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HIPOCRESÍA. Comentario al evangelio de hoy, 30 de octubre

Publicado: 26/10/2020: 58663

RAFAEL PALACIOS LÓPEZ

En este evangelio tenemos una versión abreviada de uno de los episodios de estos días. Es un evangelio que incide en ese tema de la hipocresía que surge de una mala vida espiritual. Cuando nosotros no llevamos una vida verdaderamente vivida y coherente con la acción de Dios surge esta hipocresía. Y la hipocresía no es ni más no menos que una forma concreta de la mentira. Una mentira que se centra en la forma porque hay un desarraigo del fondo de las cuestiones.

Como el hipócrita no vive las cosas de verdad, necesita de las normas y de su interpretación más estricta para aferrarse a cumplir así delante de la gente. Le falta una verdadera vivencia que ayuda a saber adaptarse a las circunstancias. El hipócrita, que vive en una mentira, no entiende de prácticamente de nada sólo de lo que está normativizado. Es incapaz de aterrizar en la realidad, porque simplemente no vive esa realidad. Esta es la gran pena. Personas que pontifican de mil cosas y todo es mentira… Qué tremendo drama. Un drama que se hace patente cuando entran por medio las personas.

Cuando nuestra realidad es descarnada y desencarnada y tenemos que ponernos un traje que tapa nuestra falta de verdad, somos un peligro si tenemos que valorar lo que es importante. Porque no hay una verdadera vivencia del mundo de los valores, sólo juzgamos en función de lo que hemos escuchado que es más importante. Y claro esa tendencia al juicio, como si fuera un une con flechas, termina por entender todo al revés. Y lo importante se ve como accesorio y lo accesorio como grave.

Y es esta terrible realidad la que les pone de manifiesto el Señor con el ejemplo del burro y del hombre. Realmente el sábado no se vivía como búsqueda de Dios, pues si había un problema económico como era ayudar a que los animales rindieran, la ley del sábado, que tan estrictamente parece que vivía, desaparecía con total tranquilidad. ¿Era el Sabath lo importante para ellos aquí? No, era el dinero. Pero parecía que todo lo hacían por Dios.

Esta misma realidad nos posee diariamente a nosotros cuando dejamos de vivir de verdad nuestro seguimiento de Cristo. Seguir a Cristo supone una constante conversión y matización de nuestra vida. Un aumento de comprensión, magnanimidad, alegría, dominio de sí, etc… de esos frutos del Espíritu Santo. Cuando estos frutos no aparecen y sólo tenemos durezas, obsesiones, juicios, intransigencias, por mucho que parezca que se quiere seguir a Dios y cumplir la ley no es otra cosa que seguir nuestros propios intereses. No puede haber un verdadero seguimiento del Señor y una ausencia de esos frutos del Divino Espíritu que describe San Pablo. Eso es imposible. Revisemos que no estemos cayendo en este terrible pecado de la hipocresía, de un seguimiento más de nosotros mismos y de nuestros gustos, que del Señor. Aunque luego todo eso lo recubramos de santidad y cumplimiento.

Rafael Palacios López

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga