Día noveno: Santa María de la Victoria, causa de nuestra alegría

Publicado: 09/09/2013: 1733

El predicador de la novena a la Patrona de la diócesis y de la ciudad de Málaga ha señalado en el último día de la predicación que «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tiene otro origen. Es espiritual.»

 

          Mi 5, 1-4; Sal 12, 6; Rom 8, 28-30; Mt  1, 18-23

            Queridos hermanos:

            Con esta eucaristía en las vísperas solemnes de la Natividad de la Santísima Virgen María, finalizamos esta novena a nuestra Patrona, novena que ha intentado ayudarnos a todos a profundizar en la fe desde y con María y  de esta manera preparar nuestros corazones para festejar a Santa María de la Victoria en su celebración gozosa. Sí, hermanos que desborde nuestra alma de gozo al contemplar a la Virgen por nuestras calles y plazas malagueñas y proclamar a “Santa María de la Victoria, como causa de nuestra alegría”.

            Precisamente de la invocación a “La Virgen Santa María Causa de Nuestra alegría”, quisiera tratar en profundidad desde la conciencia clara de que nuestro mundo actual está necesitado de ella. Creo sinceramente, que si miramos a nuestro alrededor para interpretar los signos de los tiempos, descubriremos que, Europa y con ella muchas otras naciones pertenecientes a distintos continentes, han entrado en el tercer milenio marcadas por el secularismo militante que ha provocado como “un eclipse del sentido de Dios”, se vive y se proyecta el futuro como si Dios no existiera. Se ha absolutizado el progreso materialista, la razón y el individuo, el cual padece fuertemente de una crisis antropológica que algunos han calificado de “colapso mental” y que se traduce en una visión parcial del hombre que queda sumergido en el relativismo moral. Nuestro mundo actual está marcado al mismo tiempo por el desencanto y la fascinación. Desencanto porque los proyectos que hace unos años pretendían hacer una sociedad más justa, libre y feliz, no se cumplieron. Por el contrario han dejado al descubierto las ambigüedades escondidas en palabras como razón, técnica, industrialización, libertad, progreso. De una manera preocupante el pesimismo campea ante la fuertísima crisis económica que padecemos, pesimismo que inunda a individuos, familias y grupos sociales.

            La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tiene otro origen. Es espiritual. El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación que ni la aparente despreocupación ni el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran evitar” (Pablo VI, Gaudete in Domino  8).

            Ahora bien, alguien podría decir. ¿Será lícito vivir la alegría cuando el mundo está tan lleno de sufrimientos, cuando existe tanta oscuridad y tanto mal? A esta pregunta responderá el Papa Benedicto XVI: “La respuesta sólo puede ser “sí”. Porque diciendo “no” a la alegría no prestamos un servicio a nadie, sólo hacemos más oscuro el mundo”. (Benedicto XVI, “La alegría es un servicio al mundo”, Castelgandolfo 12-8-2012). La Iglesia es depositaria de la Buena Nueva que debe ser anunciada y con María Reina de los Apóstoles hemos de comunicar la alegría, hemos de hacerlo con sus sentimientos y su estilo de vida.

            Nuestro corazón, como el de la Virgen María, está hecho para la alegría. Hemos sido creados para ser felices, para vivir en la alegría que brota de la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas. Todos los filósofos están de acuerdo en considerar que todo hombre desea la felicidad y la anhela. Es una evidencia también para el sentido común: ¿Quién no quiere ser feliz? ¿Quién no desea experimentar la alegría?

            La nueva evangelización desde el Corazón Inmaculado de María como Estrella del Evangelio vivido, debe estar encaminada a hacer posible que el hombre y la mujer de esta sociedad secularizada vuelva a sentir la alegría de la presencia y de la cercanía del amor de Dios en sus vidas. Evangelizar con el ardor de los santos realizando un esfuerzo paciente para aprender a gustar simplemente las múltiples alegrías humanas que el Dios de la misericordia pone en nuestra historia personal y comunitaria: la alegría exultante del don de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría llena de paz que nos aporta la naturaleza en su conjunto, la belleza de un amanecer o atardecer en el silencio; la alegría de las pequeñas o grandes cosas bien realizadas, la alegría de la trasparente pureza, de la amistad, del saber, del compartir con generosidad sin esperar nada a cuenta…etc. La alegría del que tiene fe en Dios supone también, que el cristiano es un hombre capaz de las alegrías naturales, pero va más allá, muchísimo más allá… El hombre puede verdaderamente entrar en la alegría acercándose a Dios y apartándose del pecado. La alegría cristiana es por esencia una participación espiritual de la alegría insondable, a la vez divina y humana, del Corazón de Jesucristo glorificado (Cf. GD 15-16). La alegría no se impone desde fuera sino que brota de dentro, cuando el alma está abierta a Dios, es un torrente, un surtidor que no se agota. Santa María de la Victoria, la Mujer Nueva es modelo de apertura a Dios y fue inundada del gozo y la alegría.

           El deseo de Dios, el deseo de la felicidad y la alegría, está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios. Sí, más allá de las satisfacciones inmediatas y pasajeras, nuestro corazón busca la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar sabor a la existencia. Qué bien entendió y vivió la Virgen esta realidad profunda de todo hombre, en sus anhelos más profundos de ser felices, por ello exclamó llena de gozo: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador” (Lc 1, 46-47). Nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor.

           Para la fe cristiana, Jesucristo no sólo es el objeto supremo de toda verdadera alegría, sino que sobre todo es Él mismo la causa y el origen de la plena alegría para los hombres de todas las épocas y lugares. San Pablo en la Carta a los Filipenses no dice simplemente: “estad siempre alegres”, sino “estad siempre alegres en el Señor”. Cristo es la alegría del mundo y por ello la alegría cristiana nace de la opción fundamental por el Señor Jesús, es fruto de una experiencia de fe en Él y de comunión con Aquel que es la alegría inigualable para la vida del hombre.

          En este momento contemplamos a la Santísima Virgen como Causa de Nuestra Alegría. Los misterios del Santo Rosario nos introducen desde la escuela de la Virgen en el reino de la alegría. El corazón de la Virgen es sin lugar a dudas, un corazón inundado de la alegría. La gozosa esperanza que brota de la fuente misma de la Palabra de Dios acogida y llevada a la vida, constituirá para la Santísima Virgen el origen y fundamento de su alegría.

            La Virgen María, la humilde Nazarena, llena de gracia, la Madre del Cristo liberador y redentor del hombre, acogiendo en su vida el anuncio de lo alto, sierva del señor, esposa del Espíritu Santo, Ella la siempre Virgen deja desbordar su alegría ante su prima Isabel que alaba su fe: “Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador… Por eso, todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 46-48). Ella mejor que ninguna otra criatura, ha comprendido que Dios hace maravillas.  Junto con Cristo su hijo, María recapitula todas las alegrías, vive la perfecta alegría prometida a la Iglesia: “Mater plena sanctae laetitiae” y, con toda razón, sus hijos de la tierra, volviendo los ojos hacia la Madre de la Santa Esperanza y Madre de la Gracia y de la Luz, la invocamos como Causa de nuestra alegría (Cf. Pablo VI, Gaudete in Domino 34).

            En la Virgen María se hizo realidad la profecía de Zacarías: “Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti –oráculo del Señor- “(Za 2, 14-17). Cristo como recoge la liturgia vino al mundo para traer a los hombres la paz y la alegría (Jn 15, 11; 17, 13) y la Iglesia fundada por Él ha puesto siempre su alegría en Cristo y le ha amado con una alegría cada vez más intensa. La Iglesia pueblo de Dios y sacramento universal de salvación fue comprendiendo gradualmente que la Santísima Virgen, por su cooperación en el misterio de la Encarnación del Verbo hecho carne, es la causa, origen y fuente de tanta alegría.

            Como bien sabemos todo en María remite al misterio de Cristo. Como lo hemos expresado la fuente originaria y la causa de la alegría es Jesucristo. Nuestra alegría es sólo esta: ser sus discípulos, sus amigos. Si proclamamos en verdad a la Virgen como causa de nuestra alegría es porque en Ella se refleja, como la luz del sol sobre la luna, la alegría de todos los hombres. Es causa de nuestra alegría desde el momento en que con su “Fiat” aceptaba ser la Madre del Hijo de Dios.  Pero también, la Virgen María es causa de nuestra alegría, porque en Ella la tierra encuentra él gozo, como la llama y lo afirma, el antiguo himno de los cristianos orientales Akathistos al exclamar: “¡Salve, María, por ti resplandece la dicha. Salve, por ti se eclipsa la pena. Salve, por ti, con los cielos, se alegra la tierra!” (estrofas 1 y 7). Y no sólo, por habernos dado al fruto bendito de su vientre: Jesucristo, sino también, por el testimonio de su propia vida y porque Ella intercede permanentemente para que también nosotros experimentemos la alegría. María es desde este sentido profundo camino de alegría.

           Recientemente el Papa Francisco gritaba a la muchedumbre reunida en la Plaza de San Pedro, palabras que yo hago mías al finalizar esta novena: “¡La alegría! No tengáis miedo de ser alegres. No tengáis miedo a la alegría. La alegría que da el Señor cuando lo dejamos entrar en nuestra vida, dejemos que él entre en nuestra vida y nos invite a salir de nosotros a las periferias de la vida y anunciar el Evangelio. No tengáis miedo a la alegría. ¡Alegría y valentía! (Roma, Ángelus 7-7-2013).

           Queridos hermanos que la alegría de Dios inunde la ciudad de Málaga y que cada uno de nosotros seamos con María y desde Santa María de la Victoria agentes de alegría para nuestro mundo. No os canséis de contemplar el rostro de Cristo a través de María, dejad que sea la alegría la que llene vuestros corazones, no olvidéis que cuanto más consagrada este un alma a María, más lo estará a Cristo. Hoy con confianza os animo a rezar en vuestro interior con la oración colecta de la Misa de la Virgen Causa de nuestra alegría que dice así: “Oh Dios, que, por la encarnación de tu Hijo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, a los que veneramos a su Madre, Causa de Nuestra Alegría, permanecer siempre en el camino de tus mandamientos, para que nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría”.

Autor: diocesismalaga.es

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