedado y quedarán en el camino como ruinas fracasadas, mientras la Iglesia sigue adelante hasta el fin de los siglos. Su fuerza es la fuerza del Espíritu de Dios actuando en nuestros corazones,  la fuerza de Cristo resucitado dando vida e impulsando una manera nueva de vivir en el mundo con los ojos puestos en la vida eterna.  María, imagen y anticipo de la Iglesia, es la enseñanza permanente del verdadero camino de renovación y crecimiento de la Iglesia.  

Ella es el paradigma no sólo de la Iglesia, sino de la creación entera, la obra más perfecta de Dios y más querida por los hombres, Ella representa ante nosotros la mayor y más alta aspiración de nuestros corazones, el triunfo de la más hermosa humanidad,  el esplendor de la inocencia y de la bondad, la exaltación de la maternidad y del amor.  Se equivocan quienes piensan que la verdadera grandeza de las personas y el pleno reconocimiento de la dignidad de la mujer están en el dinero, en los altos cargos, o en la libertad transgresora de la ley de Dios; la virgen María nos dice que la verdadera dignidad del hombre y de la mujer, que la auténtica grandeza del alma femenina está en su inmensa capacidad para el amor y para el servicio a la vida, en su fortaleza para soportar dificultades y mantener despierta la luz de la esperanza en medio de las tinieblas de este mundo, en su certera intuición para descubrir el misterio de la vida y confiar siempre en la bondad de Dios,

Todo esto y otras muchas cosas que podríamos decir, describen la naturaleza del mundo de Dios y marcan el tono de la existencia cristiana y católica. La presencia de María en nuestra vida, en nuestras casas, nos libra de preocupaciones angustiosas y serena nuestro corazón. Ella nos enseña a vivir en paz contando siempre con el amor de Dios que nunca nos va a faltar, Ella nos ayuda a vivir nuestra fe con seriedad y responsabilidad, Ella educa nuestros sentimientos para que aprendamos a vivir como hermanos superando las tentaciones del cruel egoísmo que crece a nuestro alrededor. Así es nuestra vida y así es nuestra cultura, esta cultura cristiana, humana y apacible que algunos quieren destruir irresponsablemente y que nosotros tenemos que defender por todos los medios legítimos que estén a nuestro alcance.

Santa María de la Victoria, Madre y Señora nuestra, protege y envuelve nuestra vida con el manto de tu fe, ayúdanos a vivir como hijos de Dios en la familia de tu Hijo Jesucristo que es la Santa Iglesia católica, haznos testigos y apóstoles de la bondad de Dios y del evangelio de Jesús, llena nuestro corazón de amor sincero y efectivo hacia nuestros hermanos necesitados, bendice y protege a la Ciudad y a nuestra Iglesia de Málaga, llévanos de la mano hasta la patria celestial para que podamos gozar eternamente de las promesas de nuestro Señor Jesucristo. AMÉN

Autor: Fernando Sebastián Aguilar, arzobispo emérito