DiócesisSantos y Beatos

Liturgia propia del beato Juan Nepomuceno Zegrí

Publicado: 13/04/2012: 8792

Del Común de Pastores

OFICIO DE LECTURA

Segunda lectura

De los sermones autógrafos del Beato Juan Nepomuceno Zegrí (Tomo I, fól. 50ss).

La caridad ilumina la vida del cristiano

Leyendo con atención las preciosas páginas del Evangelio, en las que está contenida la esencia de nuestra religión, no encontraremos un precepto, no hallaremos máxima alguna, en la que, más o menos directamente, no se recomiende el amor al prójimo y la práctica de la caridad. La caridad está fundada en el amor y así es que nuestro divino Redentor, haciendo el último razonamiento a sus discípulos, les dice: Este es mi precepto, que os améis los unos a los otros como yo os he amado; y lo llama suyo para que sea más impreso como último mandato de un padre moribundo. La virtud de la caridad ha sido siempre el consuelo del afligido, al mismo tiempo que una prenda segura de salvación, ya que el que hace bien a su prójimo, lo hace al mismo Cristo. Por eso, sea la caridad la que nos acompañe siempre; la caridad, que es todo verdad, que es toda santidad, la caridad, que es toda omnipotencia; la caridad, que es toda la eternidad; la caridad, que es todo el infinito, porque Dios es caridad.
La caridad es la que hace descender del cielo al Salvador del mundo: Jesucristo. Es la que constituye la vida del Dios–Hombre sobre la tierra y es el fundamento de nuestra fe, el lazo indisoluble que liga a la humanidad entre sí. Con la muerte de Jesucristo se abre una nueva etapa para el mundo, de regeneración por el amor entregado y de ejemplo divino que debemos seguir. Al pronunciar las palabras: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, nos enseña el amor de Dios y su obediencia a sus preceptos entre los que se encuentra la caridad con el prójimo. El perdón, la mansedumbre, la misericordia, la bondad y la paciencia se ostentan sobre la cruz y adquieren, por la divinidad de su autor, un poder de autoridad. En la cruz, Cristo nos hace doblemente hermanos por la creación y la redención, haciendo de cada uno de nosotros un hermano suyo, purificado con su sangre. Por eso, el rasgo de amor místico que casi identifica con Jesucristo el corazón desprendido de la recompensa, es el sublime ideal de la caridad. Ella eleva las almas por la oración y el éxtasis hasta la unión con Dios y hace de toda la humanidad un solo individuo; constituye a nuestro prójimo como una parte esencial de nuestra misma existencia.

La caridad, que es Dios, es el sol que siempre ilumina la vida cristiana y debe dirigir todas las acciones del cristiano. El amor de Dios ilumina, refresca, llena el alma de consuelos, de deseos de poseer a Dios, sacia y da la paz, da paciencia en las tribulaciones, quita todo temor e inspira confianza. Se manifiesta enjugando lágrimas, socorriendo infortunios, haciendo bien a todos y dejando a su paso torrentes de luz que iluminen a todos. No concluirá mientras haya un solo dolor que curar, una sola desgracia que consolar, una sola esperanza que derramar en los corazones ulcerados, mientras haya regiones lejanas que evangelizar, sudores que verter y sangre que derramar para fecundar las almas y engendrar la verdad en la tierra. Es caridad todo deseo del alma por el bien de los hermanos: la limosna bienhechora, el consejo prudente, la frase cariñosa, porque todo ello tiene relación con la causa suprema del amor de Dios.

La caridad se expresa en gestos redentores. Debe ser fervorosa, modesta, respetuosa, cordial, compasiva y dedicada especialmente a los pobres y necesitados. La dulzura y el miramiento deben ser su gula y su salsa. ¡Cómo llenará vuestro corazón, cómo os parecerá hermoso el día que podáis decir al terminarlo: hoy he curado esta llaga, he dulcificado tal desgracia, he enjugado las lágrimas de alguien que sufre con una palabra de consuelo¡ Procurad, por tanto, ser la providencia visible para todos aquellos que gimen en la orfandad, beben el cáliz de la amargura y se alimentan con el pan de la tribulación , ya que la caridad es el lazo de perfección que realiza la felicidad y el bienestar de los hombres y de los pueblos.
El amor a nuestros enemigos, el perdón de las injurias y las reglas dictadas por su observancia, son el sello más característico y la prueba más evidente de la divinidad de la religión cristiana y la quintaesencia de la caridad. Descubre tu corazón a tu prójimo y dale a entender con llaneza que si él tuvo atrevimiento para injuriarte, tú tienes generosidad para perdonarle. Para conquistar el cielo es preciso ganarlo con victorias repetidas. Es un premio que solo se consigue corriendo sin parar en el estadio del mundo. Es una recompensa abundante y digna de Dios a los que lo hayan merecido con sus sacrificios y buenas obras.

La Virgen Maria es modelo perfecto de caridad. Maria ama a los hombres por ser Madre de Dios y echa sobre sus delicados hombros la pesada carga de los dolores de su Hijo para ser Corredentora con El. Ella es Merced de Dios, es de todos y para todos, pues no hay título más dulce, invocación más suave, nomenclatura más amplia que la merced y misericordia de María.

RESPONSORIO Sal. 116

R./ Cantaré tu amor por siempre, *en medio de la asamblea te alabaré

V./ Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. *En medio.

ORACIÓN

Dios misericordioso y eterno, que has suscitado al Beato Juan, sacerdote, como ministro de tu caridad para ayudar a los hombre que sufren, concédenos que, fortalecidos con su ejemplo, te amemos por encima de todas las cosas y ofrezcamos un testimonio de tu providencia a todos los pobres y abandonados. Por nuestro Señor Jesucristo...


 

Autor: diocesismalaga.es

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