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Semblanza del Rvdo. D. José Pulido Ropero

Publicado: 09/12/2016: 4309

A las doce de la noche se nos comunicaba la muerte de D. José Pulido, la víspera de la fiesta de la Inmaculada Concepción, la Virgen de Adviento. Y debía ser así, que D. José fuera llamado a la casa del Padre, precisamente en este tiempo litúrgico donde la Palabra de Dios nos invita a la esperanza y a la acogida del Señor como María. Esperanza y acogida que han sido dos actitudes que han marcado profundamente la vida de D. José. Él amaba tiernamente a la Virgen y la invocaba bajo la advocación de “Ntra. Sra. del Valle”, patrona del oriente venezolano dónde durante tantos años ejerció su misterio sacerdotal.

D. José nació en Archidona el 20 de Octubre de 1.926 en una familia de profundas raíces cristianas; a través de sus padres recibe la siembra de valores y vivencias evangélicas que más tarde darán su fruto. No siente D.  José la llamada del Señor siendo niño, como era tan frecuente en aquella época, parece  que su  destino está encaminando por otros derroteros, pero sabemos que el Señor llama a cualquier hora, llama cuando la persona está preparada para acoger la invitación y emprender el camino de respuesta y fidelidad.

Ingresa al Seminario con los veinte años ya cumplidos, “vocación tardía” la llamaban entonces. Allí se encuentra con otros jóvenes como D.  Francisco Parrilla, D.  Ernesto Wilson, compañeros de curso,  también llamados a media mañana, como los trabajadores de la parábola de la viña. En el Seminario hay cursos muy numerosos, seminaristas que viven desde pequeñas ilusiones verdaderamente utópicas, porque son evangélicamente puras. Se aprende el camino de la pobreza, de la obediencia, de la entrega al pueblo y todo centrado en la Eucaristía y en el Evangelio. Son los frutos de la siembra de San Manuel González y de tantos otros sacerdotes como D. Enrique Vidaurreta, D. José Soto, de él son estas palabras: “Bautizados, luego santos”, palabras que machonamente se repetían desde la Escuela preparatoria, porque  el sueño era “formar pastores cabales”.

Recibió la ordenación el 13 de mayo de 1.956 junto con un grupo grande de seminaristas, uno de los más numerosos de nuestra Diócesis. Su primera responsabilidad pastoral fue formador del Seminario Menor diocesano durante ocho años. Pero en el alma de D. José ya había echado  raíces otra llamada más amplia y universal. El Papa pedía sacerdotes para Hispanoamérica y en nuestra Diócesis esa llama prendió por medio de D. Alberto Planas que se gastó generosamente haciendo campaña  no solo entre el clero malacitano, si no por todas las Diócesis de España para animar a la misión “Ad Gente”. Su lema fue “et ultra”, para animar a los seminaristas y sacerdotes jóvenes a la colaboración pastoral con los países hermanaos. Haciéndose eco de esta llamada el P. Pulido partió en el 1.965 junto a otros dos compañeros para asumir la tarea de dirigir el Seminario de Cumana, que entonces comenzaba su andadura. La escuela en la que se había formado era difícilmente superable en aquellos años.

Cumana es una ciudad colonial que vive abierta al mar Caribe y en su fisionomía urbana recuerda algo a Málaga, quizá por esto y por la gran ilusión con que llegó,  D. José se sintió muy a gusto en ella desde el primer momento. En el Seminario hizo de todo: fue el Rector, profesor de varias materias, administrador del complejo y de la finca que acogía el centro  e incluso encargado de la granja avícola que permitía el sustento a todos. Pero sobre todo fue un padre cercano y atento a los niños y jóvenes que pasaron por sus aulas. Adolescentes que necesitaban de la figura paterna que en sus hogares con tanta frecuencia estaba ausente.

Él tuvo ese don de acogida y acompañamiento espiritual, que siguió ejerciendo a largo  de su vida. En todas las parroquias donde estuvo siempre tenía a algún sacerdote acogido, bien por enfermo, por extranjero, por amistad y algunas ocasiones por indicación del Sr. Obispo. Su casa fue siempre un hogar  grande y abierto, como su corazón para acoger a todos. Estando ya de párroco en san Andrés de Torre del Mar y en Cristo Resucitado de Torremolinos, también acogía a los seminaristas y sacerdotes jóvenes venezolanos que estudiaban en Roma para sus vacaciones estivales.

Cuando el Obispo Mons. Parra decide renovar el equipo del Seminario por sacerdotes venezolanos. D. José es nombrado párroco de Ntra. Sra. del Valle, una parroquia nueva en las periferias de al ciudad. Ha preferido este lugar a otras parroquias del centro. Allí conoce el Camino Neocatecumenal y este encuentro supone para él, una verdadera conversión. El confesará que el Camino la ayudó a descubrir la eficacia de la Palabra de Dios para transformar el corazón y la vida de las personas; ¡he sido testigo de verdaderos milagros de conversión!, comentaba a veces; y la belleza de la liturgia de la Iglesia, especialmente de la Eucaristía, que hace tangible el misterio transcendente del Verbo encarnado, Jesucristo el Señor resucitado.

Asume otras responsabilidades diocesanas en Cumana, pero todos los sacerdotes le recuerdan por su “libro rojo”, rojo por el color de sus pastas. Contenía el primer plan pastoral que se fraguo en la Diócesis después  de muchos encuentros y jornadas de reflexión de  todos los agentes de pastoral y que alentó la tarea pastoral durante varios años. El alma de aquel trabajo fue el P. Pulido, que tampoco se libró de las incomprensiones y resistencias de su entorno en esta tarea innovadora en aquellas latitudes.

Vuelve a Málaga en Octubre de 1.981 y es nombrado párroco de Torre del Mar y Vicario Episcopal territorial de la Costa Oriental. Aunque su trabajo en la parroquia fue encomiable, puso todo su empeño en unir a los sacerdotes que entonces todavía arrastraban reticencias y distanciamiento entre la Axarquía interior y la Costa. Lo logro a medias, pero nunca se canso, era perseverante.

Estando en esta tarea Mons. D. Ramón Buxarrais piensa en él para la nueva misión diocesana que se inicia en Caicara del Orinoco; como sacerdote mayor y con experiencia que puede orientar bien este nuevo servicio pastoral de nuestra Diócesis. Y allí parte de nuevo D. José ya con sesenta años, con la misma ilusión con que inició su primera andadura misionera. Son momentos de conocer, organizar, programar, forma equipo, son dos sacerdotes jóvenes sus compañeros: D. Manuel Lozano y D. Agustín Zambrana. No queda caserío ni comunidad indígena en aquel inmenso territorio que ahora les toca atender, en las que el P. Pulido no se hiciera presente y conociera de primera mano. Su ilusión fue servir a la gente, “si como no” era su respuesta ante cualquier demanda pastoral, su sueño trabajar unidos, su tarea crear lazos fraternales con el Obispo y el clero de la Diócesis de Cda. Bolívar. Hoy allí también le recuerdan, le lloran y rezan por su eterno descanso.

Vuelve definitivamente en el 1.991 y es nombrado párroco de Cristo Resucitado de Torremolinos hasta el 2.009; fue también tres años capellán de las Hermanas Carmelitas Descalzas de  esa ciudad y un año arcipreste de este Arciprestazgo.

Hay otro rasgo más oculto, menos conocido de D. José y es su dimensión orante. Fue un hombre reflexivo y orante. Le gustaba orar escribiendo, lleno cuadernos y libretas con sus coloquios íntimos con el Señor y de las sugerencias y luces que en esos momentos el Espíritu le sugería. Daba mucha importancia al trato diario con el Amado y dedicaba las primeras horas de la mañana para este encuentro, en el que se le veía gozoso y animado. Le gustaba compartir sus reflexiones, no tenía pudor para manifestar las más hondas vivencias de su espíritu y siempre indicaba el lugar, el día y la hora; como nos recuerda el evangelio de San Juan sobre la  llamada de los primeros discípulos: “se fueron con él y eran las cuatro de la tarde”.

En estos últimos años que ha vivido en esta Residencia del Buen Samaritano, a pesar de la enfermedad y de todas las limitaciones de la edad; no ha perdido la alegría y la paz. Siempre educado, cariñoso con el personal, cercano a sus compañeros, sin ninguna queja, todo le parecía bueno y todo estaba bien. Ha muerto en paz.

En algunas de mis visitas D. José me comentaba, pues presentía ya cercana su partida: ¿Cómo será el abrazo del Padre, chico? Y terminaba repitiendo: ¡solo es cuestión de fe confiada en el Señor! Ahora para Vd. D. José es algo más. Es gozo, es paz, es abrazo agradecido de Dios por todo lo que Vd. ha trabajado y servido como sacerdote. Y si Dios se le ha manifestado así, nosotros desde aquí le decimos: gracias por su ejemplo de vida sacerdotal. Descansa en paz P. Pulido.

Málaga, 7 de diciembre de 2.016
Antonio Collado
Delegado para el Clero

Antonio Collado

Sacerdote diocesano